XXII.

Pero al retroceder vamos á encontrarnos, no en la Alhambra, sino en la

cámara de un fuerte castillo; no en Granada, sino en Algeciras.

Es ya tarde.

Los atalayas del muro entonan de tiempo en tiempo un grito de alerta.

La luna se sepulta en el mar, que abrillantado por su reflejo, parece

una inmensa llanura de plata.

A lo lejos se vé á Gibraltar saliendo como un negro fantasma sobre las

ondas.

En la magnífica cámara de la torre del homenage del alcázar de

Algeciras, sobre un divan de pieles de tigre, duerme un hombre.

Es ya casi anciano, pero hermoso todavía.

Su sueño parece agitado, y la cercana luz de la lámpara deja ver la

contraccion de su semblante.

Sueña, y su sueño le tortura el alma.

Sueña con su hijo.

Con el infante Ebn-Ismail.

Porque el hombre que duerme es Mohammet-Abd-el-Rahhaman, infante de

Granada y walí de Algeciras.

El amante de Walidé y de doña Catalina de Cardona.

El walí sueña con su hijo:

Con su hijo, que despues de haber muerto al rey de Granada, no se sabe

dónde para.

Su padre cree verle entre los brazos de una muger.

Y aquella muger le horroriza.

Porque cree conocerla, aunque no la ha visto nunca.

En la hermosa frente de aquella muger le parece leer una maldicion.

Y que su hijo, uniéndose á ella, está maldito.

Y el sueño vá condensándose en la imaginacion del walí, hasta

convertirse en una horrible pesadilla.

Parécele que aquella muger devora á su hijo... que mas que una muger es

un vampiro, una mala hada.

El walí despierta aterrado y salta del divan.

Y para refrescar la fiebre de su frente con las auras nocturnas, se

asoma á un ajimez.

La luna ha acabado de ponerse; el mar no brilla, la noche ha quedado

densamente lóbrega.

--Asi está mi alma, dice el walí; sin luz, sin alegría, como esta noche:

pero esta noche pasará, y primero la blanca aurora, y despues el

esplendente sol brillarán en la mar, y todo estará alegre menos mi

corazon.

El walí suspira.

--¡Oh! continúa: ¡desde el dia en que la ví muerta! ¡mi cristiana, mi

amor!

El walí inclina la cabeza, doblegado por el pesar.

--¡Han pasado catorce años, y no he podido olvidarla! aun soy jóven y ya

mi barba está blanca, y arrugadas mis megillas. Es que el llanto las ha

blanqueado, es que al pasar por mis megillas ha dejado en ellas un surco

de fuego.

Calló un momento Abd-el-Rahhaman y lanzó su mirada al inmenso espacio,

como pretendiendo anegar en él su alma.

--¡Mi hija! ¡mi pobre hija! esclamó; no la hija de aquella muger

maldita; de aquella terrible Walidé, que era tan horrible como su madre;

sino la hija de mi cristiana, de la luz de mi alma, de mi perdida

Catalina: la hija de mis entrañas; mi hermosa María.

Calló de nuevo el infante.

--Su madre, continuó, quiso que se llamase así, que fuese cristiana....

y yo la hice bautizar en secreto por un sacerdote cautivo, á quien dí la

libertad... y me robaron á mi pequeña María en aquella funesta sorpresa

de Illora. ¡Oh! ¿qué habrá sido de ella?

El walí se retiró de la ventana y se puso á pasear agitado por la

cámara. De repente, sus ojos se fijaron en un objeto blanco que habia

sobre el diván.

Se acercó y lo tomó: era un pergamino enrollado.

Acercóse á la luz de la lámpara, tomó aquel pergamino, y le leyó.

A medida que le leia, una conmocion profunda le agitaba, y se ponia cada

vez mas pálido.

--¡Mi hija! ¡mi hija! esclamó: ¡conque mi hija vive, y está cautiva en

la Alhambra de Granada, y mi hijo se aduerme entre los brazos de esa

sultana adúltera! ¡Oh! ¡es necesario correr, volar, salvarlos á los dos!

¡Zuleka! ¡Zuleka!

Y á la voz del walí se abrió una puerta y apareció un moro.

--Pronto, Zuleka, mi caballo, el tuyo, cien ginetes: vamos á partir

ahora mismo á Granada.

Zuleka desapareció: poco despues, el walí Abd-el-Rahhaman, su katib ó

secretario Zuleka, y cien esclavos, cavalgaban á la carrera por un

oscuro camino.

La alhambra; leyendas árabes · 第 119 / 311 题