XXX.

Al oir aquella acusacion, un grito de espanto se exhaló á un tiempo de

las bocas de la sultana y del wazir.

Al escuchar aquel grito, Ebn-Ismail se puso pálido, y avanzó hacia

Ketirah y Masud.

--¿Conque son ciertos los crímenes de que os acusa este pergamino?

esclamó sacando de entre su faja el que le habia dado su padre.

El infante Abd-el-Rahhaman, se cruzó entre su hijo y los dos miserables

que estaban aterrados.

--Donde está el padre el hijo calla, dijo con gran autoridad.

Y apartó á Ebn-Ismail, que se hizo atrás pálido y sombrío.

--Y tú cristiano, mira y escucha como un caudillo moro hace justicia en

nombre de Dios.

Gonzalo ante lo que veia estaba profundamente maravillado.

--He ahí, continuó Abd-el-Rahhaman, una muger que parece ser un

arcángel, y que dentro de sí tiene el alma de Satanás: he ahí un viejo

que debia ser un espejo de justicia y de valor para los vasallos del rey

de Granada, y que sin embargo es un miserable zorro, que salió de su

oscura madriguera para subir á la luz por la senda del crímen.

--¿Y con qué derecho te atreves á insultarme á mí, á la madre de tu rey,

infante de Granada? esclamó la sultana que habia logrado dominarse.

--Con el que me dá la justicia de Dios, contestó el infante; con el que

me dán vuestros crímenes.

--¡Mis crímenes! ¿y cuáles son mis crímenes? esclamó la sultana.

--¿Qué hacías aquí, á qué has venido á esta torre, hermosa Ketirah?

esclamó con sarcasmo Abd-el-Rahhaman.

--¡Qué á que he venido aquí! esclamó Ketirah con audacia: engañada por

tu hijo.

--¿Por mi hijo?

--Sí, tu hijo habia solicitado verme...

--¡Y tú te prestaste á ver al matador de tu esposo, en el solitario

aposento de una torre del muro, donde el regicida debia entrar por medio

de una escala, para apurar un placer adúltero entre los brazos de una

muger infame!

--¡Padre! esclamó confundido Ebn-Ismail.

--Ya que tuviste razones bastantes para matar al rey, ¿has tenido las

mismas para consumar unos horribles amores con su viuda?

--¡Padre!

--Silencio cuando yo hablo. He venido á hacer justicia en nombre de

Dios, y habrá justicia para todos.

--Sí, para todos habrá justicia, dijo una voz terrible y retumbante al

otro lado de la cerrada puerta.

Y sin que aquella puerta se abriese apareció en la cámara el viejo rey

mago condenado, Abu-Jacub-el-Alime, el padre de las trescientas

cincuenta y cuatro hadas malditas.

Su aparicion aterró á todos, incluso Gonzalo, que nunca habia pensado

existiese un viejo tan horrible como Jacub.

--Sí, habrá justicia para todos, esclamó el mago adelantando en medio

del silencio general y sentándose en el suelo sobre la alfombra en el

centro de la cámara. Para todos habrá castigo y recompensa: tú,

cristiano, que no has ofendido á Dios, que no has manchado tus manos con

sangre, que no te has vendido á Satanás, tendrás por recompensa á tu

buena, á tu pura, á tu inocente, á tu amada María; pero tú, infante de

Granada Abd-el-Rahhaman, tú, que amparaste á Walidé cuando la

encontraste con las manos teñidas en sangre; tú, que casi renegaste de

Dios por los amores de una cristiana; tú, que diste ocasion con tus

pasiones á que Walidé se tiñera en la sangre de doña Catalina; tú, que

cuando desapareció Walidé huyendo de tu furor y llevándose consigo una

hija tuya, olvidaste á tu hija por odio á su madre, y la abandonaste á

su destino, y la olvidaste, y has causado su perdicion por tu abandono;

tú, que huiste cobardemente de Illora cuando te acometieron los

fronteros de Alcaudete y con tu cobardia dejaste entre los cristianos á

otra hija tuya, que criada entre otras gentes adoró á otros dioses; tú,

que con tu soberbia has ensoberbecido á tu hijo, que ha matado á su rey;

tú, que despues no has castigado á tu hijo; tú, infante de Granada, walí

de Algeciras, Mohammet-Abd-el Rahhaman, tú serás castigado: pasarás dias

de horror y noches de tinieblas y de llanto, y el remordimiento roerá tu

corazon, porque tú, por saciar una venganza contra un enemigo, has

producido las desgracias de tu familia, maldecida por Dios.

Abd-el-Rahhaman quiso contestar y no pudo: los ojos del rey mago

condenado, fijos en él, le helaban la sangre.

--¿Y qué te diré yo, Ketirah, teñida en la sangre del que llamabas tu

padre; que ocupaste el trono de Abul-Walid, manchado con la sangre de su

esposa asesinada por tí; que despues distes el golpe de misericordia, la

última puñalada á tu esposo, asesinado por tu amante, y abriste los

brazos á ese mismo amante teñido en la sangre de tu esposo?

Ketirah abrió los labios para contestar, y la palabra se heló en ellos.

El mago se volvió terrible á Masud Almoharaví, que temblaba.

--Y tú, esclamó, amigo traidor del pasado wazir

Abul-Fath-Nazir-el-Ferih, tú, el que por sustituirle alhagaste la

ambicion e la infame Ketirah, y la impulsaste á que envenenara al que

creia su padre....

--¡Pues qué! esclamó Ketirah, ¿no era mi padre Abul-Fath-Nazir?

El mago condenado no contestó á Ketirah, sino que siguió dirijiendo su

tremenda palabra á Masud, que estaba doblegado ante aquella terrible

acusacion que parecia la voz de su conciencia.

--Tú, tirano, codicioso y soberbio, que ayudaste á Ketirah en la muerte

de la sultana Aleidah; tú, que la llevaste al tálamo de Abul-Walid, tú,

que has sido el cómplice de los crímenes de esa muger, ¿qué te puedo yo

decir sino que la justicia de Dios está suspendida sobre tu cabeza?

[imagen no disponible: Fuga de Maria.

La alhambra; leyendas árabes · 第 127 / 311 题