--¿Sabes hermana culebra, que tu cuento me está maravillando? dijo el
lagarto. ¿Crees tú que eso pueda haber sucedido?
--Eso y mucho mas puede hacer Dios, que es Todopoderoso, hermano
lagarto.
--Sí, sí, pero esa muger endemoniada....
--Dios la castigaba con sus mismas pasiones. Cuando el alma de Abraham,
que está allá abajo penando donde tú no te has atrevido á bajar, me
contaba esto, la desdichada alma se estremecia.
--Sigue, hermana culebra, sigue; tengo impaciencia por saber el fin del
cuento.
--Pues escucha, hermano lagarto, y aprende y escarmienta.
--Yo, añadió la golondrina, hermano ruiseñor, escuchaba sin dormirme
aunque estaba muy cansada.
--Como te escucho yo, amiga golondrina, dijo el ruiseñor, y como te
escucha esa maldita Asenéth, que como Leila-Fatimah, quiere matar á su
padre por gozar sus amores.
--¡Oh! esclamó Asenéth, pájaros habladores, seguid, seguid vuestro
cuento de los amores de la maga con el judío Abraham, mi abuelo.
La golondrina, calló un momento como quien recuerda, y luego continuó: