Apenas habia pasado una luna, desde que Abraham habia salido de casa de
su maestro, de su segundo padre, cuando una noche llamaron á grandes
golpes á la puerta de su casa.
Abrió y vió á uno de los esclavos del médico.
--Mi señor se muere, dijo el negro; se muere de una enfermedad
desconocida, le han visto todos los médicos de Alejandría y ninguno ha
podido descubrir la causa de su mal, tú eres el único que no le ha
visitado, ven.
--¡Que mi padre, mi buen anciano padre se muere! esclamó todo asustado y
trémulo el buen Abraham.
Se echó sobre los hombros su capellar, y sin toca para no detenerse,
siguió á la carrera al esclavo negro.
Cuando llegó á la casa del padre de Leila, le encontró delirando.
El viejo no le conoció.
Algunos médicos estaban alrededor de su lecho.
--Esta es una lámpara que se apaga, dijo llorando Abraham, pero yo no sé
que aceite pueda reanimarla.
--Ni yo.
--Ni yo.
--Ni yo, dijeron los otros médicos.
Revolviéronse los autores mas graves que tenia entre sus buenos libros
el difunto, y en ninguno se encontró ni la mas leve noticia, ni la mas
leve indicacion de la enfermedad misteriosa que mataba al viejo.
Y su vida se acababa, se acababa.
Y los médicos profundamente contrariados porque se veian en aquel
momento ignorantes, miraban con cólera los progresos del mal, que se les
reia en sus barbas acabando de una manera rápida, segura y cada vez
creciente, con el enfermo.
Al fin, el viejo dió una gran voz pronunciando el nombre de su hija en
acento amenazador como si la hubiera emplazado ante la justicia del
Altísimo, y espiró.
En aquellos momentos, el diablo, que estaba delante de Leila-Fatimah,
bajo la figura de Abraham, dijo á la infame virgen parricida:
--He cumplido tu voluntad, tu padre no te venderá al califa de Damasco,
porque tu padre ha muerto.
Y la maldita parricida se levantó de sobre su diván, y esclamó:
--Al fin soy libre como las aves de la selva, y el aire del firmamento,
y la luz del sol, soy sábia, y buscaré á mi amado y me uniré á él.
* * * * *
Al mismo tiempo, los médicos uno tras otro contrariados y cabizbajos,
salieron de la casa.
Solo se quedó en ella Abraham, pálido, consternado y lloroso, velando
los restos de su maestro.