XXIII.

Al tercer dia de viage, el walí Abd-el-Rahhman entró en el reino de

Granada por la parte de la frontera de Murcia.

Era un caloroso crepúsculo de verano: el sol, que ya habia traspuesto,

habia dejado anchos girones rojos en el horizonte: relámpagos producidos

por el calor, se mezclaban momentáneamente á aquel color rogizo,

tiñendo con él el espacio y las montañas, en cuyos altísimos picos

reflejaba el postrer rayo del sol, que ya se habia ocultado para los

valles.

Negros nubarrones avanzaban por el mediodía, impulsados por un viento

abrasador, y roncos y pesados truenos retumbaban en la inmensidad.

--¡Arriba, arriba, señor! esclamó Zuleka dirigiéndose al walí y tomando

con su caballo uno de los repechos de la montaña: la tormenta avanza, y

muy pronto la rambla será un torrente. ¡Arriba, arriba, señor!

Abd-el-Rahhman, que iba profundamente distraido, tornó en sí á la voz de

Zuleka, vió que el cielo se ponia rojo; vió las negras nubes que

avanzaban en escuadron cerrado; escuchó los roncos bramidos del trueno y

el sordo silvar del viento, y empezó á trepar por la ladera en que se

habia aventurado ya Zuleka.

Los cien ginetes de su resguardo le siguieron.

Trepaban por la tortuosa senda de una asperísima montaña.

Aquella senda que serpeaba por la falda no llegaba hasta la cumbre, sino

que iba á parar á la oscura boca de una caverna, situada á la mitad del

acceso.

Los caballos trepaban con trabajo.

Los del walí y Zuleka, iban mucho mas delanteros que los de los ginetes

moros, no porque fuesen mas fuertes, sino porque los moros refrenaban á

sus caballos procurando, aunque simuladamente, que no adelantasen.

Lo que producia esta resistencia á adelantar en los ginetes, era una voz

que habia corrido entre ellos en el mismo momento en que entraban en el

sendero que conducia á la caverna.

--Vamos á la cueva de las trescientas cincuenta y cuatro malas hadas,

habia dicho uno de ellos, que era del pais por el cual marchaban á la

sazon.

--¡De las trescientas cincuenta y cuatro malas hadas has dicho! replicó

otro moro.

--Sí; de las malditas, que salen de noche de su caverna, roban de sus

cunas á los niños, los devoran, y á la noche siguiente van á poner sus

corazones roidos envueltos en sus ropas ensangrentadas, en las mismas

cunas de donde los robaron, para que los vean sus madres.

--Pero nosotros no somos niños, dijo otro de los soldados.

--Pues peor; mucho peor, dijo el que referia: somos hombres... y no

sabeis lo que las malas hadas que moran en la caverna hacen con los

hombres.

--No.

--¿Qué hacen?

--Cuando un hombre jóven, ó aun cuando no sea jóven, cuando un hombre

fuerte, pasa por este desfiladero, la mayor, esto es, la primera nacida

de las hadas, sale á la puerta de la caverna y arroja al viento un

puñado de sal diciendo: ¡Hermana mia, la tempestad, ven! y apenas la

maldita, la condenada de Dios, dice estas palabras, cuando sucede lo que

está sucediendo ahora: el viento zumba, las nubes salen no se sabe de

donde, retumba el trueno, arden los relámpagos, el cielo se cubre y se

pone negro, y cae en medio de las mas profundas tinieblas un aguacero

violento que dura á veces algunas horas: cuando pasa, el torrente

producido en la rambla por la lluvia parece sangre.

--¿Y para qué llama la hermana mayor de las hadas malas á su hermana la

tempestad?

--Y para que el viagero á quien la tempestad sorprende busque albergue

en la caverna.

--¡Ah!

--¿Y qué hacen con el viagero?

--Las hadas que moran en esa caverna, continuó el narrador, son los

espíritus de trescientas cincuenta y cuatro doncellas, cuyas madres

murieron enamoradas de su padre antes de darlas á luz. Sienten una sed

de amor rabiosa, que procuran satisfacer sin conseguirlo, con todos los

que pasan este desfiladero, y que ignorando el peligro, se olvidan de

llevar consigo, para que los defienda de la impureza de las hadas, el

sello cabalístico del poderoso Salomon.

--Pues yo no lo llevo.

--Ni yo.

--Ni yo.

--Y acaso tampoco lo lleve nuestro señor, que ya está cerca de la gruta,

dijo el narrador.

--¿Y por qué no le avisamos?

--¿Y quién se atreve? Ya sabeis que nuestro señor castiga á sangre á

quien le habla cuando él no le pregunta: ya sabeis que dice que el que

se entromete á hablar á su señor cuando él no le habla, comete un

atrevimiento, y que siervo que se atreve á su dueño, está muy cerca de

ser traidor. Si yo le hablara, á la primera palabra me tenderia á sus

pies. ¿Le hablaria alguno de vosotros?

--¡No!

--¡No!

--¡No!

--Pues ni yo tampoco. ¡Que Dios tenga piedad de él!

A pesar de que los ginetes refrenaban un tanto sus caballos, habian

llegado cerca de la gruta á una especie de plataforma de la montaña.

Zuleka entonces se volvió y dejó oir en medio de los mugidos de la

tempestad la voz, de su corneta, que en dos toques consecutivos, mandó á

los ginetes hacer alto y echar pie á tierra.

Los ginetes obedecieron, y teniendo de las bridas á los caballos, se

agruparon alrededor del que contaba el cuento.

Abd-el-Rahhaman y Zuleka, seguian ya á pie y llevando los caballos del

diestro, porque la senda se hacia muy áspera hácia la gruta.

--¿Y qué? ¿qué sucede á los que entran en esa caverna? dijeron algunos.

--¡Oid! ¡oid! ya la tormenta se echa encima y empieza á llover:

amparémonos de la saliente de esta roca, y entretengamos la espera con

un cuento maravilloso.

--Sí.

--¡Cuento!

--¿Es la historia del encanto de la caverna?

--Si por cierto, la historia de un rey mago, que fué el padre de las

trescientas cincuenta y cuatro hadas.

Y los ginetes fueron á ponerse bajo el resalto gigantesco de una roca, y

se agruparon en torno del cuentista.

La tempestad descargó entonces en todo su furor, y empezó á oirse el

mugido de las aguas que se despeñaban por la rambla y que crecian á cada

momento mezclando su bramido cada vez mas ronco y poderoso, al pujante

bramido de lo tempestad.

La alhambra; leyendas árabes · 第 120 / 311 题