Lit de J.J. Martinez, Madrid. Letre dibº y litº]

--¿Y cómo abriremos ese lecho? no tenemos mas hierro que tu puñal.

--Aquí hay una ancha sepultura, dijo Jamné señalando á la sima.

--¡Ah! es verdad. El diablo nos esperaba, dijo sonriendo de una manera

horrible Zelpha, y ha abierto la sepultura de nuestro padre.

--Ayúdame á arrojarle en ella, hermana.

--¿Y no temes que algun dia nos llame á esta sepultura la voz de nuestro

padre? dijo Zelpha:

--Dios es Satanás, dijo impíamente Jamné, ¿te acuerdas, hermano lagarto?

--Vaya si me acuerdo, y me acuerdo tambien de que al escuchar aquella

blasfemia me estremecí: los hombres son impíos, porque son soberbios, y

una poca de ciencia les hace revelarse contra Dios: los dos hermanos

malditos eran sábios, conocian la ciencia del mal, y como el dios del

mal era quien les inspiraba, creian que no habia mas Dios que Satanás:

Satanás, á quien el asesinato, el parricidio y la impureza son

agradables. ¡Vaya si me acuerdo! Luego, los dos hermanos asieron el

cadáver de su padre, el uno por los pies, y el otro por la cabeza, le

mecieron un momento y le arrojaron en medio de la sima.

--Y luego, añadió la culebra, los dos miserables se acercaron al asno:

¿te acuerdas de lo que sucedió?

--Sucedió que el asno al acercarse el parricida, se volvió y le dió una

coz en la frente y no le hizo daño, pero marcó sobre su frente maldita

una mancha roja é indeleble.

--Así fué, así fué, hermano lagarto. Luego Jamné castigó al asno, montó

en él á su hermana Zelpha, tiró del jumento y desaparecieron entre los

árboles.

--Yo me quedé horrorizado, dijo el lagarto.

--Y yo tambien, añadió la culebra.

--Y yo, dijo la golondrina, que escuchaba todo esto, sentia que las

plumas se me arrancaban de la carne, amigo ruiseñor.

--Los hombres son infames y réprobos, añadió el ruiseñor; se gozan en el

mal: yo no los puedo ver.

--Ni yo: el año pasado me destruyeron mi nido.

--Y á mi hace pocos dias me mataron mi compañera, por eso canto tan

tristemente.

--¡Pobre ruiseñor!

--¿Y no dijeron mas el lagarto y la culebra?

--Sí, sí dijeron: y yo los escuchaba, porque aunque tenia mucho miedo,

tenia mas curiosidad.

--Hembra al fin, dijo el ruiseñor.

--Pues como decia, continuó la golondrina desentendiéndose en la

observacion del ruiseñor, el lagarto y la culebra siguieron hablando, y

yo escuchándolos.

--Tú y yo, dijo la culebra, cuando desaparecieron los dos infames, nos

despedimos escandalizados y llenos de horror por lo que habiamos visto,

tú te metiste en tu grieta y yo me bajé abajo á lo profundo, donde tú no

has querido nunca bajar.

--Está aquello muy lóbrego y muy oscuro; y aunque tú me has dicho que en

pasando de lo oscuro hay maravillas, he tenido miedo: en una ocasion

quise bajar, y al llegar á cierto punto me volví asustado: se oia un

ruido atronador, sordo, espantable.

--Es el alma de Abraham, el padre de Jamné y de Zelpha, que se revuelve

rugiente y maldice de contínuo á sus hijos y á las generaciones de sus

hijos.

--Y tiene razon, dijo el lagarto.

--Pero él se tuvo la culpa de lo que le sucedió: bien claro se lo

dijeron los astrólogos.

--¿Y qué le dijeron los astrólogos? preguntó el lagarto.

--Oye la historia de Abraham.

El lagarto se acomodó en la yerba para oir mejor, y yo apliqué mi oido

con cuanta atencion pude; mi curiosidad crecia.

--Hace veinte años, un médico judío que ya pasaba de los treinta, entró

montado en un asno por una de las puertas de Damasco.

Aquel médico era Abraham.

