Apenas el mago habia salido ó desaparecido, cuando se abrió la puerta, y
deslumbrante de galas y de brocados, entró Masud-Almoharaví.
María se estremeció; pero recordando las últimas palabras del mago
dominó su conmocion.
--Hermosa sultana del amor, dijo Masud-Almoharaví; que Allah te guarde y
te bendiga. Héme ante tí, que vengo á ofrecerte mi amor y mi alma.
--¡Tu amor y tu alma! lo mismo me dice el rey, y tú eres su siervo.
--El rey ha muerto, dijo con voz lúgubre el wazir.
--¡Que ha muerto el rey!
--¿No has oido hoy rumor de combate?
--Sí.
--¿No has visto correr los esclavos negros por los adarves?
--Sí.
--¿Y nada has sospechado?
--He creido por un momento que los cristianos...
--¡Llegar los cristianos á la Alhambra! ¡cuando los cristianos lleguen á
sus muros, los montones de cadáveres serán mas altos que las sierras, y
la Vega se habrá convertido en un mar de sangre!
--¿Y quién ha matado al rey?
--Yo, dijo Masud-Almoharaví, mintiendo porque no queria decir á María
que el infante Ebn-Ismail habia matado por ella al rey.
--¿Y por qué le has matado? dijo María.
--¡Le amabas!
--¡Amarle yo! esclamó con horror María.
--Agradéceme entonces su muerte, porque con ella te he librado de una
suerte horrible.
María, recordando siempre las últimas palabras del mago, se dominó.
--Sí, sí, es verdad, dijo: el rey Abul-Walid era un tirano. Anoche...
¡oh que horror!... pero siéntate, siéntate junto á mí.
Masud-Almoharaví se sentó trasportado de deseo junto á María.
Y la jóven, con el magnífico trage musulman que la habia obligado á
vestir el rey Abul-Walid, quitándola sus ropas castellanas; con sus
ricos cabellos rubios agrupados en anchas y largas trenzas; con su
blancura nacarada, con sus resplandecientes ojos negros, y con el
encendido color que asomaba á sus megillas, escitado por la situacion
difícil en que se encontraba, era el hermosísimo trasunto de un sueño de
amores.
Masud-Almoharaví contrastaba enérgicamente con ella: era ya viejo,
estaba pálido y demacrado: sus enormes ojos, en que se traslucia la raza
africana, tenian un no se qué de terrible, de fiero, de amenazador, aun
cuando querian dulcificarse y espresar el amor ó la amistad: sobre su
frente habia impreso una profunda arruga el remordimiento, y sus ricas
galas hacian contrastar esta fealdad del cuerpo y del alma que aparecian
en su semblante.
Masud-Almoharaví no habia amado hasta entonces mas que á su ambicion;
pero desde un dia en que acompañando al rey Abul-Walid vió á María, su
corazon se abrió al amor, y á un amor tan violento cuanto habia tardado
en conocerle su corazon.
En el breve espacio que habia pasado entre el dia en que el rey
Abul-Walid habia traido de Martos á la jóven, hasta que el rey murió,
Masud-Almoharaví la habia visto algunas veces.
La última la habia hablado de amor.
María le rechazó.
Por esta razon María conocia a Masud-Almoharaví.
Por el anterior desdén de María, el enamorado wazir se maravillaba de
que la jóven le sonriese y le hubiese mandado sentar á su lado.
--La muger, como el hombre, dijo para sí Masud, tiene ambicion: cuando
el rey la enamoraba, esta rosa de Hiram rae despreció: ahora que el rey
ha muerto es distinto: yo puedo ser para ella el prendido de perlas que
ciña su cabeza, los perfumes que suavicen su cuerpo, las telas
brillantes que realcen su hermosura: yo daré á esta doncella cuanto
quiera, y será mia.
Y obedeciendo á este pensamiento, Masud la dijo:
--Esta torre es muy triste, ¿no es verdad?
