XXVIII.

En una magnífica cámara de un fuerte castillo moro, se paseaba solo un

jóven con trage castellano.

Estaba pálido, como acabado de salir de una enfermedad.

Pero era hermoso, muy hermoso, y en la apariencia muy bravo.

Apenas contaría veinte y cuatro años.

De una de las columnas que sostenian la techumbre de cedro de la cámara,

estaba colgado un arnés completo castellano, y apoyada en él una larga

lanza.

Bajo este arnés se veian los jaeces de un caballo.

El jóven se asomaba de tiempo en tiempo á un ajimez, y miraba á la luna.

Y sus ojos se llenaban de lágrimas.

--¡Oh! esclamaba: ¿te mirará ella á tí, blanca lámpara de la noche, como

yo te miro pensando en ella? ¡Oh, María, mi María!

Y el jóven se apartaba del ajimez, y volvia á pasearse por la cámara.

De repente se escuchó en la poterna el sonido de una bocina; se oyó el

estruendo del puente y del rastrillo, y poco despues un moro asomó á la

puerta de la cámara y dijo:

--¡Cristiano! el padre de mi noble y poderoso señor, el esclarecido é

invencible walí de Algeciras, Abd-el-Rahhaman, desea verte.

--¡Oh! que entre, que entre al momento, dijo Gonzalo.

Poco despues entraba en la cámara Ab-el-Rahhaman.

Observó durante algunos segundos en silencio al jóven, y el noble

semblante del walí resplandeció con la espresion de la benevolencia.

--Guárdete Dios, mancebo, y te proteja, le dijo: ¿sabes quién soy?

--Sé, segun acaban de decirme, que eres el padre de un caballero moro á

quien mi desdicha hizo mi vencedor, y á quien despues me he visto

obligado á amar, porque le debo la vida.

--¡Oh! Ebn-Ismail, mi hijo, te ama tambien, cristiano, y á tí me enviía.

--Gracias doy al cielo de haber conocido un tan grande caballero como

demuestras ser. Pero ¿qué me quieres?

--¿No deseas nada?

--¡Desear!... sí, si por cierto... deseo la muerte.

--¡La muerte!

--Sí; estoy fuera de mi patria, vencido...

--Pero no eres cautivo. En mi hijo has encontrado un hermano; en mí un

padre.

--Dios os lo pague, dijo Gonzalo; ¿pero me podreis dar vosotros lo que

yo he perdido?

--Hablas como mancebo, y como mancebo enamorado: sobre tí no han llovido

todavía todas las amarguras las nubes de la desgracia. Amas y eres

amado, y si por algun tiempo el destino te ha robado mi hija...

--¡Tu hija!... yo no conozco á tu hija, contestó con estrañeza Gonzalo.

--¡Que no la conoces, y mueres por ella!

--Te engañas, señor; yo no he amado mas que á una muger, y esa muger es

cristiana.

--Mi hija es cristiana tambien.

--La muger que yo amo tiene el hermoso nombre de la santa Vírgen madre

de Dios.

--El nombre de la madre de Jesus, es el nombre de mi hija.

--¡María!

--Sí, María.

--Pero es imposible. La María de mi amor, ha vivido siempre en Martos, y

era hija del corregidor Sancho de Arias.

--En Martos ha vivido mi hermosa María, y por hija del corregidor Sancho

de Arias pasaba.

--¡Oh! esto no puede ser.

--Dios, que es Todo poderoso, ha querido que sea.

--¡Hija tuya, María!

--Sí; y de una rica-hembra aragonesa.

--¡Oh! no alcanzo á comprenderlo.

--Hace centenares de años que primero los árabes, y despues los moros,

estamos en contínuo trato con los cristianos: las razas se han mezclado,

porque el amor es mas poderoso que el odio: ya ha sido una hermosa

doncella originaria de Africa, cautiva en la entrada de una villa, la

que ha dado su sangre á los hijos del cristiano; ya una hermosa

cristiana arrebatada á su familia, la que ha dado su sangre á los hijos

del Islam. ¿Te parece tan estraño que yo en mis mocedades tomase por

esposa á una cristiana, y que la hija, fruto de estos amores, me fuese

robada por los cristianos?

--¡Oh! bien puede ser, dijo Gonzalo.

--¿Y amarías tú menos á María porque fuese mi hija?

--¡Aborrecerla! ¿quién habla de aborrecerla? ¿puedo aborrecerla acaso? Y

luego, ¿no debo á tu hijo la vida?

--Y tu amor y el honor de María. Si mi hijo no hubiera matado al rey de

Granada, ¿qué hubiera sido de ella? ¡Estaria deshonrada, triste y sola

en el harem de la Alhambra!

--¡Oh! ¡Dios mio! ¿y ahora dónde está?

--Cautiva en una torre de la Alhambra.

--¿Pero, pura... salvada?

--A que me ayudes á salvarla vengo por tí.

--¡Por mí!

--Sígueme y te entrego á María.

--¡Oh, si te sigo! dijo Gonzalo dirijiéndose á su armadura.

--Voy á ser tu escudero; dijo el infante Abd-el-Rahhaman tomando las

piezas de aquella armadura.

--¡Oh! ¡sí; pronto! ¡pronto, si de salvarla se trata!

--¡Salvarla! ¡sí! ¿y crees tú que el salvar á mi hija no me cuesta un

inmenso sacrificio?

--¡Un sacrificio!

--Sí, salvarla es hacerla feliz, segun me ha dicho mi hijo, María te ama

de tal modo, que no puede ser feliz sino siendo tu esposa. Tú la

llevarás contigo, y yo, que hace catorce años que no la veo, que no la

he visto crecer, la veré un momento para perderla despues.

--¡Perderla! ¿y por qué no seguirnos, señor?

--¡Seguiros! ¿y á dónde queriais que yo fuese con vosotros?

--A Castilla.

--¡Entre cristianos!

--¿Y no es tu hija cristiana?

--Para darte á María, dijo con severidad el infante; ¿te he pedido yo

que te quedes entre nosotros, y que apostates de tu religion?

--¡Ah, señor, perdon!

--¡Alí! ¡Alí! dijo el infante acabando de enhevillar la última pieza del

arnés de Gonzalo: un caballo de batalla, y veinte ginetes. Pronto,

pronto.

El esclavo que habia aparecido á la puerta, desapareció.

--No hablemos, pues, mas de esto, dijo el infante dirijiendo de nuevo su

palabra á Gonzalo. Así lo ha querido Dios, y así es, porque no puede ser

que deje de cumplirse la voluntad de Dios. Ahora, cristiano, sígueme y

roguemos á Dios que nos proteja, porque la empresa que vamos á acometer

es peligrosa.

Y salió con Gonzalo de la cámara.

Poco despues, el moro y el cristiano cabalgaban por el camino de Granada

y á gran prisa, seguidos de veinte ginetes moros.

La alhambra; leyendas árabes · 第 125 / 311 题