Conocia las virtudes de las yerbas, y sabia hacer filtros; pero nunca

habia hecho venenos ni invocado á Satanás: era demasiado caritativo para

que pudiese hacer lo uno, y harto temeroso de Dios para que pudiese

hacer lo otro. Siendo muy niño habia perdido á sus padres, y entrado á

servir para que lo sustentase á un famoso médico árabe. Le acompañaba á

las montañas y á los valles á buscar yerbas salutíferas, y luego á ver á

los enfermos: en doce años que estuvo al lado del médico se hizo tan

sábio como él, y conoció todas las yerbas que él conocia, y aprendió á

curar todas las enfermedades que él curaba. Con el ejemplo del sábio

árabe, que era muy religioso, se hizo creyente, temeroso de Dios, y

caritativo y buen hombre.

El médico árabe le queria como á un hijo.

Y sin embargo, el mismo dia en que Abraham cumplia sus treinta años, y

siendo ya muy viejo el médico árabe, éste le dijo:

--Ya eres hombre crecido, sabes todo lo que yo sé y no es bien que

continúes en la servidumbre: te compraré un asno, una bolsa y yerbas

medicinales, y te irás por el mundo á probar fortuna.

--Pero yo no quiero separarme de tí, que eres mi padre, dijo Abraham:

quédante pocos años de vida y quiero estar á tu lado para cerrarte los

ojos.

--Tú no puedes permanecer en mi casa, dijo el médico, porque si

permaneces vendrá sobre tí y sobre mí una gran desgracia.

--¿Pero qué desgracia puede sucedernos, siendo como lo somos, piadosos y

guardadores de los preceptos de Dios?

--No puedes permanecer en mi casa, dijo el anciano.

--Si tú me arrojares de ella, me iré, pero permaneceré en la ciudad

esperando que pase tu enojo y que me llames á tí.

--Yo no estoy enojado contigo, pero te aconsejo y te mando que salgas de

mi casa. Dios lo quiere.

--¿Y no me dirás el secreto de tu resolucion?

--No debo decírtelo. Vé, hijo mio, vé, que donde quiera que fueses, irá

contigo mi bendicion.

Era tal y tan firme la resolucion del anciano médico, que Abraham se vió

obligado á obedecer: tomó la bolsa y algunas ropas que le dió el viejo,

montó en el asno y se alejó llorando y desolado; pero no salió de

Alejandría, en cuya ciudad moraban, sino que se fué á vivir á un barrio

fuera de los muros, y se dió á conocer como médico, y empezó á curar y

adquirir fama, hasta el punto de que se hizo en muy pocos dias el médico

mas famoso de la ciudad.

--¿Quién te ha contado esa historia, hermana culebra? dijo con acento de

incredulidad el lagarto.

--Me la ha contado el alma del mismo Abraham, hermano lagarto, dijo

ofendida la culebra; y si tú no hubieses sido cobarde y hubieras bajado

al último suelo de la sima, al palacio encantado y maravilloso donde

pena Abraham por desobediente á Dios, el alma de Abraham te hubiera

contado tambien esta historia.

--No te ofendas, amiga culebra, dijo el lagarto; pero es tan maravilloso

lo que me cuentas...

--Pues aun quedan mas maravillas.

--¿Y dime, por qué amando de tal modo á Abraham el viejo médico árabe le

echó de su casa?

--Por que el viejo tenia una hija hermosísima.

--¡Ah! ¿y se habia enamorado de ella Abraham?

--No, porque Abraham no la conocia. El médico tenia escondida á su hija

como un tesoro.

Porque Abraham era avaro y fundaba en su hija grandes esperanzas.

Leila-Fatimah[92] era una doncella de diez y seis años.

Parecia que Dios se habia complacido en ella.

Si algun hombre la hubiera visto hubiera desfallecido de amor como á la

vista de una hurí.

Su frente era un arca de pureza, sus ojos dos lumbreras de amor, sus

cabellos redes de almas, y su cuello, y su seno, y su talle, atractivo

de corazones.

Al verla en sus primeros años tan hermosa, el avaro médico dijo:

--Mi esposa me ha dado una perla: pues bien, embellezcamos esta perla;

rodeémosla de atractivos, pulámosla y hagámosla tan hermosa que sea

inapreciable.

