Hay allá, en las tierras de occidente, una tierra fértil, de cielo
radiante, cubierta de flores y de verdor.
La guardan sierras que la dan su nieve en claros raudales; la surcan
rios que fertilizan sus praderas, y sobre la vega y sobre sus montes se
ven alquerías blancas y torres bermejas.
Esta tierra, paraiso del mundo, jardin de delicias, huerto de amores,
bendita y riente, guardada por Dios para los mas valientes y fervorosos
de sus escogidos, estaba entonces en poder de unos cristianos, nietos de
unos bárbaros que habian venido á las regiones del mediodia, desde las
regiones donde jamás se derrite el hielo.
Aquellos cristianos eran los visigodos.
Corria el año de seiscientos sententa y cuatro.
Era rey de los visigodos Wamba.
Wamba, á quien habian obligado á ser rey.
Este rey era muy bravo.
En los primeros tiempos de su reinado subleváronse algunos de sus mas
poderosos vasallos; pero Wamba fué sobre ellos, los venció y les puso en
temor y respeto de su nombre.
Entre estos grandes, habia uno que se llamaba Ervigio.
Era mancebo y hermoso á maravilla, y tenia tanta soberbia como
hermosura.
Era pariente del pasado rey Recesvinto, y aunque no se atrevia á
declarar abiertamente sus intentos, alentaba esperanzas de ser rey y se
procuraba en secreto parciales.
Pero luchaba con el temor que imponia la bravura de Wamba, y andaba
desalentado y triste.