Asenéth permaneció por algun tiempo inmóvil donde se habia sentado.
Luego, á pesar de la terrible historia de sus abuelos, que habia oido
cantar á la golondrina, se levantó y dijo:
--¡Yo amo á Ervigio!
Y se volvió al palacio maravilloso.
Aun dormia á los pies del diván, donde habia estado reclinada, su padre.
Asenéth le contempló profundamente.
--¿Con que si te dejo tu fuerza, esclamó la jóven maldita, despedazarás
á mi mas amado?
Jamné, aunque dormido, hizo un movimiento que parecia una contestacion
afirmativa á la pregunta de su hija.
--¡Oh! no le despedazarás, dijo Asenéth, porque yo te reduciré á un
estado miserable.
Y pronunciando un horrible conjuro, esclamó:
--¡Oh tú, hombre convertido en leon, conviértete en un perro viejo é
impotente.
Inmediatamente el leon se trasformó en un perro lanudo, cojo, ciego,
miserable, que empezó á arrastrarse gruñendo dolorosamente á los pies de
Asenéth.
Pero Asenéth, le hirió con el pie en el vientre, le arrojó lejos de sí,
y abandonó la cámara donde Jamné, castigado de nuevo por Dios, quedaba
lanzando dolorosos ahullidos.