XXXV.

Pasó la tarde, pasó la noche, y llegó el alba del dia siguiente.

Jask, su hermano y su caballo, dormian.

A la primera claridad de la mañana, la misma voz que le habia ordenado

que descansase, despertó á Jask.

--Levántate y prepárate, dijo; el momento se acerca.

Jask despertó, despertó á su perro, y despertó al caballo.

Entonces Jask, tomó el saco donde llevaba el pienso de su cabalgadura,

le vació, y le llenó de la sal cuajada entre las rocas.

Cuando le hubo llenado, Jask montó de nuevo á caballo y dijo al

perro-leon:

--Hermano mio, llévame al campo de los jigantes.

El perro partió á la carrera bordeando la laguna salada.

El caballo le seguia rápido como una exhalacion.

Muy pronto la laguna se quedó atrás.

Se acercaban á una selva de árboles jigantescos, de negros follajes, y

en cuyo seno solo se veian tinieblas.

El perro se lanzó en aquella selva.

Le siguió el caballo.

Apenas hubieron revuelto el primer seno de la selva, se encontraron en

una oscuridad profunda.

El perro seguia corriendo en medio de las tinieblas y ladrando.

El caballo corriendo y relinchando.

Jask entonando un himno á la grandeza de Dios.

Y parecia que los árboles chocaban rudamente sus troncos.

Y se oia el áspero y terrible estridor de las ramas que se desgajaban.

Y el mugido sordo y pavoroso de torrentes invisibles.

Y de tiempo en tiempo un relámpago azul temblaba entre las tinieblas

esclareciéndolas por un instante.

Y á su resplandor momentáneo se veian agitarse sombras jigantescas

girando en torbellino alrededor de Jask.

Y se oia espantoso chocar de armas.

Y rechinar de carros.

Y relinchos de caballos.

Todo esto llevado por un huracán pujante que rebramaba, que zumbaba, que

silbaba, pero que no se sentia.

Y todo aquello era pavoroso, terrible.

Sin embargo, Jask tenia su corazon puesto en el Señor Fuerte, y su

confianza en El, y no se aterraba.

Y el perro corria y corria.

Y el caballo le seguia, le seguia como una exhalacion.

¿Cuánto tiempo duró el paso de Jask por la selva de los Espantos?

Solo Dios lo sabe.

Al fin se encontró en una llanura árida.

En medio de ella, allá lejos, muy lejos, se alzaba una ciudad

jigantesca.

A pesar de la distancia, Jask veia sus puertas de quince codos de

altura, y las enormísimas piedras de sus muros.

El camino por donde marchaba Jask estaba sembrado de huesos humanos.

Apenas el caballo de Jask hubo puesto los cascos en aquella llanura,

cuando se oyó un horrísono estruendo en la distante ciudad.

Por sus cien puertas empezaron á rebosar en la árida llanura ejércitos

de jigantes.

Sus voces formidables como las del trueno, juntas y discordantes,

ensordecian el espacio.

El perro se hizo atrás, se sentó amenazador y rugió.

El caballo se plantó, enbiestó el cuello y tembló.

Solo Jask permaneció impávido.

Y los jigantes adelantaban inundando la llanura.

Desnudos y negros y feroces eran, con pinos por clavas en las manos.

En medio de ellos ondeaba una bandera, tan grande como una gran nube, y

que ocultaba los rayos del sol.

Y adelantaban los jigantes con la velocidad de la tormenta.

Cuando estuvieron cerca, Jask escitó á su hermano y aguijó á su corcel.

El perro y el caballo, aunque estremecidos de terror, se lanzaron de

frente contra los jigantes.

Jask llevaba un puñado de sal en la mano.

Cuando ya le separaba muy poca distancia de los monstruos, cuando sus

jigantescos cuerpos le daban sombra, cuando casi podian alcanzarse con

las clavas, cuando le rodearon rugientes y amenazadores, Jask arrojó á

su alrededor el puñado de sal que tenia en la mano.

Entonces los primeros jigantes, los que estaban mas próximos á Jask, se

detuvieron y quedaron inmóviles; sus formas se hincharon; de negros que

eran se convirtieron en rojos, y al cabo quedaron convertidos en enormes

rocas.

Jask pasó entre ellos arrojando á derecha é izquierda puñados de sal.

A medida que adelantaba, quedaban á los dos lados en su marcha rocas y

rocas; rocas que habian sido jigantes.

Cuando llegó á la ciudad, á la ciudad monstruosa, huian desordenados

delante de él, millares de monstruos aterrados por el ejemplo de la

desgracia de sus compañeros.

Delante de todos iba el que llevaba la bandera.

Pero el perro y el caballo corrian mas que los jigantes.

Los alcanzaban, y Jask arrojaba nuevos puñados de sal, y aparecian

nuevas rocas.

Al fin solo quedó un jigante, pero doblemente mayor que los otros.

Aquel era su rey.

Aquel llevaba la inmensísima bandera.

Jask no le alcanzó hasta el centro de la plaza de la ciudad.

Y aquella plaza era un campo de muchas leguas.

Jask arrojó un puñado de sal al jigante, que inmediatamente se convirtió

en roca.

Y la bandera cayó de sus manos, y se estendió en la plaza.

Y Jask recorrió la ciudad arrojando sal en medio de ella.

Y no menguaba la sal del saco, por mucha que Jask sacaba.

Y las casas y los palacios, y las calles y las plazas, se convertian en

montañas, en cordilleras, en valles.

Y de los valles, y de las vertientes de las montañas, salian mugeres y

hombres y niños, innumerables cautivos que los salvajes tenian

aprisionados para alimentarse con ellos, y cuyas prisiones habia roto la

fortaleza del alma de Jask, que no habia caido en el pecado, ni temblado

ante el terror.

Y Jask tardó siete dias en trasformar la ciudad maldita, y á la tarde

del sétimo, se encontró de nuevo en la que habia sido plaza de la

ciudad, y que entonces era un campo yermo y estenso, en medio del cual

estaba estendida la roja bandera de los jigantes.

Y el perro y el caballo se precipitaron sobre aquella bandera; y sobre

la bandera puso los pies la innumerable muchedumbre de viejos, jóvenes,

mugeres y niños que Jask habia libertado.

Y cuando no quedó ni uno solo que no estuviese sobre la bandera, esta se

levantó en los aires y flotó rápidamente en el espacio, y poco despues

descendió: y Jask y los que le acompañaban se encontraron en una

llanura, delante de las puertas de la ciudad del rey Al-Munassar.

Los habitantes, que habian visto aparecer á lo lejos sobre el horizonte

aquella nube roja, adelantar rápidamente hácia la ciudad, pasar sobre

ella y descender, salieron asustados no sabiendo lo que aquello fuese.

Pero cuando vieron adelantar á Jask-Al-bahul, sobre su corcel de guerra

precedido de su perro, y seguido de gentes que habian sido robadas en

años anteriores por los jigantes, una esclamacion de júbilo y de alegría

retumbó en los aires en honor de Jask.

Y Aidamarah se arrojó desfallecida en sus brazos.

Porque le habia creido muerto.

Jask habia invertido en su espedicion, siete veces siete dias.

La alhambra; leyendas árabes · 第 168 / 311 题