Llegó, no la primavera del año, porque en el alcázar encantado todo el
tiempo era una perpétua primavera para Asenéth, y un abrasador estío
para Jamné, sino la primavera de la vida de Asenéth.
Faltaba únicamente un dia para que la doncella maldita cumpliese los
quince años.
Aquella noche, cuando Jamné dormia á los pies del diván de su hija,
Asenéth fijó en él una mirada sombría.
--Mañana, dijo, el diablo, mi esclavo, se pondrá á pescar en el rio, y
si pasa por allí el amado de mi alma, le traerá á mis brazos.
Y si para entonces, tú eres leon, despedazarás á mi amado.
Pero si eres perro, mi amado le despedazará á tí y yo quedaré libre de
mi encanto.
Y Jamné bien ageno de la crueldad de su hija, dormia.
Asenéth se levantó, fué á un ajimez de su retrete, y miró á las
estrellas.
--Hablad para mí, dijo.
Y las estrellas temblaron en su inmensidad y enviaron á Asenéth trémulos
resplandores.
Asenéth, leyó en aquellos resplandores las siguientes palabras:
--«Evoca al génio de la vida.»
--Poderoso génio de la vida, dijo Asenéth asiendo un amuleto obra del
sábio rey Salomon, ven.
Apareció un génio horroroso.
Tenia cuatro pechos, cuatro ojos, cuatro manos y una cabellera de fuego.
En la una mano tenia una llave de oro, y en la otra una llave de plomo.
Su cabeza era de jóven, su pecho y sus brazos de hombre, su vientre
hinchado y sus pies vacilantes.
Andaba en paso lento, pero no cesaba de andar.
Asenéth, siguió tras él, porque el génio no se detenia.
A medida que adelantaba, su paso se hacia mas rápido; marchaba por un
camino rodeado de jardines.
--Poderoso génio, le dijo Asenéth: ¿sabes para que te he llamado?
--Sí. Tú temes a tu padre, tienes poder para trasformarle, para
debilitarle y entregarle al furor de tu amante.
--Y dime: ¿mi amante le matará?
--No, dijo el génio, porque tú padre no ha cumplido aun su destino.
--Y dime, ¿cuál es el destino de mi padre?
--El de llevar al último límite la maldicion de su raza. Tu serás la
ramera de tu padre.
Se estremeció Asenéth.
--¿Y no puedo evitarlo?
--Sí, si tienes valor para ello.
--¿Y qué he de hacer?
--Cuando mañana llegue á tí Ervigio...
--¿Se llama Ervigio, el amado de mi alma?
--Sí, y por tí morirá, ó por tí será rey.
--¡Será rey! dijo con altivez Asenéth, y yo seré reina.
--Tú serás la ramera de tu padre, si Ervigio no muere delante de tí
despedazado por él.
--¿Y si yo eso hiciere?...
--Tú, has nacido destinada en tu pureza á Ervigio, tú le amas desde
antes de nacer; tú por él has enloquecido; consentir en su muerte seria
lo mismo que matar tu alma: Dios aceptaria tu sacrificio, te perdonaria
por él, y perdonaria á tu familia. Tú habrias sido la víctima
espiatoria.
--¡Matando á Ervigio!
--Sacrificándote en él.
--No, dijo con una inmensa valentía Asenéth.
--Tú y los tuyos caereis en el fuego eterno.
--No importa.
--¿Entonces para qué me has llamado?
--Para preguntarte cuantos son los dias de mi padre.
--Mas que los tuyos.
--¡Ah! ¿y cómo podré yo hacer para que los dias de ese maldito terminen
mañana?
--De ningun modo.
--¿Pero puedo dejarle encantado en mi palacio?
--Dios romperá el encanto cuando llegue la hora del castigo.
--¿Pero Ervigio, será mi esposo?
--Será tu amante...
--¿No mas que mi amante?
--Ervigio cuando sea rey te abandonará.
--No le haré rey.
--No puedes, á no ser que le dejes despedazar por tu padre.
--Yo soy sábia, soy hechicera...
--Lo que está escrito, se cumplirá.
--Desaparece de mi vista, génio maldito.
El génio de la vida desapareció con estruendo en las entrañas de la
tierra.
Asenéth se sentó pensativa bajo un árbol de sus jardines.
Brillaba una luna plácida y tranquila.
Y apenas se sentó, oyó cantar un ruiseñor.
