Y ahora, dijo Satanás dirijiéndose á Almedí, quiero que sepas quien era
la muger que habia atraido así con sus encantamientos al ambicioso
Ervigio.
Era una doncella que aun no habia cumplido los quince años, hermosa á
maravilla, pero con una hermosura terrible.
El color de su tez era dorado, sus cabellos dorados tambien, sus ojos
leonados con las pupilas negras, flexible el cuerpo como el de una
pantera, y esbelta, gentil, y voluptuosa á maravilla.
Era una muger como no habia dos sobre la tierra.
Parecia una mezcla de fiera y de criatura humana.
Y á pesar del color de su piel, de sus cabellos y de sus ojos, era tal
la brillantez, la suavidad y la trasparencia de su piel, tan sedosos,
tan ricos, tan rizados sus cabellos, tan grandes, poderosos y lucientes
sus ojos, tan preciadas las joyas que la engalanaban, y tan ricas y tan
bellas tas túnicas que vestia, que no hubiera habido un hombre que la
hubiese visto que no hubiera desfallecido de amor.
Era judía, y se llamaba Asenéth.
Su madre se habia llamado Zelpha, y habia sido una jóven hermosísima.
Pero con una hermosura semejante á la de las demás mugeres, y
enteramente distinta de la de su hija.
Zelpha habia tenido un hermano judío tambien, y que se habia llamado
Jamné.
Jamné habia sido mercader de sedas, y de púrpura y de paños preciados.
Habia sido un miserable, vendido á mí, y cuando hubo cometido cuantos
crímenes son imaginables, el robo, la calumnia, la usura, la hechicería,
y el envenenamiento, quiso cometer el último y mas horrible de los
crímenes: el incesto.
Zelpha, la hermosísima Zelpha, era sin embargo sábia: su madre, famosa
hechicera, la habia enseñado la astrología judiciaria, y el arte de los
ensalmos y de los encantamientos, y á confeccionar filtros y hechizos, y
á evocar los muertos, y á hacer comparecer los vivos, y á leer en sus
pensamientos.
Zelpha, que era mas sábia que su hermano, adivinó sus intentos, y antes
de que éste la hechizara para reducida á su voluntad, determinó
hechizarle á él.
Para ello, una noche se arrancó tres de sus hermosos cabellos negros,
los ató cabalísticamente, los quemó á la luz de su lámpara y me llamó.
Era una doncella hermosa y de quien yo esperaba mucho, y me presenté á
ella en la forma de un hermoso mancebo.
--Sé, me dijo, que mi hermano quiere hacerme suya. Yo le aborrezco.
Verme entre sus brazos sería para mí un tormento horrible.
--¿Y por qué aborreces á tu hermano?
--Es miserable y receloso, dijo; me tiene vestida de lana parda, me da
de comer pan de avena y me tiene encerrada donde ni aun la luz del sol
veo.
--¿Y qué quieres?
--Quiero... lo que no alcanza á hacer la ciencia que me enseñó mi madre.
Yo quisiera castigar á mi hermano por la tiranía con que me trata, y por
la impureza que por mí siente: es una bestia feróz.
--¿Y te vales de mí? la dije.
--Sí, me contestó.
--¿Y qué me darás en cambio?
--Estoy enamorada de un hombre.
--¿Y qué hombre es ese?
--El duque godo, Wamba.
--Valiente hombre.
--Y hermoso.
--Y temeroso de Dios. No sé si podrán vencerlo tus malas artes.
--Wamba sueña conmigo.
--¡Ah!
--Sí; un dia que estaba yo muy triste porque se habia despertado en mi
alma el primer deseo del amor, evoqué la imágen de un hombre, que fuese
hermoso, noble, rico, valiente y que no hubiese amado á ninguna muger.
Cuando yo le evoqué era la alta noche, y mi aposento estaba envuelto en
tinieblas: entre mi lecho y la pared apareció un hombre como de unos
treinta años.
Era rubío, blanco, y sus ojos azules eran tan hermosos, que me abrasaban
de amor.
--¿Quién es ese hombre? ¿cómo se llama? pregunté al espíritu.
Entonces sobre su cabeza, en la pared oscura, apareció en letras de
fuego este nombre: WAMBA.
--¿De qué pueblo es y qué religion profesa? añadí.
--Es lusitano; de la ciudad de Igeditania, descendiente de los
visigodos, y cristiano: magnate de la córte de sus reyes, es un capitan
bravo é invencible, y tanto ama la guerra, que no ha sentido amor por
muger alguna.
--Que mi imagen vaya al sueño de ese hombre, y que me ame, dige al
espíritu.
Entonces ví que los ojos de Wamba me miraban con amor y con deseo; que
se fijaban en mi boca y en mi seno desnudo, y que sus megillas
palidecian.
Wamba me habia visto en sueños, y obedeciendo á mis conjuros, me amaba:
ahora bien; yo no puedo romper mis prisiones, ayúdame tú, Satanás.
Convierte á mi hermano en una bestia feróz obediente á mi voluntad.