--No, no señor; dijo María: por el contrario, ¡es tan bella esa quebrada
que serpea al pie de la torre! ¡suena tan blandamente el arroyo que por
esa quebrada se despeña! ¡cantan con una música tan regalada los
ruiseñores que anidan en los laureles del cercano monte, y es esta torre
tan hermosa! Desde aquella ventana veo salir el sol, y por esa otra le
miro ponerse: la luna parece mas hermosa en medio de este silencio: solo
estaría mejor que en esta torre....
--¿En dónde?
--En los lugares donde nací... ó al menos donde me crié, añadió María
recordando que habia nacido en uno de los cármenes de Granada.
--¡Oh! ¿vivirias mas alegre en Martos? dijo Masud.
--¡Oh! si señor, allí reposan los restos de mi padre.
Y los ojos de María se llenaron de lágrimas á la memoria del buen Sancho
de Arias.
--¿Y no dejaste allí un amante?
María se acordó de las palabras del mago, y replicó sin vacilar:
--¡Ah! no señor; nunca he amado.
--¿No has amado tampoco al rey Abul-Walid?
--¿Si le amara, no lloraria por su muerte?
--El rey era hermoso y jóven aun, y galan y enamorado: dijo
Masud-Almoharaví dominando un estremecimiento, porque no podia alejar de
sí el recuerdo del instante en que vió ante sí á Ketirah, lavando el
puñal con que habia acabado de malar al rey.
--Sí, sí, dijo María; el rey moro era hermoso, y tierno y enamorado:
¿pero no era yo su cautiva? ¿no me habia arrancado de mi patria? yo no
puedo amar lejos de mi patria: yo mientras esté en prisiones solo puedo
gemir como el ruiseñor, aun cuando esté encerrado en una jaula de oro.
--Pues bien; si solo en tu patria puedes amar, cristiana, yo acaudillaré
mis ginetes é iré á apoderarme de Martos, construiré en él para tí un
alcázar, y vivirás en él.
--¿Pero Martos no estaba en poder de los moros?
--El rey Abul-Walid dejó en él poca guarda y los fronteros de Alcaudete
y de Jaen han vuelto á apoderarse de la villa. Pero no importa, yo
llevaré á Martos mi bandera, yo reduciré de nuevo aquella villa, te
llevaré á ella y viviré á tu lado.
Presentóse de repente á la vista de María, Martos entregado de nuevo al
degüello y al incendio, sus viejos y sus niños muertos, sus doncellas,
las que hubiesen quedado del rebato anterior, hechas cautivas, y se
estremeció.
--No, no, dijo: creo que lo que me impide amar, no es el estar separada
de mi patria, sino el dolor que siento por la muerte de mi padre.
--¡Oh! esclamó Masud: yo seré á un tiempo para tí, tu padre, tu esposo,
tu hermano, si tú quisieres: yo haré venir para tí de Oriente los
perfumes mas preciados, la púrpura mas encendida, las telas de oro y
plata, cuantas preciosidades crió Dios y descubrieron los hombres; yo te
daré mi alma, y tú serás mi arcángel y mi hurí, sobre la tierra.
--Espera, dijo María.
--¡Que espere! ¡tú no sabes lo que es esperar cuando se ama! ¡tú no
sabes lo que es vivir muriendo en la duda! yo no lo sabia tampoco hasta
que te ví, cristiana; pero desde que le he visto, en mis sueños, en mi
vela, donde quiera que estoy me persigue tu imágen: por tí vivo y por tí
muero: sin tí el mundo me es odioso y triste; contigo la mansion mas
lóbrega seria para mí un paraiso.
--¡Espera! repitió María.
--¿Y llegará un dia en que me ames?
--Yo no he amado nunca, dijo María recordando las palabras del mago.
--Pues bien; yo haré tanto, que tú me amarás, dijo Masud.
Y enamorando á María, y contenido por un poder incomprensible, pasó con
ella gran parte de la noche hasta que oyó tres palmadas.
Era la seña de la sultana Ketirah, que le avisaba de que ya era hora de
volver al alcázar.
Empezaba á alborear.
Masud-Almoharaví salió, prometiendo á María que volveria á la noche
siguiente.
Cuando María se quedó sola, se arrodilló y oró á Dios, primero por el
alma de su madre, luego por la de Sancho de Arias, y al fin por su
Gonzalo y por su amor.