Y la enseñó todo lo que sabia, que no era poco, y quiso que aprendiese

lo que él no sabia, que era mucho.

Buscó á una maga y la pagó espléndidamente para que enseñase á

Leila-Fatimah la ciencia de los astros y de lo infinito; pero del

infinito que viene de Dios, no de lo infinito del mal, que viene del

diablo.

Pero la maga era mala, y sin que lo supiese el viejo médico enseño á

Leila-Fatimah la ciencia de lo oculto, y la hechicería y la cábala.

Y la ciencia hacia cada vez mas hermosa á Leila-Fatimah, dando á su

mirada un brillo sobrenatural, á su frente una magestad irresistible, á

su sonrisa un poder del infierno.

Y el anciano médico, cada vez que veia crecer á su hija en ciencia y en

hermosura, se frotaba alegremente las manos y esclamaba:

--Cuando tú hayas llegado á la fuerza de tu juventud y á la cumbre de la

ciencia, yo te llevaré á Damasco y te presentaré al califa. Y el califa

se enamorará de tí, porque no podrá menos de enamorarse, y tú serás

sultana, y yo seré wazir del califa, y tendré alcázares y tesoros, y

esclavos, y recojeré al fin el fruto digno de mis vigilias durante

tantos años.

Y cuando el codicioso médico vió que su hija era sábia, aunque era

todavía niña, quiso que tuviese todo lo que hace amable á una muger, y

buscó bayaderas y las llevó á su casa, y las bayaderas, espléndidamente

pagadas, enseñaron á Leila-Fatimah las danzas lúbricas que ellas

bailaban en las plazas, agitando sus panderetas al son de sus guzlas.

Y al poco tiempo Leila-Fatimah, bailaba como la mejor bayadera, tocaba

la guzla y la tiorba y la guitarra, y repicaba las castañuelas como una

hija de Egipto, y hacia hermosos versos, y cantaba como una alondra.

Y era mas: Leila-Fatimah amaba, porque el diablo la habia enseñado á

amar.

Y era el amor de Leila-Fatimah ardiente y voluptuoso, como inspirado por

el diablo.

Y soñaba con sus amores, sin objeto y se abrasaba en ellos, y como no

veia á nadie, por que su padre la tenia casi emparedada, un dia en que

el delirio de su amor de vírgen era mas intenso, evocó al diablo.

El diablo se la presentó en la figura de Abraham.

Abraham era muy hermoso, y Leila se enamoró de él.

Y fué á arrojarse en sus brazos.

Pero como el diablo era un espíritu, se le huyó.

--¿Por qué huyes de mí, luz de mis ojos, alegría de mi alma, agua fresca

y cristalina de mi sed, dijo llorando Leila-Fatimah.

El diablo, que se habia propuesto representar á Abraham, la dijo:

--Yo no puedo ser tuyo, mientras viva tu padre.

--¿Y por qué?

--Porque entre estas paredes desfallezco, me ahogo; yo no puedo darte mi

amor si no en medio de los jardines, á la luz de la luna, libres tú y yo

como los pájaros que vuelan de una enramada á otra enramada.

--¿Y quién eres tú?

--Yo soy un discípulo de tu padre, médico como él, y como él sábio. Yo

no puedo ser tuyo, porque como tu padre te guarda, me he valido de la

ciencia para meterme en tus habitaciones convertido en un soplo de aire

por las rendijas dé las puertas, y me he dejado el cuerpo fuera.

--Pero yo te veo; veo tus ojos, veo tu boca que me sonrie.

--Sí, sí, eso es verdad; es que mi espíritu toma la apariencia de mi

cuerpo, pero para que te convenzas, llega á mí y áseme si puedes.

Leila-Fatimah se dirijió al diablo, disfrazado con la figura de Abraham,

y aunque el diablo no huyó, solo cojió Leila aire.

--¿Y cómo te llamas? dijo jadeante de deseo la hermosísima doncella.

--Abraham.

--¿Y vives en la casa de mi padre?

--Sí.

--¡Oh! pues yo haré que mi padre abra las puertas de mis habitaciones

para que pueda entrar tu cuerpo.

--Tu padre no consentirá, porque te guarda para el califa de Damasco.