Entonces yo trasformé en leon á Jamné y le traje humilde y manso á los
pies de Zelpha.
--Has hecho mi voluntad, dijo ella, y te lo agradezco.
--Pues si no me das lo que te pido, volveré á tu hermano á su antigua
forma y te entregaré á él.
--¿Y qué quieres?
--Quiero la descendencia que tuvieres de Wamba.
Zelpha, mala hija y mala hermana, era tambien antes de serlo mala madre.
Maltrató á Jamné, que habia encontrado en sus mismos crímenes el
castigo, abrió sus arcas y sus armarios, se apoderó de sus riquezas, se
vistió como una sultana, y al dia siguiente abrió la tienda, y se puso á
vender telas, joyas y perfumes, teniendo á sus pies al leon rojo en que
yo habia trasformado á su hermano.
Y no sabes tú con cuanta rábia veia Jamné, en cuyo cuerpo de leon vivia
su alma de hombre, á su hermana engalanada, hermosísima, magnífica,
prodigando sus sonrisas á los compradores, y escuchando sus palabras de
amor.
La tienda de la hermosa judía, que tenia á sus pies encadenado y manso á
un formidable leon de Africa, llegó á ser la mas concurrida de Toledo:
frecuentábanla los caballeros mas principales, y todos enamoraban á
Zelpha, y ella los escuchaba á todos, pero solo se bajaban sus ojos y se
estremecia su corazon ante un hombre.
Aquel hombre era Wamba.
Con asombro de todos los que conocian la severidad del noble godo, y su
desprecio á las mugeres, le vieron concurrir á la tienda de la hermosa
israelita y palidecer de celos cuando veia á esta hablando ó sonriendo
con otro señor.
Zelpha queria irritar la pasion de Wamba, y se veia reducida á esperarlo
todo de su amor, porque el amor que sentia por Wamba la dominaba
haciendo inútil su ciencia de hechicera.
Wamba pasaba todos los dias por la tienda de Zelpha y entraba en ella
con frecuencia la compraba telas, joyas y perfumes, la miraba mucho de
una manera ardiente é involuntaria, pero no la decia una sola palabra de
amor.
Un dia por la mañana, cuando Zelpha abria su tienda, y amarraba por la
parte de adentro á su hermano, trasformado en leon, un esclavo negro se
sentó á la parte de afuera de la tienda y se puso á mirar de hito en
hito á la jóven.
--¿Qué quieres? le dijo esta con altivez.
--Si no te enojaras, lumbre de Dios, dijo el esclavo, yo te daria un
mensage que traigo para tí.
--¿Tal es, que pueda ofenderme?
--Es un mensage de amor.
--¿Quién te envia?
--Un señor muy noble y muy rico.
--¿Cómo se llama?
--Wamba.
--¡Ah! dijo Zelpha.
--¿Qué diré á mi señor? preguntó el esclavo.
--Díle que esta tarde pasearé á la puesta del sol por las huertas del
rey.
--¿Y nada mas?
--Nada mas.
El esclavo partió.
Zelpha cerró la tienda, porque necesitaba ataviarse deslumbrantemente
para parecer mas hermosa á su adorado Wamba.
Entrelazó sus cabellos de diamantes y de perlas de los que habia
amontonado su hermano, se vistió con las mejores túnicas de lino de seda
y de brocado, que tenia para venderlas á precios exhorbitantes en la
tienda, en todo lo cual invirtió mucho tiempo, comió de una manera
suculenta á pesar de su impaciencia para que el ayuno no la robase sus
bellos colores, y allá á la tarde, dejando encerrado y hambriento á su
hermano, que rugia de hambre y de rabia, se envolvió en un largo velo
que la cubria de pies á cabeza, y en paso lento se encaminó á las
huertas del rey y se puso á vagar por entre las alamedas á las orillas
del rio.
Vió bajar con impaciencia el sol al occidente y ponerse al fin.
Si Zelpha hubiese conservado para con Wamba su poder de hechicera, le
hubiera evocado.
Pero Zelpha amaba, y el amor domina y no permite otra hechicería.
A punto que el sol se ocultaba, apareció por una avenida de la alameda
un caballero ricamente vestido.
Zelpha le reconoció á pesar de la distancia, su corazon se agitó, y se
sentó para esperar á su amado Wamba en una piedra al lado de la
corriente.
Wamba llegó hasta ella.
--¿Serás tú acaso á quien yo busco?
--¿Y á quién buscais, señor? contestó temblorosa Zelpha.
--Busco á la doncella mas hermosa de Toledo.
--¿Será esa acaso la judía de la calle del Sol?
--¡Oh! ¡ella es á quien amo! Adios.
--¿Por qué te vas, señor?
--Voy á buscar á esa doncella.
--¡Oh! pues no sigas, señor mio, porque esa doncella enamorada está á
tus pies.
Y Zelpha echándose atrás el velo, y descubriendo su resplandeciente
hermosura, aumentada por sus resplandecientes galas, asió las manos de
Wamba que la levantó en sus brazos.
Nadie los veia mas que la blanca luna que acababa de aparecer en el
oriente.