XXI.

--Hé aquí que el califa de Oriente se acerca, dijo el geniecillo a

Leila-Fatimah. Mira si quieres ser sultana.

--Por Abraham maté á mi padre, y solo de Abraham seré, dijo la vírgen

maldita.

--¿Pero no recibirás al califa?

--Sí, le recibiré, y le enloqueceré, para que me sirva.

--Pues ya se acerca.

--Vete, pues.

Poco despues, un esclavo eunuco tocaba con una varita de oro á la puerta

del retrete de la jóven.

Levantóse ésta del diván, abrió la puerta, y al verla tan

resplandeciente y tan hermosa, el califa su prosternó.

--¡Levántate, Walid, emir de los creyentes, dijo Leila; y no te

prosternes ante tu esclava!

Y alzó al sultan.

Luego cerró la puerta y se quedó sola con él.

Walid, que aun era mancebo, desfallecia de amor.

Leila le hizo sentarse en el diván, y se sentó junto á él.

--Clara y dichosa ha sido el alba en que has aparecido junto á Damasco,

cabeza de mi imperio, sultana de las huríes, dijo el califa. ¿Por qué

has venido á alegrar esta tierra con tu hermosura?

--Venia á buscarte, señor.

--¡A buscarme! ¿será acaso que Dios se ha propuesto premiarme por mi fé

y por mis victorias contra los infieles, y me envia un pedazo de su

paraiso, y con él un arcángel del sétimo cielo?

--Dios me envia á salvarte, señor.

--¿A salvarme dándome tu amor?

Mi amor no puede ser de los hombres de la tierra.

Walid se prosternó.

--¡Oh! poderoso génio, esclamó: ¿por qué te han visto mis ojos, si no ha

de ser mia tu hermosura?

--No pienses en el amor, cuando Dios me envia á salvar tu imperio.

--¿A salvar mi imperio?

--Si los hijos de Abbas despliegan en silencio la sangrienta bandera

contra los hijos de Omeya: ¡ay de tí, y ay de los tuyos, si yo por

mandado de Dios no te revelase la traicion que se acerca á ti en

silencio!

--¡Habla, poderoso génio! dijo Walid, aterrado por aquella oscura

profecía.

--Ven acá, dijo Leila, llevándole á un mirador: ¿ves aquella mezquita en

el valle junto á la vertiente de la montaña?

--Allí mora un santo.

--Allí mora la traicion.

--¿La traicion dices?

--Sí, en aquella mezquita se oculta un sábio médico llamado Abraham, que

viene á alentar á los partidarios de Abul-Abbas.

--¿Y qué he de hacer, poderoso génio?

--Escucha; cuando medie la noche, rodearás tú mismo con tus gentes

aquella mezquita.

--Lo haré.

--Sacarás fuera al morabitho y al hebreo Abraham.

--Lo haré.

--Despues te llevarás á esos dos traidores á la alcazaba, y los

encerrarás en una mazmorra.

Sí, ¿y luego?

--Luego... mira... primero crucificarás al morabitho.

--¿Y despues?

--Despues cortarás por ti mismo la cabeza, y á solas con él encerrado en

su mazmorra, al hebreo Abraham.

--¿Y habré salvado mi corona?

--Tu corona, tu familia y tus parciales.

--¿Y despues no me amarás tú?

--Consiste eso en la voluntad de Dios.

--¡Oh! yo serviré de tal modo á Dios, que Dios me recompensará dándome

tu amor.

--Sí, yo te amo... dijo lánguidamente Leila.

--¡Ah! ¡sol ardiente de mi alma! esclamó Walid.

--Pero no te daré mi amor hasta que hayas esterminado á los traidores y

á los impíos.

--¡Oh! pues los esterminaré.

Y el califa y Leila siguieron hablando familiarmente hasta la caida de

la tarde.

Walid cada vez mas enamorado: Leila cada vez mas traidora con él.

Pero á pesar de su amor, Walid se sentia dominado, sujeto por un poder

invencible.

Y era que protegia la pureza de Leila el cíngulo mágico que rodeaba su

cintura.

El califa salió del alcázar de Leila al empezar la noche, afirmándola

que haria pedazos á los traidores y que volveria al dia siguiente.

Cuando el califa salió, Leila-Fatimah se puso el abanico sobre el

corazon, sobre los ojos y sobre la cabeza, y llamó al génio.

El génio acudió.

--El califa sacará á la media noche á Abraham de la casa de Dios, le

dijo: prepárate á hacerle venir.

--¿Y vendrá?

--Vendrá.

Ahora prepárame mi aposento nupcial, y aumenta mis galas y mi hermosura.

El geniecillo al escuchar aquel mandato, soltó una carcajada tal, y tan

siniestra, que aterró á Leila.

--¿Por qué te ries, dijo la maga?

--Me rio por la locura de tu amor, contestó el génio: pero ya he hecho

tu cámara nupcial, y he aumentado tu hermosura y tus galas: ven á ver mi

obra, y á mirar tu belleza.

Y ella fué á examinar aquel nuevo milagro del génio.

La alhambra; leyendas árabes · 第 154 / 311 题