Lo que sucedió cuando Zelpha abrió la puerta fué horrible.
Jamné, irritado, hambriento, feróz, enamorado, tomó de su hermana una
venganza completa.
Zelpha fué suya, y no solo fué suya, sino que fué su esclava.
Zelpha no volvió á ver á Wamba.
Habia partido á la guerra y estaba en Africa.
Jamné habia dicho á su hermana.
--Abre la tienda y vende; toma una esclava que te sirva, y tú y yo, ya
que por tu crueldad y tu infamia me veo reducido á esta forma, que solo
tú podias quitarme, y que ya no puedes porque has perdido tu poder,
comamos y vivamos lo mejor posible. El daño que me has hecho se vuelve
contra tí; te ves reducida á ser la amante de un leon, cuando podias
haberlo sido de un hombre. Abre la tienda y toma la esclava, pero no
pienses en mas, porque yo estaré siempre junto á tí y en cuanto
intentares huir te despedazaré.
Zelpha hizo lo que Jamné la mandaba, porque tenia miedo.
Habia probado su poder mágico, y su antiguo poder no habia respondido.
Desde el momento en que habia perdido su pureza entre los brazos de
Wamba habia perdido su poder, y habia quedado reducida á la condicion de
una muger vulgar.
Jamné en cambio, habia recobrado todo su poder mágico menos para volver
á su antigua forma.
En el tiempo preciso, desde que Zelpha habia caido de nuevo en poder de
su hermano, dió á luz una hija.
Aquella hija, tenia los cabellos y los ojos del color de los del leon, y
la piel dorada.
Pero era un prodigio de hermosura.
Zelpha, murió al darla á luz.
Jamné evocó á una hada maldita para que la criase, y la hada se presentó
y amamantó á la niña.
Jamné la puso por nombre Asenéth, y quiso obtener por mí lo que no podia
obtener por sí mismo.
Y repitiendo sus conjuros, me evocó.
--Génio, me dijo, cuando me presenté á él; un palacio encantado para
guardar á mi hija, y criarla para mí.
Apenas habia dicho estas palabras, cuando se encontraron en un palacio
magnífico.
Pero todo en él era rojo; el oro, las piedras preciosas, las columnas de
pórfido, hasta las aguas que corrian de las fuentes.
Aquel palacio, era invisible para los que no conociesen su encanto, y
estaba guardado por un lago de sangre.
Solo un hombre podia entrar en él, el hombre para quien habia nacido
destinada Asenéth.
Hadas condenadas la sirvieron como esclavas, y mecieron su cuna durante
su infancia. Génios invisibles y malditos, llenaban para ella los aires
en armonía, y de encantos los sueños.
Para ella, el alcázar encantado no era rojo.
Tenia por do quiera, frescos y brillantes apartamentos en que corrian
sobre fuentes cristalinas, aguas olorosas, hasta cuyas cúpulas subia el
fragante humo de los perfumes; aquellos apartamentos, salian á
deliciosos jardines donde habia cuantos árboles, cuantas flores, cuantas
plantas crió Dios, para arrojarlas sobre el mundo, cada cual en su lugar
y su estacion. Curvos y trasparentes lagos, relumbraban acá y allá en
medio de los jardines, bajo un sol siempre eterno, siempre brillante,
siempre de rayos tibios, en un firmamento siempre azul, por el cual solo
pasaban nubecillas rosadas, nunca la densa y negra niebla de la
tormenta.
Ella, que era espíritu de tinieblas, solo conocia al dia.
Ella, que era el producto y el castigo á un tiempo de un horrible
pecado, no conocia los pesares.
La felicidad moraba en su alma, y amaba desde los primeros años, con
toda su alma, con toda su voluntad á un ser que veia niño como ella,
cuando era niño, mancebo cuando fué muger, á quien veia, digo, por todas
partes, en las nubecillas rosadas del cielo, en el fondo de los lagos,
entre las flores de los jardines, á la sombra de las enramadas, en los
ángulos de sus retretes, entre el humo blanco y aromático de los
pebeteros, y sobre los surtidores de las fuentes.
Asenéth oia su voz que le decia; yo te amo, en el murmurio de las aguas,
en el vuelo de las brisas, en los cantares lejanos y perdidos que las
hadas malditas entonaban para adormirla.
Y cuando se dormia, le veia en sus sueños; pero en sus sueños, como en
su vigilia, jamás tocaba á aquel mancebo, ni se obstinaba por llegar á
él: bastábale con ver su hermosura, con amarle, con sentirse amada de
él. Asenéth, que habia heredado toda la ciencia que su madre habia
perdido, que era por lo tanto mas sábia que su padre Jamné, sabia que al
cumplir los quince años se decidiria su destino, que perteneceria á su
padre si vencia al hombre de su amor cuando entrase en el palacio
encantado, ó que perteneceria al hombre de su amor, si este le vencia.
Jamné, menos sábio que su hija, no conocia sus pensamientos.
La acompañaba continuamente como un perro, y se echaba á sus pies, y
aunque la desesperacion y la terrible fiebre de que adolecia la fiera,
en la cual se habia trasformado su hermana, le aquejasen, no rugia por
no despertar ó incomodar á su hija con sus rugidos.
Para Jamné, el palacio encantado no era ni claro, ni fresco, ni oloroso.
Por el contrario, era horriblemente rojo, lleno de un aire cálido que
abrasaba su pecho, y respiraba por todas partes el nauseabundo olor de
sangre fresca que irritaba sus ardientes fauces.