XVII.

Entre tanto, el cadí recorria la casa del difunto, y hacia inventario de

sus riquezas.

Porque el médico, cuyo único pecado era la avaricia, habia amontonado

inmensos tesoros.

Encontraron ánforas llenas las unas de oro acuñado, las otras de perlas,

las otras de diamantes, y de piedras inestimables otras muchas.

Todo esto, lo habian encontrado en un sótano tapiado.

De buena gana el cadí se hubiera quedado con todo aquello, porque el

difunto habia disimulado de tal modo por avaricia su riqueza, que todos

le creian pobre.

Pero iban con él muchos ministros de justicia, y los dos esclavos

negros, y la esclava cocinera del médico, y se vió obligado á ser justo

y recto, y á hacer un fiel inventario.

--Gran herencia encuentra aquí el califa, dijo el cadí que creia que el

médico habia muerto sin herederos.

--Te engañas, dijo uno de los esclavos, porque nuestro señor tiene una

hija.

--Lo ignoraba, dijo el cadí con alegria, porque tratándose de un

heredero muger, creyó que le seria facil abusar de su ignorancia y

quedarse con parte de la herencia.

--Nada tiene de estraño que no lo supieras, dijo la esclava, porque mi

señora es muy hermosa, y su padre la recataba mucho, y la tenia siempre

encerrada de modo que ningun hombre la ha visto, ni ella ha visto á

ningun hombre.

--¡Ah! ¡ah! he ahí una buena crianza, dijo el cadí; vuestro amo era un

varon sábio y justo y temeroso de Dios, y no hacia como esos padres que

dejan ver á todos la hermosura de sus hijas, y comercian con su

impureza. Y en verdad, en verdad, dijo el cadí que examinaba unos

pergaminos del difunto, he aquí una escritura en que vuestro amo declara

que tiene una hija llamado Leila-Fatimah (hermoso nombre), y declara

para en el caso de que le sorprenda la muerte, que no tiene otro hijo y

que esa doncella es la heredera de todas sus riquezas. ¿Quién habia de

creer que vuestro señor era tan rico y que tenia por hija una tal joya?

Y el cadí se hizo conducir á las habitaciones de Leila-Fatimah, á la que

encontró durmiendo apaciblemente ó fingiendo que dormia.

Sus esclavas doncellas que la servian tan emparedadas como ella, la

despertaron y Leila salió soñolienta y admirada á recibir al cadí.

Al saber que su padre habia muerto, Leila fingió la mayor desesperacion;

se mesó los cabellos, se rasgó los vestidos y maldijo la hora en que

nació para ver morir á su padre.

Satanás, escondido en un rincon del retrete, se reia, enseñando sus

negros colmillos, del fingido dolor de Leila-Fatimah.

Entrególa el cadí las riquezas de su padre, la saludó con las frases mas

pomposas, la deseó fecundos consuelos, y llamándose su esclavo, salió de

la casa con sus gentes.

Leila-Fatimah, protestando que queria quedarse enteramente sola para

llorar á su padre y dejarse acabar por el sentimiento, dió á cada uno de

sus esclavos la libertad y algunas monedas de oro, y los despidió.

Los esclavos salieron de la casa como los pájaros á quienes una mano

compasiva abre la jaula donde han estado encerrados largo tiempo, y

bendijeron la muerte del viejo médico, que aunque los habia tratado

bien, porque no era malo, los habia tenido largos años enflaquecidos y

hambrientos, porque era avaro.

Leila se quedó en su casa enteramente sola.

Entonces, valiéndose de su ciencia mágica, evocó al diablo.

--Aquí estoy, señora mia, dijo Satanás presentándose como siempre, bajo

la figura de Abraham, ¿qué me quereis?

Leila fué á arrojarse entre sus brazos, pero el diablo se le huyó.

--¿Por qué no ha entrado hasta mí tu cuerpo con tu alma? dijo la

enamorada jóven: ¿no están abiertas mis puertas?

--Yo no tengo cuerpo, dijo el diablo.

--¿Pues quién eres tú? dijo asombrada Leila-Fatimah.

--¿No te lo dice tu ciencia?

Leila se reconcentró, miró fijamente al diablo, y esclamó:

--¡Ah, tú eres Satanás!

--Al fin, me has mirado con los ojos de la ciencia y no con los del

corazon, y me has reconocido.

--¿Y Abraham? dijo Leila.

--Está llorando sobre la sepultura de tu padre.

--¿Y no piensa en mí?

Abraham no te conoce.

--¿Pues no ha hablado su espíritu conmigo?

--He sido yo que he tomado su figura.

--¿Y no me amará Abraham?

--Sí, si tú quieres.

