Era la noche del siguiente dia: la luna brillaba en medio del
firmamento.
El walí de Algeciras habia soltado las riendas sobre el cuello de su
caballo, habia inclinado la cabeza y se habia dormido.
A Zuleka le habia acontecido otro tanto.
Otro tanto á los cien ginetes.
Los caballos seguian uno tras otro por un sendero de la montaña.
De repente el caballo del infante, que iba el delantero, se paró, erguió
el cuello, olfateó el aire, rehiló las orejas y lanzó un largo relincho.
Luego partió á la carrera, raudo y pujante como la tormenta, perdiéndose
por entre las revueltas de la montaña con la misma valentía con que
hubiera corrido por el llano.
Muy pronto quedaron atrás Zuleka y los ginetes, y las rocas y las
colinas parecian huir deslizándose junto al caballo.
Y cuando el caballo encontraba una roca en medio del sendero, la salvaba
de un salto, y de la misma manera salvaba las cortaduras que se le
oponian.
Y el infante, á pesar de la rápida carrera de su caballo, seguia
durmiendo.
Súbito se oyó entre las quebraduras un ladrido potente, ronco,
prolongado; y como si aquel ladrido hubiera tenido mas fuerza que la
violenta carrera del caballo, el infante despertó.
Y al despertar el infante, el caballo se paró de repente, como si le
hubiera dominado un encanto.
Y Abd-el-Rahhaman vió delante de sí, en la entrada de un sendero, á la
luz de la luna, un enorme perro de montería, sentado y mirándole de hito
en hito, con unos ojos que parecian brasas.
El infante invocó á Dios.
Aquel perro era horrible, feróz.
Sus largas lanas blancas arrastraban por el suelo.
Al ver ante sí al infante se levantó, se volvió, y se dió á correr por
la montaña.
El infante apretó los acicates á su caballo, que partió tras el perro.
Y el perro siguió corriendo por cortaduras, por precipicios, por ramblas
y por desfiladeros.
A cada paso que adelantaban, el paisage se hacia mas agreste y bravio,
mas triste y mas opaca la luz de la luna.
Al fin el perro se detuvo en la cumbre de un cerro, delante de una vieja
torre de atalaya.
El infante refrenó su caballo.
Y echó pie á tierra.
Cuando buscó al perro, este habia desaparecido.
Por una de las saeteras de la torre se veia una luz rojiza.
La puerta de hierro de la atalaya estaba cerrada.
Cuando el walí de Algeciras se dirigió á ella para llamar, oyó dentro el
relincho de un caballo y el crugir de un cerrojo por la parte de adentro
de la puerta, que se abrió al fin, dejando ver dos hombres.
Uno de ellos era un esclavo negro: llevaba en la una mano una antorcha,
y en la otra tenia del diestro un hermoso caballo árabe.
El otro hombre, era un hermoso y jóven caballero moro.
Al verle, el walí de Algeciras dió un paso atrás.
Aquel caballero era su hijo, el infante de Granada Ebn-Ismail.
El asesino del rey Abul-Walid, el amante de su hermana la sultana
Ketirah, el que se habia olvidado de su otra hermana María.
No deben olvidar los que leyeren esta historia, que el mago
Jacub-Al-Hakem habia ocultado al walí Abd-el-Rahhaman, que Ketirah era
su hija; que el infante Ebn-Ismail ignoraba que fuese su hermana, y que
solo conocia este horrible secreto María, que no habia podido revelarlo
á nadie recluida en la torre de la Cautiva.
El infante retrocedió á su vez al reconocer á la luz de la luna á su
padre.
--Al fin te encuentro, dijo con voz ronca el walí: á tí, que huyes de la
luz del sol, de la justicia de los hombres y de la indignacion de tu
padre.
--¡Ah, señor! contestó todo trémulo el infante.
--Zenko, dijo el walí al esclavo de su hijo, ténme el caballo, y tú,
añadió dirigiendo severamente su voz al infante, llévame á donde podamos
hablar sin que nos escuchen mas oidos que los de Dios.
El infante todo confuso, tomó la antorcha de las manos de Zenko, se
dirigió al interior de la torre, y subió por unas escaleras.
Se encontraron al fin en un pequeño espacio, en el que ni lecho habia, y
el infante Ebn-Ismail puso la antorcha entre una grieta del muro.
