En una magnífica cámara de un fuerte castillo moro, se paseaba solo un
jóven con trage castellano.
Estaba pálido, como acabado de salir de una enfermedad.
Pero era hermoso, muy hermoso, y en la apariencia muy bravo.
Apenas contaría veinte y cuatro años.
De una de las columnas que sostenian la techumbre de cedro de la cámara,
estaba colgado un arnés completo castellano, y apoyada en él una larga
lanza.
Bajo este arnés se veian los jaeces de un caballo.
El jóven se asomaba de tiempo en tiempo á un ajimez, y miraba á la luna.
Y sus ojos se llenaban de lágrimas.
--¡Oh! esclamaba: ¿te mirará ella á tí, blanca lámpara de la noche, como
yo te miro pensando en ella? ¡Oh, María, mi María!
Y el jóven se apartaba del ajimez, y volvia á pasearse por la cámara.
De repente se escuchó en la poterna el sonido de una bocina; se oyó el
estruendo del puente y del rastrillo, y poco despues un moro asomó á la
puerta de la cámara y dijo:
--¡Cristiano! el padre de mi noble y poderoso señor, el esclarecido é
invencible walí de Algeciras, Abd-el-Rahhaman, desea verte.
--¡Oh! que entre, que entre al momento, dijo Gonzalo.
Poco despues entraba en la cámara Ab-el-Rahhaman.
Observó durante algunos segundos en silencio al jóven, y el noble
semblante del walí resplandeció con la espresion de la benevolencia.
--Guárdete Dios, mancebo, y te proteja, le dijo: ¿sabes quién soy?
--Sé, segun acaban de decirme, que eres el padre de un caballero moro á
quien mi desdicha hizo mi vencedor, y á quien despues me he visto
obligado á amar, porque le debo la vida.
--¡Oh! Ebn-Ismail, mi hijo, te ama tambien, cristiano, y á tí me enviía.
--Gracias doy al cielo de haber conocido un tan grande caballero como
demuestras ser. Pero ¿qué me quieres?
--¿No deseas nada?
--¡Desear!... sí, si por cierto... deseo la muerte.
--¡La muerte!
--Sí; estoy fuera de mi patria, vencido...
--Pero no eres cautivo. En mi hijo has encontrado un hermano; en mí un
padre.
--Dios os lo pague, dijo Gonzalo; ¿pero me podreis dar vosotros lo que
yo he perdido?
--Hablas como mancebo, y como mancebo enamorado: sobre tí no han llovido
todavía todas las amarguras las nubes de la desgracia. Amas y eres
amado, y si por algun tiempo el destino te ha robado mi hija...
--¡Tu hija!... yo no conozco á tu hija, contestó con estrañeza Gonzalo.
--¡Que no la conoces, y mueres por ella!
--Te engañas, señor; yo no he amado mas que á una muger, y esa muger es
cristiana.
--Mi hija es cristiana tambien.
--La muger que yo amo tiene el hermoso nombre de la santa Vírgen madre
de Dios.
--El nombre de la madre de Jesus, es el nombre de mi hija.
--¡María!
--Sí, María.
--Pero es imposible. La María de mi amor, ha vivido siempre en Martos, y
era hija del corregidor Sancho de Arias.
--En Martos ha vivido mi hermosa María, y por hija del corregidor Sancho
de Arias pasaba.
--¡Oh! esto no puede ser.
--Dios, que es Todo poderoso, ha querido que sea.
--¡Hija tuya, María!
--Sí; y de una rica-hembra aragonesa.
--¡Oh! no alcanzo á comprenderlo.
--Hace centenares de años que primero los árabes, y despues los moros,
estamos en contínuo trato con los cristianos: las razas se han mezclado,
porque el amor es mas poderoso que el odio: ya ha sido una hermosa
doncella originaria de Africa, cautiva en la entrada de una villa, la
que ha dado su sangre á los hijos del cristiano; ya una hermosa
cristiana arrebatada á su familia, la que ha dado su sangre á los hijos
del Islam. ¿Te parece tan estraño que yo en mis mocedades tomase por
esposa á una cristiana, y que la hija, fruto de estos amores, me fuese
robada por los cristianos?
--¡Oh! bien puede ser, dijo Gonzalo.
--¿Y amarías tú menos á María porque fuese mi hija?
--¡Aborrecerla! ¿quién habla de aborrecerla? ¿puedo aborrecerla acaso? Y
luego, ¿no debo á tu hijo la vida?
--Y tu amor y el honor de María. Si mi hijo no hubiera matado al rey de
Granada, ¿qué hubiera sido de ella? ¡Estaria deshonrada, triste y sola
en el harem de la Alhambra!
--¡Oh! ¡Dios mio! ¿y ahora dónde está?
--Cautiva en una torre de la Alhambra.
--¿Pero, pura... salvada?
--A que me ayudes á salvarla vengo por tí.
--¡Por mí!
--Sígueme y te entrego á María.
--¡Oh, si te sigo! dijo Gonzalo dirijiéndose á su armadura.
--Voy á ser tu escudero; dijo el infante Abd-el-Rahhaman tomando las
piezas de aquella armadura.
--¡Oh! ¡sí; pronto! ¡pronto, si de salvarla se trata!
--¡Salvarla! ¡sí! ¿y crees tú que el salvar á mi hija no me cuesta un
inmenso sacrificio?
--¡Un sacrificio!
--Sí, salvarla es hacerla feliz, segun me ha dicho mi hijo, María te ama
de tal modo, que no puede ser feliz sino siendo tu esposa. Tú la
llevarás contigo, y yo, que hace catorce años que no la veo, que no la
he visto crecer, la veré un momento para perderla despues.
--¡Perderla! ¿y por qué no seguirnos, señor?
--¡Seguiros! ¿y á dónde queriais que yo fuese con vosotros?
--A Castilla.
--¡Entre cristianos!
--¿Y no es tu hija cristiana?
--Para darte á María, dijo con severidad el infante; ¿te he pedido yo
que te quedes entre nosotros, y que apostates de tu religion?
--¡Ah, señor, perdon!
--¡Alí! ¡Alí! dijo el infante acabando de enhevillar la última pieza del
arnés de Gonzalo: un caballo de batalla, y veinte ginetes. Pronto,
pronto.
El esclavo que habia aparecido á la puerta, desapareció.
--No hablemos, pues, mas de esto, dijo el infante dirijiendo de nuevo su
palabra á Gonzalo. Así lo ha querido Dios, y así es, porque no puede ser
que deje de cumplirse la voluntad de Dios. Ahora, cristiano, sígueme y
roguemos á Dios que nos proteja, porque la empresa que vamos á acometer
es peligrosa.
Y salió con Gonzalo de la cámara.
Poco despues, el moro y el cristiano cabalgaban por el camino de Granada
y á gran prisa, seguidos de veinte ginetes moros.