Para que nuestros lectores puedan comprender con claridad la leyenda que
otros nos contaron, y que nosotros contamos á nuestra vez, necesitamos
dejar á Jacub, á Zairah y al perro, al borde de la sima donde mas
adelante se construyó la torre de los Siete Suelos, é ir á buscar la
historia de un rey de Africa.
Este rey se llamaba Yaks-Al-Baul.
Este rey no habia nacido de príncipe.
Por el contrario, no se sabia quienes fueron sus padres.
Un dia le encontraron unos cazadores de leones de Tánger, en un antro en
el momento en que le amamantaba una leona al par que á un estraño
cachorro.
La leona fué muerta, y Yaks-Al-Baul y el cachorro llevados como
testimonio de un milagro, al gran faquí de la mezquita mayor de Tánger.
Yaks era un muchacho bermejo como las guedejas de su nodriza, y de
mirada feróz como ella, y muy robusto y crecido.
El cachorro tenia tanto de perro como de leon, y era horrible.
El faquí, que era un grande astrólogo, recibió al niño y al perro; oyó
atentamente la relacion de los cazadores, y cuando se quedó solo se puso
á consultar sus cuadrantes y sus astrolabios.
Comprendió al fin, por lo que sus primeras tentativas astrológicas le
revelaron, que nada sabria si no evocaba al diablo.
Estremecióse el bueno de Almedí, porque era religioso y justo, y no le
gustaba tratar con los espíritus condenados; pero con la intencion de
servir á Dios, se subió á una torrecilla de su casa y conjuró á Satanás.
Apenas habia pronunciado su conjuro, cuando oyó un zumbido sordo y tenáz
y vió un moscardon negro y reluciente que habia entrado por la ventana y
volaba alrededor de su cabeza.
--En el nombre de Dios altísimo y único, dijo Almedí, ¿eres tú el
arcángel rebelde?
--Yo soy, contestó una voz que zumbaba como el vuelo del moscardon.
--¿Y por qué te me presentas en esa forma?
--Porque es la mas á mano que he encontrado.
--Eres mi esclavo.
--Ya lo sé: has pronunciado el conjuro mas terrible de Salomon.
--Toma otra forma, dijo Almedí.
--Esa es una tiranía inútil que le puede costar cara, contestó el
maldito.
--Toma otra forma, repitió con doble imperio Almedí.
--Sea, pues que tú lo quieres.
Y no solo tomó otra forma el diablo, sino que la tomó tambien el
interior de la torrecilla donde estaba Almedí.
Este vió, primero, una dama hermosa sobre toda ponderacion, engalanada
sobre todo encarecimiento, que fijaba en él una mirada enamorada, dulce
capaz de volver locos á cien faquíes ascéticos: la habitacion se habia
trasformado en un retrete dorado, matizado, resplandeciente, adornado
con divanes, con lámparas, con alfombras, como no habia visto ningun
Almedí.
El bueno del faquí, en cuanto vió aquella hermosísima niña con sus
sedosos cabellos negros sueltos en largos y anchos rizos sobre los
desnudos hombros; la rica y doble gargantilla de perlas que rodeaba su
cuello de blancura deslumbradora y descansaba sobre un seno medio
descubierto; los encantos irresistibles que se veian á través de la
magnífica y descuidada túnica, se olvidó de los dos engendros que le
habian llevado los cazadores de leones y del deseo de saber su historia.
Y sin embargo, la hermosísima jóven tenia en los brazos al pequeño
hombre-fiera de cabellos y ojos de leon, y á sus pies, echado en el
diván de seda y oro, al estraño animal, monstruosa mezcla de la
deformidad del leon y del perro.
Y aquella niña, ó por mejor decir, el diablo, acariciaba á los dos
pequeñuelos, y al recibir sus caricias, el niño lloraba y el perro
ahullaba.
