XXV.

¿Qué habia acontecido, pues, dentro de la caverna de las trescientas

cincuenta y cuatro malas hadas al walí Abd-el-Rahhaman?

Apenas entró en ella, sintió un vértigo inesplicable y se sentó junto á

una piedra.

Poco despues reclinó su cabeza en sus rodillas y se durmió.

De repente sintió que le movian suavemente, y oyó una voz que le dijo:

--¡Despierta! infante Abd-el-Rahhaman.

El walí abrió los ojos, y no se encontró ya en la gruta, si no en un

alcázar maravilloso.

Pero aquel alcázar tenia algo de terrible.

Parecia que sus cúpulas estaban perdidas en una niebla vaga, infinita, á

través de la cual penetraba una claridad fria.

Los arcos, las galerías, las columnas, estaban abiertos á un espacio

nebuloso tambien, infinito, frio, apenador.

El alcázar parecia estar suspendido en el abismo, y flotar sobre él.

Entre los arcos, entre las galerías, entre las columnas, pasaban y

cruzaban, y volvian á pasar y á cruzar, confundiéndose, mezclándose,

sombras indecisas, que como las nubes, se estendian y cambiaban de

forma, dejándose ver á veces cerca y determinadas como mugeres hermosas

y ricamente engalanadas, que fijaban por un momento sus ojos negros y

relucientes, en Abd-el-Rahhaman, y luego se alejaban como empujadas por

el viento, y se confundian en la niebla volviendo á dejarse ver en una

nueva oleada.

--¡Oh, poderoso Allah! dijo el walí; ¿qué doncellas son estas, que así

vienen y ván, y que así me miran y que no se acercan á mí? Todas son

resplandecientes como gotas de rocío á los rayos del sol, y todas

hermosas, y todas anhelantes y tristes. ¿Por qué turban mi razon esas

mugeres, y me embriagan y avivan recuerdos de mi juventud ya acibarados

por los años y por las desgracias?

--¡Abd-el-Rahhaman! dijo una voz que parecia salir de la inmensidad,

sonora, vibrante, que puso espanto en el corazon del walí: ¿qué has

hecho de tus hijos?

--¡Mis hijos! esclamó Abd-el-Rahhaman: ¡mis hijos, genio invisible, yo

no tengo mas que un hijo!

--A más del asesino del rey Abul-Walid, has tenido dos hijas: ¿qué has

hecho de ellas?

--La una me la robó su madre; la otra me la robaron los cristianos,

contestó el walí.

--Dos de tus hijos están malditos, esclamó la voz.

--¡Ah, perdon para ellos! repuso el walí.

--La última hija tuya, tu María...

--¡Ah! ¿qué es de María? esclamó el walí.

--¡María! corre á la Alhambra, walí, corre á la Alhambra, y salva á

María porque la impureza y el crimen la acechan.

--El walí guardó silencio aterrado.

--¿Te acuerdas de tu sobrina Aleidah, la sultana de Granada?

--¡Ah, infeliz!

--Fué envenenada por una muger terrible.

--¿Y quién es esa muger; vive, puedo tomar venganza de ella?

--Esa muger ocupó el tálamo vacío de Abul-Walid; esa muger fué sultana;

esa muger envenenó al que creia su padre...

--¿Pues quién fué su padre?

--Su nombre está envuelto en un misterio para tí, porque es necesario

que se cumpla una venganza terrible.

--¿Y sabré el nombre del padre de esa muger?

--Cuando la hayas esterminado.

--¡Matadora de Aleidah! ¡envenenadora del que creia su padre!

--Y la condenacion del alma de tu hijo.

--¡De mi hijo!

--Sí; de tu hijo que enloquece entre los brazos de la adúltera: de tu

hijo que amaba á su prima la sultana Aleidah, y que al estremecerse de

amor entre los brazos de la sultana que mató á su padre y á su esposo,

ignora que mató tambien á la anterior sultana.

--¡Invisible genio! ¿me haces esta revelacion para que castigue tantos

crímenes?

--Sí; toma.

Un pergamino enrollado cayó á los pies del infante Abd-el-Rahhaman.

--¿Qué es esto, poderoso genio? dijo el infante.

--Esa es la historia de los crímenes de la sultana Ketirah, y de su

cómplice el wacir Masud-Almoharaví: dá esta historia á tu hijo.

--¿Y dónde encontraré á mi hijo, poderoso genio?

--Mañana, cuando la noche sobrevenga, en el sendero por donde marches,

encontrarás sentado y de frente á tí, un perro blanco de montería.

Cuando te llegues á él, el perro se levantará y correrá delante de tí;

sigue á ese perro y él te llevará á el lugar de donde todas las noches

sale tu hijo para perder su alma entre los brazos de Ketirah.

--¡Poderoso genio!... dijo el walí.

--Yo no soy genio... soy un condenado que vaga sobre la tierra, hasta el

dia en que, siendo el vengador de los crímenes de los hombres, alcance

mi perdon.

--¡Ah! ¿tú has sido hombre?

--Sí; yo he sido el rey mago, Abu-Jacub-el-Alime, y esas doncellas que

ves aparecer y desaparecer entre la niebla y que no te despedazan porque

te protejo yo, son mis trescientas cincuenta y cuatro hijas malditas:

una por cada dia de pecado.

Y apenas la voz del mago Abu-Jacub, pronunció estas palabras, cuando el

alcázar fantástico y sus hadas malditas se desvanecieron en una niebla

impura, resonaron gritos horribles, como de mugeres desesperadas que se

alejaban, y se perdieron al fin en el silencio, y el rey se puso de pie,

y se encontró en medio de la caverna, por cuya abertura penetraba la luz

de la luna.

--¡Oh! ha sido un sueño, un horrible sueño: yo habia oido contar muchas

veces el cuento de las hadas malditas hijas del mago, pero no sabia que

fuese esta la caverna; además, llevo conmigo un anillo mágico que me

protege, pero este pergamino, añadió reparando en uno enrollado que

tenia entre los pliegues de su faja... ¡Oh! ¡este pergamino escrito!...

¿con que esto ha sido mas que un sueño? ¡Oh, poderoso Allah! ¡que se

cumpla lo que está escrito! ¡si encuentro un perro blanco de montería,

le seguiré, y si encuentro á mi hijo le daré este pergamino! ¡Oh,

poderoso Señor! ¡que se cumpla tu voluntad!

Y saliendo de la gruta, despertó á su secretario Zuleka, que dormia á su

entrada.

--¡A caballo! dijo el infante, y prosigamos nuestro camino.

Zuleka se llevó la corneta á los labios y tocó á cabalgar: los cien

ginetes salieron de debajo del resalte de la roca, donde se habian

acogido durante la tempestad, y poco despues, el infante, Zuleka y los

esclavos, cabalgaban á la orilla del torrente rojo que la tormenta habia

formado en la rambla.

La alhambra; leyendas árabes · 第 122 / 311 题