XXVII.

--Padre, dijo el infante Ebn-Ismail mientras marchaban, ¿quieres la

felicidad de tu hija la cristiana?

--¡Qué si quiero su felicidad!... yo la he llorado muerta; yo la he

recordado continuamente en mis sueños, sin poder olvidarla; y era que mi

hija vivia y su espíritu se hacia sentir del mio. ¡Oh! ¡que si quiero

hacerla feliz! ¡Dudarías tú, Mohammet, de que yo desease tu felicidad!

--La felicidad de mi hermana María puede serte muy dolorosa, señor.

--¡Dolorosa! ¿y por qué?

--María ama á un hombre.

--¿Y á qué hombre ama?

--A un cristiano.

Detúvose un instante contrariado Abd-el-Rahhaman.

--¡Ah! dijo, me la robaron los cristianos; ha crecido entre ellos... ha

debido, pues, amar á un cristiano.... ¿Y ese cristiano es digno de ella

y de nuestra sangre?

--Es un valiente caballero de Martos: el dia en que iba á casarse con

María, el rey Abul-Walid acometió la villa, y Gonzalo Nuñez sacó á María

de la iglesia, la llevó á su casa, y defendió aquella casa con sus

parientes y amigos. Yo la acometia. En la acometida mis gentes cayeron

como la mies bajo la hoz del segador, y ese valiente mancebo, Gonzalo

Nuñez, el amante de mi hermana, cayó al fin á mis pies.

--¿Y murió?

--No; no lo quiso Dios. Cuando salvé á mi hermana del furor y de la

codicia de mis esclavos, porque es muy hermosa y estaba cubierta con las

ricas joyas que has visto, padre; cuando la ví llorando, aterrada,

trémula, sentí por ella un amor como nunca le habia sentido, dulce,

tranquilo. Procuré consolarla, y ella me dijo que habia perdido á su

padre y á su esposo. Su padre estaba muerto; pero no se sabia lo que

habia sido de su esposo, y le buscamos entre los cadáveres, y le

encontramos.

--¡Vivo!

--Con muy pocas esperanzas de vida. Yo le dejé con mi sabio médico y dí

órden á mis esclavos de que le llevasen á mi castillo de Hins-Aleux.

Despues pretendí salvar á María, pero no pude. El rey la vió, la

codició, y me la robó. Algunos dias despues, maté al rey.

--¿Y el esposo de María, vive?

--¡Oh! si señor, vive y está restablecido y fuerte. ¿Quieres hacer feliz

á tu hija, señor?

--¡Oh! sí.

--Pues bien, separémonos en la entrada del camino de Granada que ya está

cercano: corre tú al castillo de Hins-Aleux. La noche empieza; picando,

bien puedes llegar y traer á Gonzalo antes de la media noche, y

entregarle tu hija.

--¡Oh! ¡poderoso Señor!

--Yo entretanto, veré á la sultana Ketirah, y si no te han engañado,

padre y señor, si ella ha sido la envenenadora de mi perdida Aleidah...

¡oh! yo te juro castigarla, señor, y de tal modo, que cause horror á las

gentes.

--¿Y cuando vuelva con Gonzalo, ¿cómo sabré donde está mi hija?

--Entra señor por detrás de la Alhambra y llega hasta la torre de la

puerta de Hierro, un esclavo mio te esperará y te guiará. Pero he allí

el camino de Granada, señor, yo voy á seguir por los cerros hácia la

Alhambra, tú por el camino, gana la Vega y llega á Hins-Aleux. Dí á

Gonzalo que eres mi padre, que todo lo sabes y que vas á entregarle tu

hija.

--Adios, pues, infante de Granada, hijo mio; adios, pues: ha llegado la

hora de comenzar un grande sacrificio y de efectuar una gran venganza.

Y el padre acercó su caballo al de su hijo y le abrazó.

Luego se separó, bajó por un sendero á un ancho camino y partió por él á

la carrera.

Ebn-Ismail se lanzó tambien á la carrera por un valle cercano y se

perdió en la montaña repitiendo:

--¡La sultana Ketirah, esa hermosura que parece un arcángel del sétimo

cielo y á quien yo adoraba, es la infame envenenadora de mi perdida

sultana Aleidah! si mi padre no se ha engañado.... ¡oh, mas la valiera

no haber nacido!

La alhambra; leyendas árabes · 第 124 / 311 题