IX.

Habia en el centro de una oscura selva de encinas, sobre una eminencia,

rodeada por un arroyo, una torre triste y solitaria, cubierta de musgo y

enmohecida su puerta de hierro.

Nadie, ni una sola persona se veia ni en el claro de la selva, ni al pie

de la eminencia donde estaba construida la torre, ni en la torre misma.

Esta no tenia ventanas ni respiradero alguno al esterior.

Ninguna senda se veia en el bosque que condugese á la torre.

Era de noche y brillaba la luna.

Una luna rojiza y opaca.

Dominaba en torno de la torre y en el bosque un silencio de muerte.

Pero en medio de este silencio, se oyó de repente como el ruido de dos

espadas que cortaban la maleza.

Poco despues, por un sendero que ellos mismos se habian abierto,

aparecieron dos seres humanos.

El uno alto, esbelto, que andaba con gran magestad.

El otro pequeño, contrahecho, monstruoso, que remedaba en su andar al

lobo traidor cuando se acerca al redil que guardan los mastines.

Eran Ervigio y el jorobado, á quien habia encontrado pescando en la

márgen del rio.

Adelantaron entrambos hasta la torre, y cuando llegaron á su puerta, el

enano dijo á Ervigio:

--Si tú eres aquel á quien ella espera, la puerta de la torre se abrirá

al tocarla tú.

--¿Hay en esto algun arte de Satanás? dijo Ervigio.

--¿Y qué te importa? ¿no quieres ser rey?

La ambicion habló mas alto que el temor de Dios en el corazon de

Ervigio, y tocó con una mano audaz las planchas de hierro de la puerta

de la torre.

Apenas la habia tocado Ervigio, cuando la puerta se abrió con un

silencio pavoroso.

Dentro no se veian mas que tinieblas.

--Si eres tú á quien ella ama, dijo el jorobado, cuando entres dentro,

las tinieblas desaparecerán y oirás maravillas.

Ervigio impulsado siempre por su ambicion, penetró en la torre.

Apenas habia penetrado en el lóbrego dintel, cuando apareció á sus ojos

iluminado por un resplandor rojizo, un ancho lago de sangre, en medio

del cual habia un palacio rojo tambien, y reluciente.

--¡Oh! esto es horrible, dijo Ervigio.

--Para ser rey es necesario atravesar ese lago.

Una barca negra, á la que nadie guiaba, salió por las puertas del

alcázar rojo, que se abrieron, y adelantó hasta tocar á la orilla donde

se encontraban Ervigio y el enano.

Entrambos saltaron dentro.

Apenas habia tocado Ervigio la negra barca con sus plantas, cuando ésta

se hundió entre un remolino del lago, desapareciendo entre sus rojas

ondas.

Y se oyó la voz del enano que rugia en medio del estruendo atronador del

remolino.

--La virgen maldita ha encontrado á su maldito esposo, y su generacion

es mia.

Y aquellas palabras retronaron, se estendieron, vibraron y fueron

repetidas por mil ecos pavorosos.

La alhambra; leyendas árabes · 第 141 / 311 题