Al tercer dia de viage, el walí Abd-el-Rahhman entró en el reino de
Granada por la parte de la frontera de Murcia.
Era un caloroso crepúsculo de verano: el sol, que ya habia traspuesto,
habia dejado anchos girones rojos en el horizonte: relámpagos producidos
por el calor, se mezclaban momentáneamente á aquel color rogizo,
tiñendo con él el espacio y las montañas, en cuyos altísimos picos
reflejaba el postrer rayo del sol, que ya se habia ocultado para los
valles.
Negros nubarrones avanzaban por el mediodía, impulsados por un viento
abrasador, y roncos y pesados truenos retumbaban en la inmensidad.
--¡Arriba, arriba, señor! esclamó Zuleka dirigiéndose al walí y tomando
con su caballo uno de los repechos de la montaña: la tormenta avanza, y
muy pronto la rambla será un torrente. ¡Arriba, arriba, señor!
Abd-el-Rahhman, que iba profundamente distraido, tornó en sí á la voz de
Zuleka, vió que el cielo se ponia rojo; vió las negras nubes que
avanzaban en escuadron cerrado; escuchó los roncos bramidos del trueno y
el sordo silvar del viento, y empezó á trepar por la ladera en que se
habia aventurado ya Zuleka.
Los cien ginetes de su resguardo le siguieron.
Trepaban por la tortuosa senda de una asperísima montaña.
Aquella senda que serpeaba por la falda no llegaba hasta la cumbre, sino
que iba á parar á la oscura boca de una caverna, situada á la mitad del
acceso.
Los caballos trepaban con trabajo.
Los del walí y Zuleka, iban mucho mas delanteros que los de los ginetes
moros, no porque fuesen mas fuertes, sino porque los moros refrenaban á
sus caballos procurando, aunque simuladamente, que no adelantasen.
Lo que producia esta resistencia á adelantar en los ginetes, era una voz
que habia corrido entre ellos en el mismo momento en que entraban en el
sendero que conducia á la caverna.
--Vamos á la cueva de las trescientas cincuenta y cuatro malas hadas,
habia dicho uno de ellos, que era del pais por el cual marchaban á la
sazon.
--¡De las trescientas cincuenta y cuatro malas hadas has dicho! replicó
otro moro.
--Sí; de las malditas, que salen de noche de su caverna, roban de sus
cunas á los niños, los devoran, y á la noche siguiente van á poner sus
corazones roidos envueltos en sus ropas ensangrentadas, en las mismas
cunas de donde los robaron, para que los vean sus madres.
--Pero nosotros no somos niños, dijo otro de los soldados.
--Pues peor; mucho peor, dijo el que referia: somos hombres... y no
sabeis lo que las malas hadas que moran en la caverna hacen con los
hombres.
--No.
--¿Qué hacen?
--Cuando un hombre jóven, ó aun cuando no sea jóven, cuando un hombre
fuerte, pasa por este desfiladero, la mayor, esto es, la primera nacida
de las hadas, sale á la puerta de la caverna y arroja al viento un
puñado de sal diciendo: ¡Hermana mia, la tempestad, ven! y apenas la
maldita, la condenada de Dios, dice estas palabras, cuando sucede lo que
está sucediendo ahora: el viento zumba, las nubes salen no se sabe de
donde, retumba el trueno, arden los relámpagos, el cielo se cubre y se
pone negro, y cae en medio de las mas profundas tinieblas un aguacero
violento que dura á veces algunas horas: cuando pasa, el torrente
producido en la rambla por la lluvia parece sangre.
--¿Y para qué llama la hermana mayor de las hadas malas á su hermana la
tempestad?
--Y para que el viagero á quien la tempestad sorprende busque albergue
en la caverna.
--¡Ah!
--¿Y qué hacen con el viagero?
--Las hadas que moran en esa caverna, continuó el narrador, son los
espíritus de trescientas cincuenta y cuatro doncellas, cuyas madres
murieron enamoradas de su padre antes de darlas á luz. Sienten una sed
de amor rabiosa, que procuran satisfacer sin conseguirlo, con todos los
que pasan este desfiladero, y que ignorando el peligro, se olvidan de
llevar consigo, para que los defienda de la impureza de las hadas, el
sello cabalístico del poderoso Salomon.
--Pues yo no lo llevo.
--Ni yo.
--Ni yo.
--Y acaso tampoco lo lleve nuestro señor, que ya está cerca de la gruta,
dijo el narrador.
--¿Y por qué no le avisamos?
--¿Y quién se atreve? Ya sabeis que nuestro señor castiga á sangre á
quien le habla cuando él no le pregunta: ya sabeis que dice que el que
se entromete á hablar á su señor cuando él no le habla, comete un
atrevimiento, y que siervo que se atreve á su dueño, está muy cerca de
ser traidor. Si yo le hablara, á la primera palabra me tenderia á sus
pies. ¿Le hablaria alguno de vosotros?
--¡No!
--¡No!
--¡No!
--Pues ni yo tampoco. ¡Que Dios tenga piedad de él!
A pesar de que los ginetes refrenaban un tanto sus caballos, habian
llegado cerca de la gruta á una especie de plataforma de la montaña.
Zuleka entonces se volvió y dejó oir en medio de los mugidos de la
tempestad la voz, de su corneta, que en dos toques consecutivos, mandó á
los ginetes hacer alto y echar pie á tierra.
Los ginetes obedecieron, y teniendo de las bridas á los caballos, se
agruparon alrededor del que contaba el cuento.
Abd-el-Rahhaman y Zuleka, seguian ya á pie y llevando los caballos del
diestro, porque la senda se hacia muy áspera hácia la gruta.
--¿Y qué? ¿qué sucede á los que entran en esa caverna? dijeron algunos.
--¡Oid! ¡oid! ya la tormenta se echa encima y empieza á llover:
amparémonos de la saliente de esta roca, y entretengamos la espera con
un cuento maravilloso.
--Sí.
--¡Cuento!
--¿Es la historia del encanto de la caverna?
--Si por cierto, la historia de un rey mago, que fué el padre de las
trescientas cincuenta y cuatro hadas.
Y los ginetes fueron á ponerse bajo el resalto gigantesco de una roca, y
se agruparon en torno del cuentista.
La tempestad descargó entonces en todo su furor, y empezó á oirse el
mugido de las aguas que se despeñaban por la rambla y que crecian á cada
momento mezclando su bramido cada vez mas ronco y poderoso, al pujante
bramido de lo tempestad.