Al dia siguiente, Wamba adoleció.
Habia bebido el filtro compuesto por Asenéth.
Perdió el sentido súbitamente á las primeras horas de la noche, y todos
creyeron que moria.
Para enterrarle con muestras de humildad, cortáronle el cabello, señal
de nobleza entre los godos, y le pusieron la mortaja.
Cuando Wamba volvió en sí, y encontró su cabeza trasquilada, esclamó:
--Hé aquí que queda franco mi trono á los traidores, porque yo no puedo
ser rey[94].
Y en aquel mismo punto, pidió que le trajesen á Ervigio.
Wamba estaba loco.
--Yo he muerto le dijo; pero tú vives y eres fuerte; ¿querrás tú la
corona que se me ha caido de la cabeza? ¡Ah! ¡ah! ¡y qué bien llevarás
tú mi corona!
Y los parciales de Ervigio, aprovechándose de aquella estraña locura de
Wamba, le hicieron firmar la renunciacion de su corona en Ervigio.
Luego Wamba espresó su deseo de retirarse del mundo, y partiendo á
Pampliega tomó el hábito de monge.
Ervigio era rey de los godos.
Debíalo á las artes mágicas de Asenéth, y sin embargo de la embriaguez
de su grandeza se olvidó de Asenéth.
Y en vano Asenéth le llamó; en vano desesperada con su soledad y con sus
lágrimas me evocó y me pidió que la ayudase.
--Mata á Ervigio, decia yo.
Pero ella no se atrevia á matarle porque le amaba.
Pasaron siete años; siete años desde que Ervigio poseyó á Asenéth y
Ervigio murió.
Murió de una enfermedad desconocida, y Asenéth á causa de su ciencia le
vió morir, se aterró y esclamó:
--Sea yo llevada de esta tierra maldita, donde le he conocido, donde le
he amado, donde le he esperado y donde reposan sus cenizas: conviértame
Dios en una fiera, que no pueda amar á hombre, ni de hombre ser amada, y
noche de quebranto y de duelo sea conmigo.
Y apenas Asenéth, impulsada por su desesperacion, habia pronunciado
estas palabras, cuando se encontró en un profundo y oscuro antro.
Junto á ella habia un perro.
Pero un perro formidable: habia pasado el poder de Asenéth, y su padre
habia recobrado su fuerza de leon.
Asenéth, convertida en leon, rugia de dolor por la muerte de Ervigio.
Y entonces Jamné fué dueño de su hija, y así vivieron algun tiempo en
aquel profundo antro los dos malditos.
Pero Jamné fué un dia muerto por unos cazadores.
Asenéth quedó sola.
Y en su soledad dió á luz esos dos gemelos que tengo sobre mis rodillas;
el uno hombre con cabellos, ojos y piel de leon, el otro estraña mezcla
de leon y de perro.
Ya sabes la larga historia de los padres y de los abuelos de ese niño, y
de ese perro, Almedí.
¿Quieres ahora que te dé los amores de la Eva maldita?