Asenéth comprendia el lenguaje de las aves, y oyó que el ruiseñor decia:
--¿Qué haces tú ahí, hermana golondrina, desvelada en un nido ageno?
--Estoy muy cansada y no he podido llegar al alcázar de Toledo; me he
parado en este ciprés, y sin embargo no he podido dormirme.
--¿Te ha sucedido algo que te aflija, hermana?
--Sí; esta mañana con el alba salí de Africa; allí quema ya el sol, y
los manantiales están secos, rugen los leones sedientos y los vencejos
caen sofocados de calor.
Yo habia dejado mi nido en el alcázar de Toledo, y dije á mi esposo:
--Amado mio, yo me voy á España, sígueme.
--Tengo que arreglar aquí unos negocios con nuestro rey, se acerca la
grande partida, pero vete tu sola si el calor te sofoca, ya sabes el
camino, arregla nuestra casa para cuando lleguemos.
Me despedí de él, y llegué á España cuando ya el sol quemaba.
Estaba muy cansada.
Volaba entonces sobre la hermosa tierra del Iliberis.
Mis alas estaban doloridas.
Abatí el vuelo sobre un frondoso bosque y me escondí con delicia en un
sicomoro.
¡Ay hermano ruiseñor! estaba escrito que yo no reposase.
Apenas habia plegado mis alas y esponjado mis plumas, cuando he aquí que
de una negra sima que se veia á poca distancia desde el sicomoro, salió
un culebron enorme.
Yo me aterré y me dí por perdida, y no pude moverme.
Creí morir.
Pero el culebron, no reparó en mí.
Empezó á silvar, y yo entendia sus silvidos.
El culebron decia:
--Hermano lagarto, el de las escamas blancas, verdes y azules, ven.
Ven, hermano lagarto, el de las escamas azules, verdes y blancas.
Y se oyó ruido entre la yerba, y un lagarto enorme se asomó al borde de
la sima y se puso á mirar á la culebra agitando la cola.
--¿Qué sucede, hermana mia? dijo el lagarto.
--¿Te acuerdas? dijo la culebra.
--¿De qué?
--De la tarde de horrores.
--¡Ah! ¿de aquella tarde en que un anciano de barba blanca, que venia
montado en un asno, y acompañado de sus dos hijos, hombre y muger, se
detuvo al pié de la acacia junto á la fuente?
--Sí. ¿Te acuerdas?
--Me acuerdo de que el viejo se apeó, se sentó junto á la fuente, sacó
su hijo provisiones de unas alforjas, comieron él y su padre y su
hermana, y luego el viejo se tendió bajo la acacia y se durmió.
--¡Sí! ¡sí! veo que te acuerdas, y te acordarás tambien de que los dos
hijos del viejo eran muy jóvenes: el tendria veinte años y ella catorce.
El era hermoso y fuerte, y ella delicada y pura como una flor.
--Sí, es verdad, dijo el lagarto; él se llamaba Jamné y ella Zelpha.
--¿Y eran judíos?
--Y malditos.
--¿Te acuerdas?
--El asno que era muy fuerte iba muy cargado y pacia la yerba; pero
paciendo, paciendo, no quitaba ojo del viejo que dormia.
--¿Y no te acuerdas de mas? dijo la culebra.
--¡Vaya! me acuerdo de lo que dijeron los dos malditos, ¿y tú?
--Yo tambien.
--Jamné se acercó á su padre y le examinó atentamente: el viejo no se
movia: entonces Jamné sacó de entre su hopalanda un largo y reluciente
puñal, y acercó su hoja á la entreabierta boca de su padre.
La brillante hoja del puñal no se empañó.
--Nuestro padre no despertará, dijo Jamné á Zelpha.
--¿Y por qué? dijo Zelpha.
--Porque nuestro padre ha comido un dátil que yo traia guardado para él
desde Africa.
Zelpha se encojió de hombros.
--De modo que, dijo, lo que el asno trae sobre sí, es nuestro.
--Nuestro es el tesoro de perlas, diamantes y telas preciosas que trae
sobre sí el asno.
--¿Y dónde iremos á llevar esas riquezas?
--A la córte imperial de los godos, á Toledo. Pero para que no
interrumpan el sueño de nuestro padre, acostémosle en un lecho eterno.
[imagen no disponible: Asieron el cadáver de su padre,..... y le arrojaron
en medio de la sima