XXXIV.

Al dia siguiente muy temprano, y mientras su esposa dormia, Jask se

levantó silenciosamente, besó á Aidamarah en la boca sin despertarla, se

vistió la armadura, y sobre ella una túnica de oro; bajó á las

caballerizas, enjaezó su caballo, montó en él, y precedido de su hermano

el perro, salió antes de que fuese de dia y sin que nadie le viese, de

la ciudad por un postigo del muro.

Cuando se vió en el campo y lejos de la ciudad á punto que alboreaba, se

detuvo ante una fuente, descabalgó, hizo su ablucion, y dirijió á Dios

desde el fondo de su alma la oracion de azobhí (del alba).

Luego se volvió al perro y le dijo:

--Sus, hermano mio, guia, guia al campo de los jigantes.

Y el perro partió rastreando y á la carrera.

Y las palmeras se quedaron atrás.

Y se quedaron atrás las colinas verdes.

Y se quedaron atrás los arroyos.

Y el perro seguia rastreando y corriendo sobre ásperas y peladas rocas.

Graznaban las águilas en las altísimas cortaduras.

Zumbaba contra ellas el viento.

Rocas y águilas se quedaron atrás.

Y el perro seguia rastreando y corriendo sobre montes de arena roja,

como si la hubiesen empapado en sangre.

Mas allá solo habia una niebla roja é impura, como el resplandor de un

horno.

Y acá y allá se oia el rugido de los leones y de las panteras.

Y las colinas rojas su quedaron atrás.

Y ya no se escuchó el rugido de las fieras.

Y el perro seguia rastreando y corriendo entre la niebla roja é impura.

Y el caballo de Jask le seguia.

Y Jask se inclinaba sobre el arzon de su caballo, con la adarga al

pecho, y la lanza en ristre, invocando el nombre de Dios.

De repente se escuchó una voz dulcísima que parecia salir de las

entrañas de aquella tierra enrojecida:

--«¿El hermoso caballero, á dónde va?

»¿A dónde va el hermoso caballero?

»El aire de fuego secará sus ojos, y sus plantas se abrasarán, como si

pisase sobre un volcan.

»¿El hermoso caballero, dónde va?

»Si logra pasar la niebla encendida encontrará mas allá la muerte.

»Cada grano de arena se levantará contra él.

»Cada átomo del sol le herirá.

»Mas allá de la niebla de fuego están los hambrientos jigantes.

»¿El hermoso caballero dónde va?

»Vuélvete á la tierra verde y humbrosa, gentil caballero.

»Donde corren los arroyos, y las tórtolas cantan entre los álamos

negros.

«Vuélvete donde la amada de tu alma llora por tu ausencia.

«Vuélvete si no quieres que su llanto no se seque jamás.»

--¿Quién eres tú, génio misterioso, que así me hablas? dijo Jask

deteniendo su caballo; tu acento es dulce como el gorjeo del ruiseñor, y

melancólico como el zumbido del vientecillo de la tarde en las hojas de

la palmera. ¿Por qué no te dejas ver de mí?

Tembló ligeramente la tierra, arrojó una llamarada roja, y quedó ante

Jask una muger hermosísima.

Sus cabellos negros, negrísimos, y tan largos que caian hasta sus pies

en anchos rizos, estaban ceñidos por una corona de mirto seco.

Su semblante era moreno, sus ojos negros, brillantes, ardientes, y su

túnica blanca con una blancura que deslumbraba.

La hermosura de aquella muger, quemaba el corazon.

--¿Quién eres? la preguntó Jask.

--Yo soy Giazul, el génio del desierto, respondió la hermosa jóven; mi

carro es la niebla roja, y mis potentes caballos son el Simoun.

Al desplegarse mi túnica, se enrojece el cielo, la tierra tiembla

espantada, las palmeras gimen, las rocas se estremecen, las águilas

apresuran su vuelo, y las fieras rugen asombradas y yertas de espanto.

Al ruido de mi carro de combate, los caravaneros palidecen, los camellos

apresuran su marcha, y los caballos corren, corren, corren, gimiendo.

Cuando yo he pasado, ni palmeras, ni rocas, ni águilas, ni fieras, ni

caravanas; montes de arena blanca y reluciente, son las fúnebres huellas

de mi paso.

¡Ay del insensato que se atreva á poner la planta en mis dominios, si no

le ayuda Dios el Misericordioso y el Invencible!

Vuélvete, hermoso caballero, vuélvete; aunque yo plegue mi túnica y

duerma mientras tú pasas;

Aunque las arenas del desierto permanezcan inmóviles, mas allá están los

terribles jigantes.

