XXIX.

Volvamos, pues á la relacion que dejamos interrumpida en el momento en

que despues de haber entrado el infante Ebn-Ismail, por un ajimez en la

habitacion de la torre de la Cautiva donde le esperaba la sultana

Ketirah, rechazó á esta, que como solia, se habia arrojado entre sus

brazos.

Esta accion, inesperada, violenta, y la espresion lívida del semblante

de Ebn-Ismail, sobrecogieron á la sultana.

--¿Qué te he hecho yo, desdichada de mí, esclamó, para que así me

arrojes de tus brazos? ¿en qué te ha ofendido tu esclava, señor de mí

alma, ó es que ya no me amas, y quieres abandonarme?

--¡Quisiera Dios que nunca te hubiera amado! esclamó el infante.

--¡Habla! ¡habla! esclamó trémula la sultana: ¡esplícame la razon de tus

palabras!

--Aun no es tiempo, dijo el infante; faltan tres personas aquí.

--¿Qué faltan tres personas?

--Sí; haz llamar á Masud-Almoharaví.

--¡A Masud! esclamó la sultana; ¡oh! ¡si fuera verdad lo que sospecho!

--¿Y qué sospechas?

--¡Tú quieres ser rey de Granada!

--¡Yo!

--Sí; sabes que yo te amo antes que á mi alma, sabes que Masud no puede

negarme nada y... ansías esa corona...

--Puede ser... esclamó despues de un momento de profunda meditacion

Ebn-Ismail.

--Y es el sueño mas ardiente de mi alma, dijo Ketirah: ¡tú sultan de

Granada! ¡yo tu sultana! el hijo de Abul-Walid y de Aleidah, la difunta

sultana, el rey Mohammet, es débil de salud; puede morir de un momento á

otro.

--Llama á Masud-Almoharaví; repitió el infante.

Ketirah se levantó y salió.

Poco despues volvió acompañada del wazir.

--¡Masud! ¡Masud! esclamó Ketirah; ¡ha llegado el momento, quiere la

corona de Granada!

--¡Qué quiere la corona de Granada... el infante Ebn-Ismail, el matador

del rey Abul-Walid! aun no es tiempo... aun no es tiempo, mas

adelante...

--Pero ya es tiempo de castigar vuestros crímenes, dijo Ebn-Ismail que

habia corrido á la puerta de la cámara, la habia cerrado, y se habia

guardado la llave.

--¡Oh! ¿qué es esto? dijo Masud-Almoharaví, mientras la sultana miraba

aterrada al infante: ¿de qué crímenes hablas?

--Aun faltan dos personas; dijo sombriamente Ebn-Ismail.

--Pero yo no te comprendo, no puedo comprenderte, esclamó Ketirah.

--Faltan; mi padre y el esposo de mi hermana.

Y se puso á pasear sombriamente á lo largo de la cámara.

La sultana y el wazir se encontraban en una situacion estraña; en vano

le hablaba, le suplicaba la sultana Ketirah: el infante continuaba en su

sombrío silencio, y en su paseo inalterable.

En vano Masud-Almoharaví, queria resolver aquella situacion por la

fuerza.

El feróz y reconocido valor del infante le contenia.

Pesaba sobre la sultana un presentimiento horrible: el presentimiento de

lo desconocido.

Masud-Almoharaví temblaba porque en el semblante del infante aparecia

una espresion terrible.

Pasaron así dos horas: el infante paseando, ceñudo, pálido y silencioso

murmurando palabras ininteligibles, la sultana y el wazir temiéndolo

todo, retirados é inmóviles en un ángulo.

Al fin, sonó abajo, al pie de la torre, un ténue silvido.

El infante corrió al ajimez.

A la luz de la luna, vió al pie de la torre en el barranco, dos ginetes

y algunos hombres á pie.

Entonces el infante dió otro silvido en el ajimez, y echó abajo la

larguísima escala.

Descabalgaron los dos ginetes, los de á pie tuvieron los caballos, y los

que habian desmontado el uno tras el otro, treparon por la escala.

Un momento despues, entraron por el ajimez, Gonzalo Nuñez y el walí

Abd-el-Rahhaman, armados de todas armas.

--He aquí que ha llegado el momento del juicio, esclamó Ebn-Ismail

dirijiendo su ronca palabra á la sultana y al wazir; adelantad, padre

mio; adelantad, hermano mio; he aquí á los asesinos de la sultana

Aleidah.

La alhambra; leyendas árabes · 第 126 / 311 题