--¡Para el califa, que será un señor muy sério y muy déspota que me

tratará como á una esclava! dijo Leila-Fatimah; no, yo te amo á tí, y

solo seré tuya: mi padre me ama y no me negará el ser tu esposa.

--Tú no serás mi esposa mientras tu padre viva.

--Mi padre me ama.

--Tu padre ama mas al oro, y espera que el califa le pague

esplendidamente tu hermosura.

--¡Oh!¡oh! dijo Leila-Fatimah, en cuyos ojos apareció una espresion

terrible: pues si eso es verdad, mi padre no me venderá al califa. Yo

soy sábia, mas sábia que él, ¡oh! ¡oh! mi padre no me venderá al

califa, y tú serás mio, yo te le juro.

--Ya eres muger y hermosa, y dentro de tres dias, tu padre te meterá en

un palanquin y te llevará á Damasco.

--No me llevará.

--Lo veremos; tu padre se acerca, y yo me voy, quédate en paz.

Y el diablo, se desvaneció como humo.

Leila-Fatimah, se quedó desesperada.

Poco despues, sonaron llaves y cerrojos y puertas, y el severo médico

entró en el retrete donde acurrucada en un diván estaba su hija

llorando.

Al verla el médico, pálida y desolada, se aterró.

--¿Qué te contrista, alegría de mi vida, esperanza de mis canas? dijo el

médico.

--Amo á un hombre, buen padre mio, dijo Leila fijando en él sus hermosos

ojos negros llenos de lágrimas.

El médico, á pesar de sus años, dió un salto.

--¡Que amas!... ¡que amas á un hombre! esclamó temblándole la barba de

miedo y de cólera. ¿Mas cuándo has visto á un hombre?

--Yo amo á tu discípulo Abraham.

--¿Pero dónde has visto tú á mi discípulo? esclamó en el colmo de su

cólera, el médico.

--Yo le amo, y quiero ser su esposa, contestó Leila-Fatimah llorando

como un niño voluntarioso.

--Tú no has nacido para ese perro judío, esclamó completamente fuera de

sí el médico.

--Yo le amo y le quiero, repitió Leila llorando mas fuerte.

--Pero ¿cómo, cuando, donde le has visto?

Leila no quiso decir la verdad á su padre porque amaba á Abraham, y no

queria esponerle á la cólera del viejo.

--Yo soy sábia, padre: un dia mi corazon se abrasaba en un fuego dulce y

desconocido: tenia sed en el alma. Entonces evoqué á un génio y le dije:

--¿Por qué mi sueño es fatigoso; por qué lloro sin causa; por qué mi

corazon se estremece, y mi alma está triste?

--Tú amas, me dijo el génio: has llegado á la edad en que el corazon de

una vírgen se abre como el capullo de una rosa para recibir el rocío de

la mañana.

El médico se desesperó porque no habia contado con la naturaleza, que

habla al alma de las niñas aunque se las guarde en el fondo de un pozo.

Porque el amor nace con ellas, y llega un dia en que habla, y seduce y

enloquece.

Y se arrepintió de haberla hecho sábia.

Pero quiso saber hasta el fin todo el secreto de los vírgenes amores de

su hija.

--¿Y dónde has visto á Abraham? la dijo.

--¡Soy sábia! dijo con énfasis Leila.

--¡Ah! has buscado un hombre y ha venido á tí la imágen del que tenias

mas cerca: pues bien, yo apartaré de tí ese peligro.

--Si le apartas de mí moriremos, padre, dijo con acento solemne Leila.

--¡Que moriremos! esclamó con espanto el médico.

--Sí, porque yo moriré sin su amor, y el remordimiento de haber causado

mi muerte, te matará.

Leila, invirtiendo su pensamiento se habia sentenciado.

Un terror vago llenó de un frio apenador el alma del médico, y huyó

encerrando de nuevo á su hija.

Procuró dominarse, sin embargo, y llamó á Abraham, y sin decirle la

causa de su resolucion, le despidió.

Abraham, pues, que nada sabia, tomó la bolsa que le dió su maestro, el

médico, montó en el asno, y se alejó de la casa.

La alhambra; leyendas árabes · 第 147 / 311 题