No quieras condenar al dolor de la viudez á tu amada, y á la orfandad á

la hija que vive en sus entrañas.

--¿Qué importa que muera yo, si muero por salvar un pueblo entero? dijo

Jask.

Destellaron un brillante relámpago los ojos de Giazul.

--Noble y generoso es lo qué acabas de decir, esclamó el génio; quiero

ayudarte. ¿Pero tienes tú el alma bastante fuerte para resistir á la

prueba?

--Habla, poderoso génio, habla; dijo Jask.

--Solo puedes vencer de una manera á los jigantes.

Allá lejos, muy lejos, hay una laguna salada.

Entre las rocas de sus orillas relumbra cuajada la blanca sal.

Si tú lograses llegar hasta la laguna salada;

Si llenares de la sal que blanquea sus orillas el saco de tu caballo;

Con esparcir á tu alrededor aquella sal cuando te acometiesen los

jigantes habrás vencido.

Los jigantes habrán sido esterminados.

Pero para llegar á la laguna salada, es necesario esponer el cuerpo y el

alma.

En el camino encontrarás por do quiera la tentacion.

Y si á la tentacion cedieres, serás convertido en roca, en roca del

desierto, y dentro de ella encontrarás tu infierno.

--Dios el Altísimo y Unico me ayudará.

--Voy á abrirte el camino de la laguna salada. Ese camino está lleno de

peligros; ¡ay de tí si no sabes vencerlos!

El génio se elevó de la tierra.

Su blanca túnica se abrió como un abanico.

Sus negros cabellos se estendieron alrededor de su frente como una negra

aureola.

Sus ojos brillaron como dos soles.

Sus dos brazos estendidos, parecian tocar el uno el oriente y el otro el

occidente.

Sonó un sordo y potente bramido, tembló la tierra, y el génio creció,

creció, creció, hasta cubrirlo todo.

Y las arenas del desierto se levantaron en potentes remolinos, y una

atmósfera de fuego envolvió á Jask, á su caballo y á su hermano el

perro.

Y el caballo inmóvil con las orejas rehiladas, temblaba.

Y el perro-leon lanzaba un poderoso ahullido.

Y Jask invocaba á Dios.

Y pasaban junto á él las ardientes arenas, los fragmentos de las rocas,

las palmeras arrancadas de su asiento.

Pasaban sin tocarle.

Sin tocar á su hermano el perro.

Y la tromba aumentaba, y el ronco mugido crecia, y el perro ahullaba con

mas fuerza, y el temblor del caballo crecia.

Y Jask, con el corazon sereno, continuaba invocando el nombre de Dios.

Pasó la tromba.

A la niebla caliginosa é impura, sucedió un cielo azul y radiante, como

Jask no le habia visto jamás.

La tierra estaba cubierta de verdor.

Frescos bosquecillos se levantaban en torno de claros lagos, y el camino

por donde Jask marchaba, estaba cubierto de flores.

Jask caminaba solo: su hermano el perro y su valiente caballo, habian

desaparecido.

Cerca se veia una magnífica ciudad.

Al fijar en ella sus ojos Jask, las puertas de la ciudad se abrieron.

Por ella salió una comitiva numerosa.

Venian delante ginetes armados con arneses resplandecientes, guiados por

un estandarte dorado: tras los ginetes, se oia una música tan armoniosa

que regalaba los sentidos.

Aquellos ginetes avanzaron rápidamente.

Al llegar junto á Jask, su caudillo echó pie á tierra, y se arrodilló á

los pies de Jask.

--Tú eres nuestro rey, le dijo mostrándole una corona que traia un

magnate en una bandeja de oro sobre un paño de púrpura.

--Yo soy un viajero, contestó Jask; dejadme pasar: yo voy allá lejos,

muy lejos.

--Si eres nuestro rey, nada se opondrá á tu voluntad: esclavos tuyos

seremos, y esclavos tuyos serán los pueblos cerca y lejos, porque

nosotros somos invencibles.

--Yo no soy soberbio, dijo Jask Al-Bahul; ¿para qué quiero esclavizar á

nadie? Dejadme pasar.

--Si fueres nuestro rey, serás el mas temido de los hombres, dijo el que

estaba arrodillado á sus pies.

--Yo no quiero que me teman mis vasallos, sino que me amen, esclamó

Jask; dejadme pasar.

--Si fueres nuestro rey, serás como Dios, porque nuestra corona es

mágica.

--Yo adoro al Dios Altísimo y Unico, repuso el jóven. Dejadme hacer mi

camino, dejadme pasar.

Entonces desapareció todo lo que se habia presentado ante los ojos de

Jask, y se encontró marchando por el mismo camino.

Las tentaciones de la soberbia nada habian podido con él.

