El hombre nuevamente aparecido, venia completamente armado por un arnés
negro y reluciente.
Bajo su casco sin visera, redondo y liso, sin adorno alguno, se veia un
semblante blanco, hermoso, melancólico, con unos grandes y lucientes
ojos negros.
Pero en el fondo de aquellos ojos habia algo que causaba espanto.
El hombre rojo y el de la armadura negra, se miraron fijamente y en
silencio, durante algunos segundos, pero con un odio infinito.
--Te has valido de tus malas artes, y de la amistad que tienes con el
diablo, Kaibar, por robar del alcázar del rey Al-bahul, á la hermosa
Zairah, dijo el de la armadura negra; pues bien, has trabajado para mí;
porque voy á matarte, y despues nadie me preguntará por Zairah, á quien
amo.
--¿Y dónde has visto tú á Zairah, Jacub? esclamó con voz ronca y
sarcástica Kaibar.
--Me la ha mostrado en sueños el espíritu que me ayuda.
--¿Y cómo sabias tú que existia Zairah?
--Un dia estaba triste, muy triste; dijo Jacub, sentándose sobre una de
las asperezas del borde de la sima con la misma tranquilidad que si no
hubiera tenido delante un enemigo: velaba yo, apoyado en las almenas en
la torre grande de la alcazaba de Cairvan[91]: brillaba como ahora la
luna triste y sombría.
Y mi alma estaba envuelta en tinieblas.
--¡Por qué, dije levantando los ojos al cielo, por qué, grande y
poderoso Allah, conturbas mi espíritu y le sumerges en sombra!
¿No soy yo hijo del poderoso rey Al-Bahul, el de los ojos de diamante y
la barba de oro? ¿No tengo riquezas y esclavos, soldados invencibles, y
corazon valiente que no se estremece ante el peligro? ¿Por qué, pues, mi
corazon arde en un deseo misterioso como si encerrase un volcán?
Apenas habia pronunciado estas palabras, cuando sonó en mi oido una
música regalada, que parecia venir de muy lejos, pero que, sin embargo,
yo oia como si sonase junto á mí.
Aquella música parecia provenir de las cuerdas de oro de una guzla, y
poco despues la acompañó una voz dulce, dulcísima, que resonó en mi
corazon como el arrullo de la tórtola en los oidos de su compañera
enamorada.
¡Oh! esclamé al ver que aquella voz templaba el fuego de mi corazon como
una dulce lluvia de rocio: ya sé lo que deseo; ya sé lo que siento; yo
amo á esa vírgen que canta.
--¿Y qué cantaba la vírgen? dijo con ronca voz el salvage.
--Cantaba un romance muy triste, contestó Jacub.
--¿Y te acuerdas de él? repuso Kaibar.
--Quedó fijo en mi memoria, como el bote de una lanza de Damasco queda
señalado sobre una adarga de Kufa.
--Yo quiero oir ese romance, dijo Kaibar, que cediendo á una especie de
fascinacion estraña desarmó su arco y se sentó frente á Jacub.
Zairah desmayada aun, estaba entre los dos.
El lanudo perro, tomando parte en aquella escena, miraba
alternativamente al uno y al otro.
--Sí, yo quiero oir ese romance, repitió Kaibar.
--Pues óyelo, dijo Jacub.
Y empezó de este modo con voz lenta y cadenciosa.
Libres los vientos--zumbando vagan;
libres navegan--las nubes blancas,
del firmamento--la azul campaña;
libres batiendo--las leves alas
las golondrinas--besan las aguas,
del ancho lago--que riza el aura;
libres las ondas--la curva playa,
amantes orlan--de espumas cándidas;
las mariposas--engalanadas
ora revuelan,--ora se paran,
entre las flores--de mi ventana,
y yo entretanto--me miro esclava,
me cercan muros,--puertas me guardan,
y en mis megillas--el sol vé lágrimas,
cuando aparece--por la mañana,
y aun vé mis ojos--que el llanto empaña
cuando á los mares--cansado baja.
Calló Jacub, y Kaibar que le habia escuchado atentamente, le dijo:
--¿Y qué hiciste despues de oir ese cantar?
--Me pareció que mi alma entera se habia trasladado al lugar desconocido
de donde parecia haber venido aquel canto; conoci que la tristeza que
antes me aquejaba era una tristeza de amor.
--¿Y amaste?
--¡Con toda mi alma!
--¿Y conociste á la virgen de tu amor?
--Sí.
--¿Y era ella? dijo Kaibar señalando con un ademán enérgico á la dama
que aun estaba desmayada.
--Sí, era Zairah, dijo Jacub: con la diferencia de que cuando yo la
conocí era blanca como un rayo de la luna, y cuando me dió su amor,
cuando fué mia, cuando apuré en sus brazos la sed de mi amor, su tornó
negra.
--¡Qué ha sido tuya Zairah! esclamó Kaibar levantándose demudado y
feróz, y empuñando de nuevo su arco.
Jacub se levantó y miró con desprecio al salvage.
--¡Vete! le dijo; eres una bestia feróz, Kaibar.
--O me dejas á Zairah, ó tu vida, esclamó el salvage haciéndose atrás y
armando de nuevo la flecha en el arco.
--¡Vete! repitió Jacub, ¡vete! y no me obligues á matarte.
El salvage palideció de cólera, entezó su arco, y disparó.
Pero la flecha rebotó en el coselete de Jacub, que se lanzó furioso
sobre el salvage y le estrechó entre sus brazos.
Parecia que Kaibar debia ahogar entre los suyos á Jacub: tanto, al
parecer, le aventajaba en fuerzas.
Pero no sucedió así.
Como si la armadura de Jacub hubiese tenido vida, fuerza y voluntad,
aquella negra y reluciente armadura se movia, estrechaba, sofocaba al
salvage.
--¡Oh! tú tambien tienes pacto con Satanás, dijo Kaibar, y Satanás te
protege, esclamó redoblando sus esfuerzos.
Pero en aquel momento, Jacub levantó su brazo armado con su puñal y le
sepultó por tres veces en el pecho del salvage: á la primera puñalada,
los brazos de este dejaron de oprimir á Jacub; á la segunda se doblegó;
á la tercera cayó rebotando en la sima, impulsado vigorosamente por
Jacub.
El perro lanzó un gruñido horrible y se puso á lamer la sangre de Kaibar
que habia quedado entre las piedras.
En aquel momento volvió en sí Zairah.
Ningun vestigio habia quedado del crímen. Kaibar habia desaparecido en
la sima; el perro habia lamido su sangre; Jacub habia arrojado al abismo
su puñal.