--Quiero presentarme á él como una hada.

--Hazlo, eres sábia.

--No puedo, yo soy sábia para hechizar, para enamorar, para matar;

conozco el lenguaje de las estrellas, puedo obligarlas á que me digan lo

que ha de suceder; pero no puedo trasladarme con el pensamiento á donde

mejor quiera, no puedo trasformarme, no puedo construir en un momento un

palacio, y yo lo quisiera hacer.

--Entre las joyas que ha dejado tu padre, hay un poderoso talisman.

--¿Y qué talisman es ese?

--Un abanico de oro, perlas y plumas. Búscale.

Leila fué al lugar donde estaba el tesoro que su padre habia amontonado,

y despues de revolver mucho encontró un precioso abanico, formado de

plumas de los mas raros colores, y como no habia visto ninguno de

ninguna ave Leila: su mango era de oro con cercos de perlas, de

diamantes y de rubíes, y este sujeto por una cadena de oro á un

brazalete que se cerraba con una pequeña llave hecha de una esmeralda,

pendiente del brazalete, que deslumbraba con la riqueza de sus piedras,

por una sútil cadena.

--Tu padre prestó á un wazir muchos miles de doblas sobre ese abanico,

el wazir se obligó á pagarle el préstamo en un tiempo dado, trascurrido

el cual el abanico seria de tu padre.

El wazir habia robado su abanico del tesoro del califa, donde estaba de

padres á hijos, desde que un ángel dió de parte de Dios ese talisman á

Fatimah la santa, madre del Profeta.

Las plumas son de aves del paraiso, y el oro y las piedras, cogidas en

los valles del Edém.

Un arcángel le fabricó, y Dios le dió la virtud que tiene.

El califa no solo no sabia la virtud de este talisman, sino que ni

tampoco conocia su poder. El wazir creyéndole simplemente una alhaja de

precio incomparable, le empeñó á tu padre, porque como lo habia robado

al califa, no queria tenerlo en su poder.

Tu padre, le guardó entre sus tesoros, sin saber tampoco cuanta era su

virtud.

Pero yo, que te he dado el filtro que ha apagado la vida de tu padre, te

doy tambien ese talisman.

--¿Y cuál es su virtud? dijo Leila.

--No te lo diré si no me lo pagas.

--Ya te he dado mi alma por la vida de mi padre.

--Dame las almas de tus hijos.

--¡Oh! eso no.

--Pues bien, Abraham no te amará.

--Y si te doy mi descendencia...

--Abraham será tuyo.

--Pues te la doy.

--Firma aquí, dijo el diablo poniendo un pergamino escrito con fuego

delante de los ojos de Leila-Fatimah: firma con tu sangre.

Leila se arrancó un alfiler de oro de su peinado, y se rasgó un dedo.

Corrió la sangre, y con ella firmó la jóven el escrito que el diablo le

habia presentado, y que era una escritura solemne, por la cual Leila

cedia su descendencia al espíritu de las tinieblas.

--Dime ahora la virtud de ese talisman.

--Tiene muchas: en primer lugar, á ese talisman obedece un génio.

--¿Y cómo he de hacerle aparecer?

--Cuando quieras hablarle, ponte el abanico primero sobre el corazon,

luego sobre los ojos, y últimamente sobre la cabeza. Luego di por tres

veces: génio esclavo del abanico de Fatimah la Santa, ven.

Leila, estaba impaciente por conocer la virtud del talisman, é hizo lo

que el diablo le habia dicho.

Inmediatamente la habitacion en que la jóven estaba, se llenó de un humo

rojo y denso, que se fué haciendo mas denso, hasta que se convirtió en

una nubecilla; luego la nubecilla, cayó al suelo, se prolongó, se

adelgazó, tomó formas, y apareció un hombrecillo, tal y tan diminuto,

como el dedo índice de Leila, que era muy pequeñito.

Aquel hombrecillo, saltó del suelo y se asió al broche del seno de

Leila, y la miró con unos ojillos relucientes y negros como los de un

pequeño raton.

Era de color cobrizo, con la nariz larga, el rostro largo y la barba

puntiaguda: tenia puesto un gorro dorado, y el diminuto cuerpo vestido

con un sayo dorado, en la mano tenia una vara delgada y larga como una

fina aguja, y en la punta de la vara un cascabel que sonaba, sonaba sin

cesar; y el geniecillo se reia mirando á Leila-Fatimah.

Leila se desaferró del broche de diamantes de su seno, y al genio le

puso sobre la palma de su mano.

--¿Qué quieres? la dijo el genio haciéndola un mohin y dando una

cabriola y con una vocecita como la de un pájaro.

