--Hé aquí que el califa de Oriente se acerca, dijo el geniecillo a
Leila-Fatimah. Mira si quieres ser sultana.
--Por Abraham maté á mi padre, y solo de Abraham seré, dijo la vírgen
maldita.
--¿Pero no recibirás al califa?
--Sí, le recibiré, y le enloqueceré, para que me sirva.
--Pues ya se acerca.
--Vete, pues.
Poco despues, un esclavo eunuco tocaba con una varita de oro á la puerta
del retrete de la jóven.
Levantóse ésta del diván, abrió la puerta, y al verla tan
resplandeciente y tan hermosa, el califa su prosternó.
--¡Levántate, Walid, emir de los creyentes, dijo Leila; y no te
prosternes ante tu esclava!
Y alzó al sultan.
Luego cerró la puerta y se quedó sola con él.
Walid, que aun era mancebo, desfallecia de amor.
Leila le hizo sentarse en el diván, y se sentó junto á él.
--Clara y dichosa ha sido el alba en que has aparecido junto á Damasco,
cabeza de mi imperio, sultana de las huríes, dijo el califa. ¿Por qué
has venido á alegrar esta tierra con tu hermosura?
--Venia á buscarte, señor.
--¡A buscarme! ¿será acaso que Dios se ha propuesto premiarme por mi fé
y por mis victorias contra los infieles, y me envia un pedazo de su
paraiso, y con él un arcángel del sétimo cielo?
--Dios me envia á salvarte, señor.
--¿A salvarme dándome tu amor?
Mi amor no puede ser de los hombres de la tierra.
Walid se prosternó.
--¡Oh! poderoso génio, esclamó: ¿por qué te han visto mis ojos, si no ha
de ser mia tu hermosura?
--No pienses en el amor, cuando Dios me envia á salvar tu imperio.
--¿A salvar mi imperio?
--Si los hijos de Abbas despliegan en silencio la sangrienta bandera
contra los hijos de Omeya: ¡ay de tí, y ay de los tuyos, si yo por
mandado de Dios no te revelase la traicion que se acerca á ti en
silencio!
--¡Habla, poderoso génio! dijo Walid, aterrado por aquella oscura
profecía.
--Ven acá, dijo Leila, llevándole á un mirador: ¿ves aquella mezquita en
el valle junto á la vertiente de la montaña?
--Allí mora un santo.
--Allí mora la traicion.
--¿La traicion dices?
--Sí, en aquella mezquita se oculta un sábio médico llamado Abraham, que
viene á alentar á los partidarios de Abul-Abbas.
--¿Y qué he de hacer, poderoso génio?
--Escucha; cuando medie la noche, rodearás tú mismo con tus gentes
aquella mezquita.
--Lo haré.
--Sacarás fuera al morabitho y al hebreo Abraham.
--Lo haré.
--Despues te llevarás á esos dos traidores á la alcazaba, y los
encerrarás en una mazmorra.
Sí, ¿y luego?
--Luego... mira... primero crucificarás al morabitho.
--¿Y despues?
--Despues cortarás por ti mismo la cabeza, y á solas con él encerrado en
su mazmorra, al hebreo Abraham.
--¿Y habré salvado mi corona?
--Tu corona, tu familia y tus parciales.
--¿Y despues no me amarás tú?
--Consiste eso en la voluntad de Dios.
--¡Oh! yo serviré de tal modo á Dios, que Dios me recompensará dándome
tu amor.
--Sí, yo te amo... dijo lánguidamente Leila.
--¡Ah! ¡sol ardiente de mi alma! esclamó Walid.
--Pero no te daré mi amor hasta que hayas esterminado á los traidores y
á los impíos.
--¡Oh! pues los esterminaré.
Y el califa y Leila siguieron hablando familiarmente hasta la caida de
la tarde.
Walid cada vez mas enamorado: Leila cada vez mas traidora con él.
Pero á pesar de su amor, Walid se sentia dominado, sujeto por un poder
invencible.
Y era que protegia la pureza de Leila el cíngulo mágico que rodeaba su
cintura.
El califa salió del alcázar de Leila al empezar la noche, afirmándola
que haria pedazos á los traidores y que volveria al dia siguiente.
Cuando el califa salió, Leila-Fatimah se puso el abanico sobre el
corazon, sobre los ojos y sobre la cabeza, y llamó al génio.
El génio acudió.
--El califa sacará á la media noche á Abraham de la casa de Dios, le
dijo: prepárate á hacerle venir.
--¿Y vendrá?
--Vendrá.
Ahora prepárame mi aposento nupcial, y aumenta mis galas y mi hermosura.
El geniecillo al escuchar aquel mandato, soltó una carcajada tal, y tan
siniestra, que aterró á Leila.
--¿Por qué te ries, dijo la maga?
--Me rio por la locura de tu amor, contestó el génio: pero ya he hecho
tu cámara nupcial, y he aumentado tu hermosura y tus galas: ven á ver mi
obra, y á mirar tu belleza.
Y ella fué á examinar aquel nuevo milagro del génio.