Siguiendo el camino, se encontró en un bosque de sauces.

El ambiente era fresco y balsámico, mullido y espeso el césped sobre que

marchaba, y salpicado de bellas florecillas; una armonía sensual parecia

salir de entre las enramadas; una ambrosía suavísima halagaba los

sentidos.

Al revolver de una senda, Jask se encontró de repente en un espacio

redondo, en medio del cual habia un pequeño lago.

Alegres y seductoras risas se escuchaban, como si las produjesen mugeres

invisibles.

Jask vió agitarse una forma hermosísima en el fondo cristalino del lago.

Luego se rompió su tersa superficie, y salió al encuentro de Jask una

hada desnuda.

Fascinaban sus miradas, embriagaba su aliento; sus brazos estrechaban á

Jask, su seno se comprimia contra el suyo, su boca fresquísima y llena

de ambrosía, le besaba, y su acento ardiente y opaco le decia:

--¡Yo te amo!

--Yo solo puedo amar á una muger, dijo Jask rechazando á la hada.

--Aidamarah es una mortal, y yo soy el génio inmortal del amor; mis

placeres serán para ti eternos; yo te anegaré en delicias y cada dia

seré mas hermosa, mas resplandeciente; ámame porque yo desfallezco por

tí.

--Mi corazon es de Aidamarah, esclamó de nuevo Jask, y rechazó

vigorosamente la tentacion.

--Tú serás como Dios, si me poseyeres, dijo la hada.

--No hay mas Dios que Dios el Altísimo y Unico, esclamó Jask.

Y la hada impura, y el trasparente lago, y el sombroso bosquecillo,

desaparecieron.

La lujuria habia sido tan impotente para con Jask, como lo habia sido la

soberbia.

De repente Jask, se encontró en un palacio: un viejo encorvado y

trémulo, marchaba delante de él: llevaba un haz de llaves.

Aquel viejo, se detenia de tiempo en tiempo delante de una fuerte arca.

--Hé aquí plata, decia volviéndose á Jask.

Jask seguia adelante.

El viejo dejaba el arca abierta, adelantaba á Jask, abria otra arca y le

decia:

--Hé aquí oro.

Jask seguia andando mas de prisa.

El viejo corria y se adelantaba.

--Hé aquí perlas y rubíes, esclamaba abriendo otra arca.

Jask, siempre en silencio, apresuraba su paso.

Pero el viejo se ponia delante y abria otra arca.

--Hé aquí esmeraldas y carbunclos.

Y Jask corria.

El viejo se adelantaba jadeando, y abria otra arca.

--Hé aquí diamantes grandes como huevos de paloma.

Y Jask apresuraba su carrera.

--El que posea estas riquezas, será señor del mundo, gritaba el viejo no

pudiendo seguir á Jask.

--No hay mas Señor que Dios en la tierra y en los cielos, esclamó Jask.

Entonces desapareció el palacio.

Jask habia triunfado de la avaricia, como habia triunfado de la soberbia

y de la lujuria.

De repente Jask se encontró desnudo, roto, y pobre en la plaza de una

ciudad; todos los que pasaban y los que se cruzaban, se le ponian al

paso, le miraban descaradamente, y se le reian.

--¿Adónde irá este? esclamaban.

--El horrible.

--El imbécil.

--El mendigo.

--El cobarde.

--El hijo de la ramera.

--Insultadle, para que no se atreva á mostrar su hediondez entre

nosotros.

Y Jask impasible decia:

--Apartaos y dejadme hacer mi camino.

--¿Y adónde irás tu? ¡á algun tremedal, único lugar digno de tí!

--Arrojadle lodo hasta que le sepulteis; ¿quién le ha traido á manchar

con su presencia nuestra hermosa ciudad?

Y le arrojaban lodo y le escupian, y Jask seguia adelante sin irritarse

y esclamando siempre:

--Dejadme, dejadme hacer mi camino.

--Es un cobarde, decia una muger impura; ¿no veis cual sufre los

insultos?

Y le hirió con su chapin en la cara.

--No hay otro valiente que Dios, esclamó Jask; solo El es el Fuerte y el

Invencible.

Desapareció todo aquello.

Jask habia vencido á la ira como á la soberbia, á la lujuria y á la

avaricia.

Pero estaba cansado y hambriento, no caminaba ya sobre flores, ni sobre

alfombras, ni sobre plazas enarenadas, trepaba penosamente entre ásperas

rocas.

Durante mucho tiempo sufrió, pero al fin no pudo resistir.

--Tengo hambre y sed, dijo.

--Come y bebe, señor, dijo un génio apareciendo de repente y mostrándole

una hermosa tienda.

Jask entró en ella.