--Quiero un palacio mas rico que el del sultan de la India.

Inmediatamente Leila se encontró en un magnífico y resplandeciente

alcázar, dentro de un pabellon desde el cual y entre columnas de

resplandecientes mármoles, se veian torres y muros dorados, y mas allá

de los muros, jardines y lagos y horizontes azules.

El diablo habia desaparecido.

El alcázar era sonoro.

Parecia exhalar de sí una música deliciosa que convidaba al sueño.

Anchos y blandos divanes ofrecian reposo.

Fuentes de aguas olorosas refrescaban y embalsamaban el ambiente.

Todo aquello era magnífico.

--Quiero que venga aquí el tesoro de mi padre, añadió Leila.

Anforas, cofres y sacos aparecieron en el centro del retrete.

--Quiero que guarde ese tesoro un arca de hierro pulimentado como un

espejo, bellamente labrado, y que solo se abra cuando le toque yo.

Cubrió el tesoro una magnífica arca que deslumbraba por su brillantez,

cerrada con siete candados y cubierta de peregrinas labores.

Leila llegó al arca, y al tocarla, el arca se abrió.

Cada parte del tesoro estaba en un compartimiento separado, aquí las

perlas, acullá las piedras, cada una segun su género, y las monedas de

oro y plata, cada una segun su valor.

--Quiero un bruñido espejo de plata, dijo Leila despues de haber cerrado

el arca, y trasladádose á otra magnífica habitacion.

Apareció un espejo gigantesco de resplandeciente plata, en que se

reprodujo enteramente la hermosa figura de la jóven.

--Quiero parecer mas niña, dijo Leila.

--¿Mas niña? esclamó el génio: eso no puede ser: aun no has cumplido

los quince años y tu juventud es fuerte, rica, incomparable como el

primer verdor de la primavera.

--Quiero parecer mas niña y ser mas muger, dijo Leila.

Y entonces, pareció como que su semblante resplandecia, como que sus

ojos deslumbraban, como que sus cabellos se hacian mas finos y mas

pesados y mas bellos sus rizos y mas negros: y se levantó su estatura, y

se alzó su seno y sus brazos, y su cuello y las demás partes de su

cuerpo, se volvieron tales, como solo Dios puede imaginar para hacer un

ángel muger.

Y Leila-Fatimah, se veia desnuda en el espejo y sonreia orgullosa á

aquella nueva hermosura que no habia desfigurado ni una sola de sus

formas, porque Dios habia ya criado á Leila demasiado hermosa.

--Quiero que se peinen mis cabellos y se adornen de joyas, dijo Leila.

--Me estás convirtiendo en tu esclava, dijo el génio:

--Lo quiero.

Los hermosos cabellos de Leila, se trenzaron, rodearon su cabeza,

cayeron en rizos y en lazos junto á sus megillas, y sobre sus hombros y

sobre su seno, y entre ellos brillaban racimos de perlas y de diamantes

y de rubíes y de corales, formando al rededor de su cabeza una como

corona de hojas de vid con fruto.

--Quiero un hermoso collar para mi garganta y unas hermosas arracadas

para mis orejas, y brazaletes y ajorcas para mis brazos y mis piernas.

El génio cumplió la voluntad de Leila.

Y no parecia sino que aquellas joyas habian sido buscadas á propósito

para realzar la blancura y la belleza de la jóven.

--Quiero un ceñidor interior para mi cintura que defienda mi pureza y me

haga invulnerable y fuerte, capaz de vencer á uno, á diez, á un cuento

de caballeros armados.

--Te basta para eso con tu hermosura y con tus ojos, sultana, dijo el

génio: ¡qué hermosa eres, señora mia! ¡qué hermosa! yo te amo.

--¡Ah! ¡ah! ¡ah! dijo riendo la jóven, ¿y cómo harias tú para satisfacer

tu amor?

El génio saltó de la mano al redondo y blanquísimo hombro de Leila, y la

mordió en su incomparable cuello.

Leila dió un grito agudo, se puso de repente pálida como si no la

hubiese quedado una sola gota de sangre en las venas, pero aquella

palidez aumentó su hermosura.

Leila se sintió desfallecer.

Un ardiente fuego, el fuego de un volcán, llenaba sus venas, y la

consumia.

Su vida se habia multiplicado.

El resplandor de su hermosura se habia hecho irresistible.

--Vuelve á mi mano, maldito, esclamó Leila.

--¡Oh! ¡qué hermosa, qué hermosa eres, sultana mia! esclamó el génio

volviendo de nuevo á la mano de la jóven. Tú no sabias el peligro que

corrias conmigo, ¿no es verdad? dijo el génio. Pero ya no tiene remedio;

tú tendrás siempre una sed inestinguible de amor, sufrirás eternamente

el infierno de tu pecado, y amarás como no ha amado otra muger sobre la

tierra.