--¡Digno albergue de un asesino! esclamó el walí mirando severamente á
su hijo: cuadra bien á quien tal crímen ha cometido mancillando mis
canas; una vieja atalaya abandonada, por refugio, en lo mas áspero de
una montaña.
--¿Sabes tú, padre y señor, por qué maté yo al rey Abul-Walid? dijo
Ebn-Ismail levantando los ojos y posándolos en su padre.
--Y aun querrás disculparte de aquel crímen.
--Yo maté á un tirano en medio de su córte, con peligro, y combatí
despues la Alhambra; si no pude tomarla no fué mia la culpa si no de la
suerte, que me volvió las espaldas.
--Tú mataste al rey, por gozar libremente los amores de la maldita
sultana Ketirah.
--¡Ah! no: es cierto que despues la sultana me ha enloquecido, pero...
yo maté al rey, porque pretendia deshonrar á una cautiva que me robó en
Martos: fué necesario matarle, para que no sacrificase á sus deseos á la
infeliz María.
--¡María! esclamó Abd-el-Rahhaman: ¡María! ¿es la cristiana que está
cautiva en la Alhambra?
--Si señor; ella es.
--Y dime, hijo mio... ¿has amado tú á esa doncella?
--Sí, si señor, pero de una manera tranquila, pura, como se ama á una
hermana.
--¡Oh! ¡gracias! ¡gracias, poderoso Señor, que no has permitido que el
hermano deshonre á su hermana!
--¿Qué decís, señor?
--¡Oh! nada, nada. Digo que has hecho muy bien en matar al rey.
--Y habeis dicho tambien que María es mi hermana; eso mismo me dijo una
noche de una manera misteriosa, un mago, un astrólogo: la noche que
precedió al dia en que maté á Abul-Walid, y cuando quise que el mago me
esplicase sus palabras, me dijo: «Muestra á tu padre el walí de
Algeciras las joyas que tu hermana llevaba el dia en que la encontraste
en Martos.»
--¿Y dónde están esas joyas? dijo con anhelo el walí.
--Aquí, bajo una piedra, escondidas en este mismo aposento.
--¡Oh! ¡muéstrame, muéstrame esas joyas!
El infante fué á un ángulo del aposento, levantó una piedra, socavó
debajo de ella la tierra con su puñal, y sacó un talego de seda, que
entregó á su padre.
El walí sacó con ansia aquellas joyas y las examinó.
Eran las mismas que Sancho de Arias habia dado á María.
--¡Ah! esclamó el walí; ¡las joyas de su madre!
--¿Y quién era su madre? dijo Ebn-Ismail.
--Su madre no era la tuya; pero ella es mi hija. ¡Y el rey Ismail se
habia atrevido á la honra de esa doncella!... Has hecho bien en
matarle: has hecho bien, porque le has matado defendiendo á tu hermana.
--¡Mi hermana! ¡mi hermana! esclamó Ebn-Ismail: harto me lo decia el
corazon!
--Y sin embargo, respecto á otra muger el corazon te ha sido infiel,
dijo Abd-el Rahhaman.
--¡Otra muger!
--La infame sultana Ketirah.
--¡La infame sultana has dicho, padre y señor!
--Sí; la muger que por ser sultana envenenó á su padre.
--¡Oh! ¡Dios mio!
--La que ayudándose de Masud-Almoharaví, y ayudándole á él, mató á tu
prima la sultana Aleidah.
--¡La prueba, padre, la prueba! esclamó Ebn-Ismail.
--La conciencia de la sultana Ketirah te dará esa prueba, si quieres,
esta misma noche.
--¡Esta misma noche!
--Sí; ¿para qué salías cuando yo llegué de la torre? Para ir á arrojarte
en los brazos de Ketirah.
--Es verdad.
Además este pergamino le revelará los crímenes de la sultana y de su
cómplice.
Y dió á su hijo el pergamino que le habia dado el mago en la caverna de
las hadas malditas.
--Pues bien; vé, añadió el walí, pero vé á vengar á tu prima la sultana
Aleidah, á salvar á tu hermana María: yo te acompañaré.
Y tras estas palabras salieron del aposento y bajaron las escaleras,
tomaron los caballos y partieron por entre los cerros á la Alhambra, que
ya estaba próxima, el padre y el hijo.