Poco tiempo despues llamaron á la puerta.
--Hé ahí la muerte, dijo el morabitho.
--Abrid al califa magnífico y vencedor, dijo fuera una voz robusta.
--El momento ha llegado, dijo el morabitho á Abraham, valor y fé en
Dios, y dentro de poco tiempo nos encontraremos juntos en el paraiso.
--Moriré como un mártir, dijo Abraham; vé, y abre al califa, hermano.
El morabitho abrió.
Walid se arrojó frenético dentro de la mezquita, y dijo á los esclavos
que le seguian:
--¡Apoderaos de esos dos traidores, y cargadlos de cadenas!
Abraham y el morabitho fueron conducidos á la alcazaba del califa, y
arrojados en profundas mazmorras.
Abraham sin temor estuvo orando á Dios.
Sentia, sin embargo, en su alma un combate rudo que no era terror á la
muerte.
Parecíale que una voz poderosa le llamaba, y que una fuerza irresistible
tiraba de él.
Era que Leila, viéndole fuera de la casa de Dios, donde únicamente
estaba protegido por sus encantos, compelia al génio á que le trajese á
sí.
Pero Abraham, tenia fijo el pensamiento en Dios, no le habia asaltado el
temor de la muerte, y Dios le amparaba.
Pero de repente se oyeron gemidos de agonía.
Gemidos horribles.
Y junto á los gemidos, gritos y risas de verdugos.
Era que crucificaban al morabitho.
Al oir aquellos lastimosos gemidos, Abraham dejó de orar.
Un terror vago empezó á apoderarse de él.
De repente se abrió la puerta de la mazmorra, y unos feroces esclavos
entraron con un hornillo encendido y unos hierros de forma horrorosa.
Entonces Abraham temió á la muerte, y esclamó:
--¿Acaso no se habrá engañado el morabitho? y llegó... yo no quiero
morir...
Apenas habia pronunciado estas palabras, cuando se encontró en una
magnífica y resplandeciente cámara nupcial delante de Leila, cuya
hermosura era tal, como la de un arcángel.
Abraham creyó que le habian matado en la mazmorra, y que se encontraba
en el paraiso delante de su hurí.
--Sí, sí, dijo Leila; has muerto y eres mio.
Pero quítame mi cingulo de pureza, porque de otro modo no podré ser
tuya.
Y se abrió sus magníficas túnicas, dejando descubierto el cingulo que
tenia sobre su cintura desnuda.
Abraham se arrodilló, y quitó el cingulo á Leila.
En aquel momento se oyó un estruendo pavoroso como el de un inmenso
edificio que se desplomara: oyóse una carcajada horrible, y la voz de
Satanás que dijo:
--Has perdido el talisman de la madre del profeta por tu impureza, y al
derrocarse el alcázar de tus locos deseos, se ha sepultado con él el
tesoro que habia reunido la avaricia de tu padre.
--Pero Abraham es tuyo.
--Suya eres tú.
--Y bien: su amor me basta, esclamó Leila-Fatimah.