XXIII.

Poco tiempo despues llamaron á la puerta.

--Hé ahí la muerte, dijo el morabitho.

--Abrid al califa magnífico y vencedor, dijo fuera una voz robusta.

--El momento ha llegado, dijo el morabitho á Abraham, valor y fé en

Dios, y dentro de poco tiempo nos encontraremos juntos en el paraiso.

--Moriré como un mártir, dijo Abraham; vé, y abre al califa, hermano.

El morabitho abrió.

Walid se arrojó frenético dentro de la mezquita, y dijo á los esclavos

que le seguian:

--¡Apoderaos de esos dos traidores, y cargadlos de cadenas!

Abraham y el morabitho fueron conducidos á la alcazaba del califa, y

arrojados en profundas mazmorras.

Abraham sin temor estuvo orando á Dios.

Sentia, sin embargo, en su alma un combate rudo que no era terror á la

muerte.

Parecíale que una voz poderosa le llamaba, y que una fuerza irresistible

tiraba de él.

Era que Leila, viéndole fuera de la casa de Dios, donde únicamente

estaba protegido por sus encantos, compelia al génio á que le trajese á

sí.

Pero Abraham, tenia fijo el pensamiento en Dios, no le habia asaltado el

temor de la muerte, y Dios le amparaba.

Pero de repente se oyeron gemidos de agonía.

Gemidos horribles.

Y junto á los gemidos, gritos y risas de verdugos.

Era que crucificaban al morabitho.

Al oir aquellos lastimosos gemidos, Abraham dejó de orar.

Un terror vago empezó á apoderarse de él.

De repente se abrió la puerta de la mazmorra, y unos feroces esclavos

entraron con un hornillo encendido y unos hierros de forma horrorosa.

Entonces Abraham temió á la muerte, y esclamó:

--¿Acaso no se habrá engañado el morabitho? y llegó... yo no quiero

morir...

Apenas habia pronunciado estas palabras, cuando se encontró en una

magnífica y resplandeciente cámara nupcial delante de Leila, cuya

hermosura era tal, como la de un arcángel.

Abraham creyó que le habian matado en la mazmorra, y que se encontraba

en el paraiso delante de su hurí.

--Sí, sí, dijo Leila; has muerto y eres mio.

Pero quítame mi cingulo de pureza, porque de otro modo no podré ser

tuya.

Y se abrió sus magníficas túnicas, dejando descubierto el cingulo que

tenia sobre su cintura desnuda.

Abraham se arrodilló, y quitó el cingulo á Leila.

En aquel momento se oyó un estruendo pavoroso como el de un inmenso

edificio que se desplomara: oyóse una carcajada horrible, y la voz de

Satanás que dijo:

--Has perdido el talisman de la madre del profeta por tu impureza, y al

derrocarse el alcázar de tus locos deseos, se ha sepultado con él el

tesoro que habia reunido la avaricia de tu padre.

--Pero Abraham es tuyo.

--Suya eres tú.

--Y bien: su amor me basta, esclamó Leila-Fatimah.

La alhambra; leyendas árabes · 第 156 / 311 题