--¡Eh! ¿qué tal te parezco? dijo el diablo con una voz tan cavernosa,
tan estridente, de acento tan cruelmente burlon, que no parecia sino que
lo pronunciaba otra persona detrás de la jóven.
--Vete, dijo el faquí creyendo que el diablo se habia escondido tras de
la hermosa niña que ocupaba el diván.
Al pronunciar Almedí su mandato, hermosa, diván y retrete
desaparecieron, y solo quedaron el niño llorando y el perro ahullando.
Pero Almedí habia perdido su alma.
Se habia enamorado frenéticamente de Satanás, ó lo que era lo mismo,
aunque él no lo sabia, de la hermosa doncella.
Y la llamó á voces, descompuesto el semblante, temblándole la larga
barba.
Una carcajada mugeril, pero dulce, incitante, tentadora, le contestó.
Almedí corrió al ángulo de la torrecilla donde habia resonado aquella
carcajada con los brazos estendidos creyendo que el diablo habia hecho
invisible á la hermosa dama.
Pero al llegar á aquel ángulo donde nada encontró, en el ángulo opuesto
resonó otra carcajada mas dulce, mas sonora, mas incitante.
El diablo jugaba con Almedí al esconder, y entretanto el pequeño
hombre-fiera y el aborto de perro y leon acrecian en su llanto y sus
engruñados.
Tenian hambre.
Despues de algun tiempo de inútil lucha, el faquí se sentó en medio de
la habitacion agotadas sus fuerzas.
Inclinó la cabeza sobre sus rodillas, cerró los ojos y alimentó el
recuerdo de aquella hermosísima vision que habia desaparecido.
Y recordando, vino á recordar que aquella vision se le habia presentado
á causa de su conjuro al diablo.
Y como ardia en deseos de volver á ver á aquella seductora doncella,
volvió á conjurar á Satanás.
Entonces un sapo negro y verde, como si hubiera caido del techo, cayó
sobre la halda de la túnica de lana blanca del faquí y se puso á mirarle
frente á frente.
--¿Eres tú, Satanás? dijo Almedí.
--Yo soy, dijo una voz atronadora que no se podia concebir saliese del
cuerpo del sapo.
--¿Por qué has tomado esa figura? dijo Almedí.
--¿Qué, no soy yo dueño de tomar la figura que mas me agrade? ¿No dices
tú en tus sermones en la grande aljamia: Buenos creyentes, temerosos de
Dios; cuando entre en vuestra casa un moscon negro y reluciente,
zumbando, zumbando, orad á Dios á fin de ahuyentarle, porque ese moscon
es el diablo que viene á susurrar en vuestros oidos palabras de
perdicion: cuando veais junto á una fuente un sapo negro y verde, aunque
os aqueje la sed no bebais, porque aquel sapo será el diablo que habrá
escupido en el agua, y si bebeis os hará suyo? ¿Por qué te quejas, pues,
de que yo tome las dos figuras que tú me has supuesto?
--Hazme ver á la doncella blanca de los ojos negros, dijo Almedí, que á
duras penas habia tenido paciencia para escuchar la réplica del diablo.
--No quiero, dijo éste; eres un viejo ridículo: ¿qué se ha hecho de tu
santidad? Eva la ha desvanecido como el sol desvanece la niebla.
--¿Se llama Eva la doncella hermosa?
--Eva es la muger, ó por mejor decir, el conjunto de tentaciones de
todas las mugeres.
--Pues bien, que aparezca Eva.
--Quiero ser generoso contigo; renuncio á tu posesion; no quieras ver á
Eva, pues que si la vés eres mio.
--¿Pues no era Eva la que he visto?
--Era Eva, despues de haber hablado conmigo, la Eva del pecado y de la
impureza; la que perseguia á Adan por los bosques del paraiso perdido,
poniéndose entre él y Dios.
--Mientes; en tiempo de Eva, no se habia descubierto el oro, ni las
perlas, ni existia Cachemira, ni Kufa, ni Damasco.
