XXVII.

En aquel mismo punto Abraham, á despecho de su ciencia, veia morir en el

palacio al califa.

Salió de allí con el alma entristecida, y cuando entró en su casa,

encontró á Leila muerta.

Sus hijos dormian.

Cuando los despertaron los gritos de desesperacion de su padre, miraron

á su madre muerta con los ojos enjutos.

Abraham lloró desconsoladamente sobre el cadáver de Leila.

Luego la mandó embalsamar como á una sultana, y la sepultó bajo una

ostentosa tumba.

Despues, no permitiéndole su dolor vivir en Damasco, redujo á un pequeño

volúmen sus tesoros, empleándolos en piedras maravillosas, en perlas

incomparables, y en algunas telas de púrpura, oro y piedras preciosas

que solo podia comprar un rey poderoso.

Cargó su tesoro en un asno, puso sobre él á su hija Zelpha, y

acompañándole su hijo Jamné, salió un dia de Damasco.

* * * * *

Por aquel tiempo el caudillo Ocba-ebn-Nafhe, habia conquistado el

poniente de Africa.

Abraham, para poder vender sus costosísimas joyas, fué á buscar aquel

ejército vencedor que se habia enriquecido con los despojos de la

victoria.

Pero una vez en la parte occidental de Africa en Tánger, supo Abraham

que mas allá, al otro lado del estrecho de Alzacab, estaba la tan

poderosa tierra de las Hespérides; que eran señores de ellas unas gentes

riquísimas; y que allí podria vender sus tesoros, y llorar

tranquilamente bajo un cielo tan azul como el de la Siria, á su perdida

Leila-Fatimah.

Abraham se embarcó con sus hijos y con el jumento que conducia su

tesoro, y pasó el estrecho.

Al fin puso sus plantas en España.

Y una tarde, ya te acuerdas, hermano lagarto, al encontrarse Jamné en un

bosque solitario, en este mismo bosque al lado de esta sima, vió llegada

para él la ocasion mas propicia para deshacerse del viejo padre, y

apoderarse de su tesoro y de su hermana.

Ya sabes lo que sucedió la tarde de horrores.

--Sí, sí, lo sé, amiga culebra.

--Pero lo que tu no sabes, es que en la misma hora en que fué arrojado á

la sima por sus malditos hijos Abraham, se contaban justos tres veces

siete años, desde que Abraham poseyó la maldita hermosura de

Leila-Fatimah.

--¿Y no sabes mas, hermana culebra?

--Sí, sé que el alma de Abraham, por no haber sido dócil al consejo de

los siete astrólogos á quienes habia consultado, cuando Leila le propuso

ofender á Dios, estará penando hasta que sobre esta sima se levante una

torre fuerte de siete suelos, que será la puerta de un alcázar como no

habrá otra sobre la tierra, y hasta que muera en este alcázar y venga á

penar en la torre, una muger que haya sido parricida, adúltera é

incestuosa.

--¿Y quién te ha dicho eso, hermana culebra?

--El alma en pena de Abraham.

--¿Y no sabes lo que fué de los hijos de Abraham?

--No se lo pregunté.

--Dios es vengador, y justo é inexorable, hermana culebra.

--Tienes razon, hermano lagarto. Dios es Dios y no hay otro Señor que

él: él ha criado este sol que abrasa mas de lo que yo quisiera, y me voy

á mis profundidades.

--Y yo á mi grieta.

La culebra y el lagarto desaparecieron, y yo me quedé horrorizada, amigo

ruiseñor, y no pude descansar, añadió la golondrina: de modo que cuando

me puse en camino por la tarde para Toledo, estaba tan rendida, que me

he visto obligada á pararme aquí.

--Vente á mi nido, y en él descansarás: es blando y mullido, dijo

amorosamente el ruiseñor.

--Dios castiga á los adúlteros, dijo con enojo la golondrina, y como ya

he descansado, me voy de un vuelo á mi nido del alcázar de Toledo.

Y la golondrina voló, y el ruiseñor se quedó gorgeando:

--¡Solo! ¡solo! ¡solo!

La alhambra; leyendas árabes · 第 160 / 311 题