--Padre, dijo el infante Ebn-Ismail mientras marchaban, ¿quieres la
felicidad de tu hija la cristiana?
--¡Qué si quiero su felicidad!... yo la he llorado muerta; yo la he
recordado continuamente en mis sueños, sin poder olvidarla; y era que mi
hija vivia y su espíritu se hacia sentir del mio. ¡Oh! ¡que si quiero
hacerla feliz! ¡Dudarías tú, Mohammet, de que yo desease tu felicidad!
--La felicidad de mi hermana María puede serte muy dolorosa, señor.
--¡Dolorosa! ¿y por qué?
--María ama á un hombre.
--¿Y á qué hombre ama?
--A un cristiano.
Detúvose un instante contrariado Abd-el-Rahhaman.
--¡Ah! dijo, me la robaron los cristianos; ha crecido entre ellos... ha
debido, pues, amar á un cristiano.... ¿Y ese cristiano es digno de ella
y de nuestra sangre?
--Es un valiente caballero de Martos: el dia en que iba á casarse con
María, el rey Abul-Walid acometió la villa, y Gonzalo Nuñez sacó á María
de la iglesia, la llevó á su casa, y defendió aquella casa con sus
parientes y amigos. Yo la acometia. En la acometida mis gentes cayeron
como la mies bajo la hoz del segador, y ese valiente mancebo, Gonzalo
Nuñez, el amante de mi hermana, cayó al fin á mis pies.
--¿Y murió?
--No; no lo quiso Dios. Cuando salvé á mi hermana del furor y de la
codicia de mis esclavos, porque es muy hermosa y estaba cubierta con las
ricas joyas que has visto, padre; cuando la ví llorando, aterrada,
trémula, sentí por ella un amor como nunca le habia sentido, dulce,
tranquilo. Procuré consolarla, y ella me dijo que habia perdido á su
padre y á su esposo. Su padre estaba muerto; pero no se sabia lo que
habia sido de su esposo, y le buscamos entre los cadáveres, y le
encontramos.
--¡Vivo!
--Con muy pocas esperanzas de vida. Yo le dejé con mi sabio médico y dí
órden á mis esclavos de que le llevasen á mi castillo de Hins-Aleux.
Despues pretendí salvar á María, pero no pude. El rey la vió, la
codició, y me la robó. Algunos dias despues, maté al rey.
--¿Y el esposo de María, vive?
--¡Oh! si señor, vive y está restablecido y fuerte. ¿Quieres hacer feliz
á tu hija, señor?
--¡Oh! sí.
--Pues bien, separémonos en la entrada del camino de Granada que ya está
cercano: corre tú al castillo de Hins-Aleux. La noche empieza; picando,
bien puedes llegar y traer á Gonzalo antes de la media noche, y
entregarle tu hija.
--¡Oh! ¡poderoso Señor!
--Yo entretanto, veré á la sultana Ketirah, y si no te han engañado,
padre y señor, si ella ha sido la envenenadora de mi perdida Aleidah...
¡oh! yo te juro castigarla, señor, y de tal modo, que cause horror á las
gentes.
--¿Y cuando vuelva con Gonzalo, ¿cómo sabré donde está mi hija?
--Entra señor por detrás de la Alhambra y llega hasta la torre de la
puerta de Hierro, un esclavo mio te esperará y te guiará. Pero he allí
el camino de Granada, señor, yo voy á seguir por los cerros hácia la
Alhambra, tú por el camino, gana la Vega y llega á Hins-Aleux. Dí á
Gonzalo que eres mi padre, que todo lo sabes y que vas á entregarle tu
hija.
--Adios, pues, infante de Granada, hijo mio; adios, pues: ha llegado la
hora de comenzar un grande sacrificio y de efectuar una gran venganza.
Y el padre acercó su caballo al de su hijo y le abrazó.
Luego se separó, bajó por un sendero á un ancho camino y partió por él á
la carrera.
Ebn-Ismail se lanzó tambien á la carrera por un valle cercano y se
perdió en la montaña repitiendo:
--¡La sultana Ketirah, esa hermosura que parece un arcángel del sétimo
cielo y á quien yo adoraba, es la infame envenenadora de mi perdida
sultana Aleidah! si mi padre no se ha engañado.... ¡oh, mas la valiera
no haber nacido!