Calló el mago, y todos callaron, y un silencio de muerte dominó en la
torre.
--¿Y qué haces tú, infante de Granada Abd-el-Rahhaman, tú que habias
venido á salvar á tu hija la cristiana y á castigar á la parricida, á la
adúltera, á la incestuosa?
--¡A la incestuosa! esclamó Ketirah adelantando pálida como un cadáver.
--Esperad, esperad, dijo el mago; siento á una persona que se acerca;
esa persona es María: Masud, al llamarle Ketirah, se encontraba con
María, y por olvido, al bajar ha dejado abierta la puerta de la prision
de la cristiana. Ella ha aprovechado esta circunstancia y ha recorrido
la torre: pero su puerta estaba cerrada, y al cabo despues de bajar
desde el almenar hasta los subterráneos, ha estado ahí tras esa puerta
escuchando estremecida de terror. Vé y abre á tu hermana, infante
Ebn-Ismail; abre esa puerta y entrégala á su esposo, pero despues que
haya pronunciado la revelacion que ha de ser vuestro castigo.
El infante Ebn-Ismail dominado por el acento del mago, fué á la puerta y
la abrió: María entró pálida, fatal, aterrada, y adelantando hácia
Ketirah dijo con acento solemne:
--¡Yo he oido nombrar aquí á la sultana de Granada! yo he oido una voz
de muger, y aquí no hay mas muger que tú: ¿serás tu acaso mi hermana; la
hija de Walidé, la segunda esposa de mi padre?
--Yo soy hija de Abul-Fath-Nazir-el-Ferih, dijo con acento de horror
Ketirah.
--Abul-Fath-Nazir, esclamó el mago, amparó en su fuga á Walidé, que te
llevaba consigo; Abul-Fath-Nazir, gozó los amores de tu madre y te llamó
su hija. Metió contigo una vívora en su seno, porque tú le mataste.
Un grito de horror salió de todas las bocas.
Las palabras del mago, tenian tal autoridad, tal acento de revelacion,
que nadie dudó de ellas.
María no pudo resistir á tanto horror, y cayó desmayada en los brazos de
Gonzalo.
--¡Salvadla! ¡salvadla! ¡apartadla de este infierno! gritó el mago.
Y obediente á su voz, Ebn-Ismail y Gonzalo cargaron con María, fueron al
ajimez, salió por él Gonzalo y descendió por la escala llevando consigo
á María desmayada.
El infante Ebn-Ismail, aseguraba la escala.
Abd-el-Rahhaman y Masud fijaban una mirada ansiosa en el ajimez por
donde habia desaparecido María.
--¡Oh! ¡mi hija! ¡mi hija! ¡ya no volveré á verla! esclamó
Abd-el-Rahhaman avalanzándose al ajimez.
De repente Masud, á quien arrastraba su amor tras María, se avanzó
tambien al ajimez, saltó por cima del infante Ebn-Ismail, y se asió á la
escala recibiendo una puñalada en el pecho de manos del infante.
Y sin embargo, como si el amor hubiera sido para él una segunda vida, se
deslizó por la escala y llegó al pié de ella á tiempo que Gonzalo con
María, desmayada aun, montaba á caballo.
Masud montó en el otro caballo que tenia del diestro un esclavo, le
arrebató la lanza y siguió á la carrera, tras el caballo de Gonzalo que
corria barranco arriba.
Y, ¡cosa estraña! delante del caballo que montaba Masud, corria dando
horribles ladridos, el lanudo y gigantesco perro que habia guiado al
wali de Algeciras aquella misma noche al albergue donde se ocultaba su
hijo.