--Pero existen hoy, y yo he vestido á Eva como he querido. Estos sábios
son insufribles: ¿si sabré yo lo que me hago?
--No, no lo sabes, porque te estoy pidiendo que me presentes ante los
ojos á Eva, y resistes.
--Porque tengo lástima de tí, pobre tonto.
--Me obligarás á que pronuncie de nuevo el conjuro.
--No, no lo hagas, porque el sonido de ese conjuro me hace padecer
horriblemente; pero ya que me obligas, voy á vengarme de tí: mira.
Sintió Almedí un sonido semejante al de una tienda de tela sútil y
crugiente que se desplegase sobre su cabeza.
Y en efecto, una tienda se habia desplegado.
Tienda tegida de hilos sútiles y resplandecientes de mil colores como
los rayos del sol que pasan por la lluvia: compartidos estos colores en
labores caladas, en sútiles mallas que dejaban ver una luz
resplandeciente, pero de una manera dulcísima, grata sobre todos los
alhagos á los sentidos. Sostenian la tienda columnas en que no se veian
mas que los resplandores de las piedras preciosas de que estaban
cuajadas, y que giraban incesantemente, pareciendo un raudal purísimo
que subia del pavimento.
Y aquel pavimento era un relumbrante alicatado (mosáico) de diamantes,
de rubíes, de carbunclos, de esmeraldas, de topacios, de amatistas, de
perlas negras y de perlas blancas, de cuantas preciosidades encerró Dios
en las entrañas de la tierra y en las profundidades de los mares.
Y en medio del pavimento habia una fuente labrada de un solo diamante, y
de la fuente surgía un agua clarísima y tan olorosa, tan rica de
ambrosía como los manantiales del paraiso donde apagará su sed el justo
toda una eternidad con sola una vez que beba una sola gota.
Y mas allá de la fuente, tendida en un lecho cándido y resplandeciente
como la luna, habia una muger, mas hermosa que todas las hermosuras de
la tierra, mas resplandeciente que la tienda en que se encontraba, y
casta y pura como el pensamiento de un niño que murmura las primeras
palabras con que su madre procura encaminar su espíritu á Dios.
Y tenia los cabellos, las cejas y las pestañas tan negros, que junto á
ellos hubieran parecido blancas las alas de un cuervo de Egipto.
Y eran sus megillas como los arreboles del sol de la mañana.
Y era su carne tan blanca, que junto á ella hubiera parecido negra la
nieve de las cumbres donde no se posa planta humana.
Y una túnica riquísima pero trasparente aumentaba los hechizos de
aquella imágen de la muger que Dios crió para que fuese como la sultana
de las huríes, para hacer feliz á Adan en el paraiso.
Era la imágen de Eva antes del pecado.
Almedí cayó de rostro sobre el pavimento con el alma abrasada en un
fuego impuro, y adoró á Satanás en la imágen de Eva.
El niño-fiera, y el cachorro de perro y de leon, el uno entre los brazos
y el otro á los pies de la Eva maldita, lloraban, gritaban, ahullaban,
rugian con mas fuerza que nunca.
--Levántate, dijo la ronca y temerosa voz del diablo. Eres ya mio; pero
quiero concederte un medio de volver á tu libertad. Voy á decirte en una
historia, en la historia de esos dos hermanos, á dónde pueden llevar á
una criatura el olvido de Dios por la muger, y por los impuros placeres
de un amor idólatra.
--Dame á Eva, replicó Almedí.
--Te la daré, si me la pides despues de haber escuchado la historia de
esos dos hermanos, y señaló al niño y al perro.
--Dame á Eva.
--Escucha.
Y dominado por un poder oculto y misterioso, Almedí con los ojos fijos
en la imágen de Eva, sentado sobre sus rodillas, inmóvil, pálido,
atento, escuchó.
Y el diablo le contó una historia.
Y la historia era esta.