Encontró dentro un blando diván, y delante del diván, sobre una

magnífica alfombra, vió vagilla de oro, y copas y trasparentes frascos.

Y las fuentes llenas de viandas, y los frascos llenos de licores.

--Come, señor, y reposa, dijo el génio.

Jask examinó los manjares; pero todos estaban prohibidos por la ley.

Aquella gran diversidad de platos, estaban compuestos con las diferentes

partes del cerdo.

El pan estaba amasado con la manteca de este animal.

Los frascos estaban llenos de licores.

--Agua y pan de avena, dijo Jask.

--Deja eso para los miserables, señor, dijo el génio; ¿qué importa la

ley? tienes hambre y sed, estás cansado, come, bebe, reposa, si no

morirás.

--¡Dichoso del que muere alimentando su alma con el temor de Dios! dijo

Jask.

Entonces los manjares y la tienda y el génio, desaparecieron.

Jask habia triunfado de la tentacion de la gula, como de las tentaciones

anteriores.

Pero se encontraba marchando por un terreno mas árido y quebrado, bajo

los rayos de un sol abrasador.

--¡Oh, Señor, Señor, sostenme! esclamó; ¡dame tu fortaleza, porque me

siento desfallecer!

Y siguió su camino vacilante, trémulo, débil, seca la garganta,

sufriendo el crudo aguijon del hambre, desvanecida la cabeza.

Resbaló sobre una roca, y cayó desde una altura inmensa.

Encontróse del lado de un camino por donde pasaba mucha gente.

Unos iban en hombros de sus esclavos, otros ginetes en poderosos

caballos, otros en camellos, otros en jumentos, aquellos en carretas de

bueyes.

Todos hacian cómodamente su camino.

Jask, hambriento, estropeado, se arrastraba sobre sus manos.

--Mira, decia una voz misteriosa á su oido; aquel faquí va cómodamente

sentado sobre las hamugas, va satisfecho y repleto. ¡Si tú fueras como

él!

--Dios le prospere, decia Jask.

--Aquel walí va ginete en un poderoso caballo, mira como galopa... allá

va, allá va... ya se pierde... ya se perdió... y tú sigues

arrastrándote.

--Dios me ayudará para que llegue al fin de mi camino.

--Pero tu camino es un camino doloroso...

--Todo camino es dulce y toda fatiga poca, cuando se marcha á una buena

obra. El camino estrecho y áspero, es el camino del paraiso.

Y al decir estas palabras Jask, se encontró de repente de pie, fuerte,

sin hambre, sin sed, con sus sandalias nuevas y en las manos su báculo

de viaje.

Habia sufrido su miseria sin irritarse ante la dicha de los demás.

Habia vencido á la envidia.

Marchaba por un camino ancho y llano.

A lo lejos, pero muy lejos, legísimos, se veia relumbrar una línea

blanca en el horizonte.

--¿Será aquella la laguna salada? esclamó; pero si es, ¡cuán lejos!

Y siguió andando.

De repente sintió que sus miembros se entumecian, que sus párpados se

ponian pesados, que una suave languidez se apoderaba de su cuerpo.

--¡Oh! ¡cuán lejos está el lago de las aguas saladas! esclamó.

Entonces dijo una voz tentadora á su oido:

--Mira, allí hay un sombroso bosquecillo de acacias; en él las aves

difunden su grata armonía, y los arroyos murmuran dulcemente; los rayos

del sol abrasan, queda aun mucho dia, descansa y luego á la tarde

continuarás tu camino.

--El que se detiene en el camino del bien, se espone á caer en la

tentacion, no me detendré hasta que agotadas mis fuerzas caiga. Entonces

Dios tendrá piedad de mí, porque no habrá consistido en mi voluntad.

--El lago de las aguas saladas está muy lejos, y te rinde la fatiga.

--Confio en la misericordia de Dios que me dará su fortaleza.

Aun no habia acabado de pronunciar estas palabras Jask, cuando se

encontró cabalgando de nuevo en su caballo, que corria, corria,

siguiendo al perro, que corria tambien.

Jask habia vencido á la pereza, como á las otras seis mortales

tentaciones.

Dios le habia premiado.

Su caballo le llevó con la velocidad del huracán, á las orillas del lago

de las aguas saladas.

Entonces una voz maravillosa, voz que parecia provenir de los cielos, le

dijo:

--Descansa y cobra fuerzas para cumplir la voluntad de Dios.

Jask desmontó y se echó á dormir bajo la sombra de una roca.

Su hermano el perro, se echo á sus pies y se durmió tambien.

El caballo inclinó la cabeza y durmió.

La alhambra; leyendas árabes · 第 167 / 311 题