Volvamos, pues á la relacion que dejamos interrumpida en el momento en
que despues de haber entrado el infante Ebn-Ismail, por un ajimez en la
habitacion de la torre de la Cautiva donde le esperaba la sultana
Ketirah, rechazó á esta, que como solia, se habia arrojado entre sus
brazos.
Esta accion, inesperada, violenta, y la espresion lívida del semblante
de Ebn-Ismail, sobrecogieron á la sultana.
--¿Qué te he hecho yo, desdichada de mí, esclamó, para que así me
arrojes de tus brazos? ¿en qué te ha ofendido tu esclava, señor de mí
alma, ó es que ya no me amas, y quieres abandonarme?
--¡Quisiera Dios que nunca te hubiera amado! esclamó el infante.
--¡Habla! ¡habla! esclamó trémula la sultana: ¡esplícame la razon de tus
palabras!
--Aun no es tiempo, dijo el infante; faltan tres personas aquí.
--¿Qué faltan tres personas?
--Sí; haz llamar á Masud-Almoharaví.
--¡A Masud! esclamó la sultana; ¡oh! ¡si fuera verdad lo que sospecho!
--¿Y qué sospechas?
--¡Tú quieres ser rey de Granada!
--¡Yo!
--Sí; sabes que yo te amo antes que á mi alma, sabes que Masud no puede
negarme nada y... ansías esa corona...
--Puede ser... esclamó despues de un momento de profunda meditacion
Ebn-Ismail.
--Y es el sueño mas ardiente de mi alma, dijo Ketirah: ¡tú sultan de
Granada! ¡yo tu sultana! el hijo de Abul-Walid y de Aleidah, la difunta
sultana, el rey Mohammet, es débil de salud; puede morir de un momento á
otro.
--Llama á Masud-Almoharaví; repitió el infante.
Ketirah se levantó y salió.
Poco despues volvió acompañada del wazir.
--¡Masud! ¡Masud! esclamó Ketirah; ¡ha llegado el momento, quiere la
corona de Granada!
--¡Qué quiere la corona de Granada... el infante Ebn-Ismail, el matador
del rey Abul-Walid! aun no es tiempo... aun no es tiempo, mas
adelante...
--Pero ya es tiempo de castigar vuestros crímenes, dijo Ebn-Ismail que
habia corrido á la puerta de la cámara, la habia cerrado, y se habia
guardado la llave.
--¡Oh! ¿qué es esto? dijo Masud-Almoharaví, mientras la sultana miraba
aterrada al infante: ¿de qué crímenes hablas?
--Aun faltan dos personas; dijo sombriamente Ebn-Ismail.
--Pero yo no te comprendo, no puedo comprenderte, esclamó Ketirah.
--Faltan; mi padre y el esposo de mi hermana.
Y se puso á pasear sombriamente á lo largo de la cámara.
La sultana y el wazir se encontraban en una situacion estraña; en vano
le hablaba, le suplicaba la sultana Ketirah: el infante continuaba en su
sombrío silencio, y en su paseo inalterable.
En vano Masud-Almoharaví, queria resolver aquella situacion por la
fuerza.
El feróz y reconocido valor del infante le contenia.
Pesaba sobre la sultana un presentimiento horrible: el presentimiento de
lo desconocido.
Masud-Almoharaví temblaba porque en el semblante del infante aparecia
una espresion terrible.
Pasaron así dos horas: el infante paseando, ceñudo, pálido y silencioso
murmurando palabras ininteligibles, la sultana y el wazir temiéndolo
todo, retirados é inmóviles en un ángulo.
Al fin, sonó abajo, al pie de la torre, un ténue silvido.
El infante corrió al ajimez.
A la luz de la luna, vió al pie de la torre en el barranco, dos ginetes
y algunos hombres á pie.
Entonces el infante dió otro silvido en el ajimez, y echó abajo la
larguísima escala.
Descabalgaron los dos ginetes, los de á pie tuvieron los caballos, y los
que habian desmontado el uno tras el otro, treparon por la escala.
Un momento despues, entraron por el ajimez, Gonzalo Nuñez y el walí
Abd-el-Rahhaman, armados de todas armas.
--He aquí que ha llegado el momento del juicio, esclamó Ebn-Ismail
dirijiendo su ronca palabra á la sultana y al wazir; adelantad, padre
mio; adelantad, hermano mio; he aquí á los asesinos de la sultana
Aleidah.