--¿Y no veré satisfecho mi amor?

--Tú serás muy feliz durante algunos años, ¿pero que serán esos años? un

instante, menos que un instante en la eternidad: Satanás ha sido muy

cruel contigo: porque tú has sido muy cruel con tu padre.

--¿Quién se acuerda ahora de aquel viejo avaro que me tenia emparedada?

--Dices bien: ¿á qué acordarse de eso? tu padre duerme tranquilo en la

tumba.

--Quiero ver á mi adorado, dijo Leila dejándose caer sobre un diván.

--¿Y vas á recibirle así? es virtuoso y casto, y tu desnudez le

sonrojaria.

--Vísteme de túnicas de luz, dijo Leila.

Inmediatamente lucientes y finísimas túnicas cubrieron á la jóven.

Leila entonces parecia un astro caido del firmamento.

Pero sus resplandores no ofendian á la vista.

--Quiero ver á mi amado, ¿dónde está?

--Llorando sobre la tumba de tu padre.

--Que se sequen sus lágrimas, y que sienta mi amor en su corazon.

--Ya no llora y se estremece dulcemente alhagado por un fuego

desconocido.

--Ahora, llévame con mi palacio á Damasco.

--Mira por aquella ventana, ¿qué vés?

--Veo fuertes torres á la luz de la luna, dijo Leila.

--Aquel es el alcázar del califa.

--Veo á los pies de la altura donde está ese alcázar una ciudad cubierta

por la sombra.

--Esa ciudad es Damasco. ¿Qué mas quieres?

--Quiero que al despertar mañana, el califa vea mi resplandeciente

palacio; que lo vean desde la ciudad, y que vean esclavos en sus

pórticos, y que dentro haya bailarinas que me alegren, y doncellas que

me sirvan, y músicos que me recreen.

--Mira, dijo el génio; ¿vés allá entre las quebraduras de una distante

sierra una lucecita?

--Sí.

--¿Sabes dónde arde esa lucecita?

--No.

--Voy á mostrártelo.

--Leila, se encontró en una cabaña miserable; en ella un anciano y un

jóven lloraban desconsoladamente junto á una muger jóven y hermosa, pero

enferma y enflaquecida, que moria.

--¿Y á qué me has traido aquí? dijo Leila.

--Escucha, esas pobres gentes son labradores.

--¿Y qué me importa?

--Escucha, los años anteriores han sido malos, no solo no han podido

esos infelices pagar su tributo al califa, sino que se han privado de lo

mas necesario; hace quince dias que los encargados de cobrar las

contribuciones del califa, fueron á esa choza, y á pesar de las lágrimas

de esa familia, se llevaron los dos jumentillos con que araban sus

tierras, su cabra, sus semillas y hasta su lecho; esa familia hace

quince dias que está hambrienta; el padre y el hijo se han sustentado

con yerbas y raices, pero la pobre Haraxa, no ha podido resistir y muere

entre los brazos de su padre y de su esposo. Invocan á Dios, ¿no los

oyes? tú tienes poder; díme: levanta del suelo á esa muger, y la

levanto; dales pan y medios de vivir y de ser felices, y se lo doy; ¿no

ves lo que pende del pecho de esa desgraciada? un niño que procura

amamantarse del pecho exhausto y no puede.

--¿Y que tengo yo que ver con eso? dijo con dureza Leila; yo me abraso

de amor. Llévame á mi alcázar.

--Héte en él, pero no tienes caridad: Dios, que hizo ese talisman de que

soy esclavo, le construyó para la santa Madre de su Enviado, ¡oh, y cuán

diferente uso hacia en su poder aquella alma noble!

--Calla.

--Un momento, señora mia: lo que tú no has querido hacer con una pobre

familia lo ha hecho Dios; los habia castigado porque la prosperidad los

habia hecho un tanto soberbios, los habia reducido á esa cabaña, á esa

desdicha. Pero han invocado con fé á Dios, eran buenos, y Dios los ha

enviado un ángel en figura de peregrino.

Con el ángel, ha entrado la Providencia de Dios en la cabaña.

Han tenido alimento, y el ángel les ha dejado al partir un saco lleno de

oro.

--Has que venga naturalmente atraido á mi, mi adorado Abraham, dijo

Leila.

--Tú no tienes caridad. Hélo aquí que viene.

--Vete, dijo Leila.

El génio saltó de la mano al suelo, y desapareció como habia aparecido,

desvaneciéndose en humo.

La alhambra; leyendas árabes · 第 150 / 311 题