VIII.

Una tarde de primavera, Ervigio se paseaba solo por las huertas del

Tajo, á los pies de la altura donde se asienta Toledo.

Iba pensativo, pensando en como haria para arrebatar á Wamba su corona y

ceñirla á su cabeza.

El sol trasponia.

Ervigio se alejaba por la orilla del rio.

De repente tropezó en un objeto, y oyó una voz áspera que se quejaba.

Ervigio habia tropezado con un hombre, que estaba sentado al borde de

una roca sobre el rio, con una caña de pescar en la mano.

Aquel hombre era muy singular, tan pequeño que apenas llegaba á la

cintura de Ervigio, jorobado, patizambo, tuerto y viejo.

Alzóse al ser tropezado en ademán amenazador y puso mano ferozmente á su

puñal y se encogió como el tigre para dar el salto sobre su presa.

Ervigio puso mano á su espada.

Pero al verle el enano, se amansó, envainó su puñal, sonrió

horriblemente, arrojó su caña al rio, y dijo con acento singular entre

burlon y cruel.

--He aquí que el rio no me ha dado ni un solo pececillo, pero la tierra

me ha dado una buena pesca. Yo te esperaba.

--¿Qué me esperabas?

--Sí, ella me habia dicho: el dia en que te sentares en la roca, y

echares tu anzuelo al rio y no sacares del agua peces, desde que el sol

salga hasta que se ponga, aquel dia habrás encontrado al que mi alma

adora.

--¡Ah! dijo Ervigio; ¿esa profecía te la habia hecho conocer una muger?

--Sí, poderoso y afortunado señor, una vírgen hermosa.

--Déjame continuar mi camino, dijo Ervigio, que como estaba poseido de

la ambicion, rechazaba al amor.

Pero el enano no se apartó del sendero.

--El sol se ha puesto y no he sacado del rio ni el mas pequeño

pececillo; tú eres, pues, el mancebo á quien ella ama, yo te esperaba,

has venido y yo te he hallado, rey de los godos.

--¡Rey de los godos! esclamó Ervigio.

--Sí, tú serás rey por el amor de ella. Sígueme.

Y el enano saltó de la roca abajo á la selva, y Ervigio, que habia oido

saludarle como rey por aquel estraño jorobado le siguió.

La alhambra; leyendas árabes · 第 140 / 311 题