La dama habia quedado suspendida entre los espinos sobre el abismo; el
perro llegó al borde, asió con los dientes su túnica y la sacó fuera.
Entretanto llegó un hombre, y dió un puntapié al perro que se hizo
atrás, y enseñó sus dientes amenazadores al hombre aquel, pero no le
acometió.
Aquel hombre tenia un aspecto terrible.
Era su frente de color cobrizo, su cabellera bermeja, casi roja, como si
se la hubiera teñido con sangre, y tan áspera que sus cabellos, mas que
cabellos parecian cerdas: del mismo modo, su barba prolongada, revuelta,
era áspera y roja, y cubria de tal modo su semblante, que apenas se le
veian las narices anchas y romas, y dos ojillos grises, pero móviles,
duros, feroces, de espresion cruel y perversa: de su boca y por cima de
la revuelta barba, se veian salir cruzados cuatro colmillos blancos y
agudos: era de estatura atlética, de miembros fornidos y cobrizos,
estaba desnudo y descalzo, y solo cubria una parte de su cuerpo una
especie de taparrabo negro de una tela de lana tosca: de la cintura de
esta prenda, colgaba un hacha enorme con un astil de hierro muy corto;
llevaba á la espalda un arco de fresno largo y poderoso, atravesadas en
la especie de cinturon de que pendia el hacha, como hasta una docena de
flechas, y se apoyaba en una pica corta y gruesa de roble, en una
especie de chuzo, en cuyo estremo superior se veia enhastado un ancho y
reluciente hierro de dos filos.
Habia cerrado la noche.
Una luna pálida, opaca, lanzaba un resplandor turbio, sombrío, impuro,
casi rojo, en el claro del bosque, en el centro del cual, se abria la
boca de la sima.
Aquella luz fantástica, pavorosa en el centro de un bosque solitario,
sin oirse otro ruido que el del viento que zumbaba desapacible y frio
entre las encinas; aquella dama negra desmayada, aquel hombre singular,
bravío, de aspecto feróz, que la contemplaba con una alegria repugnante,
y aquel perro sentado, con su enorme estatura, sus larguísimas lanas
blancas, y sus ojos amenazadores y relucientes fijos en el hombre, eran
un cuadro estraño tras el cual como que se adivinaba una historia
sombría y terrible.
De repente, y cuando el hombre rojo se inclinaba sobre la hermosa dama
negra, los ecos del bosque repitieron el sonido atronador de una bocina.
A aquel sonido, el hombre rojo se irguió, arrojó á sus pies la pica, se
quitó el arco de la espalda, le templó, armó en él una flecha, y miró
con fiereza al sitio de donde habia provenido el son de la bocina.
Retumbó un segundo toque mas cercano: el salvage entezó el arco, y
esperó aun.
Por tercera vez, y ya á muy poca distancia, se oyó el sonido de la
bocina, y apareció una forma humana entre la primera línea de los
árboles.
Entonces el hombre rojo estendió el arco, le forzó y dejó ir la cuerda,
y una flecha partió silvando, y fué á rebotar como sobre en una roca, en
el bulto que adelantaba, que se precipitó á la carrera por la vertiente,
de la colina, y llegó al fin al lugar donde estaban el hombre rojo, la
dama desmayada y el perro.