Durante una hermosa noche de verano, una sombra blanca, acompañada de
otra sombra negra, penetraron por el claro de un vallado, en uno de los
bellos y frondosos cármenes del Darro.
Los rayos de la luna, se detenian en la fronda de los árboles frutales,
y bajo ellos encontraban un camino oscuro y oculto, la sombra blanca y
la sombra negra.
Cuando las dos sombras llegaron á un punto desde el cual se veia una
blanca casa en medio de un jardin iluminado enteramente por la luz de la
luna, se detuvieron.
--Te habia prometido, dijo la sombra negra á la sombra blanca, traerte
al lugar donde tu esposo viene á pasar las noches entre los brazos de
una muger.
--Si me lo haces ver seré tuya, dijo con voz irritada y ronca la sombra
blanca.
--¿Ves aquella luz que brilla detrás de aquel ajimez?
--Sí.
--Pues allí reposa la cristiana que sacó de Tarazona el infante
Abd-el-Rahhaman, la misma noche en que te libró de tu mal destino.
--Para condenarme á otro peor, dijo Walidé que ella era; para condenarme
á la desesperacion de verme despreciada por otra muger. ¿Y es esa muger
hermosa?
--Como el lucero de la tarde al principiar una noche de primavera.
--Pues bien, Abdelamar, despues de que haya visto á mi esposo salir de
esa casa, quiero conocer á esa muger.
--Será necesario gastar algun oro.
--¿Y qué importa? dijo la infanta: ¿no estoy muriendo de celos? ¡la vida
que me pidieses la daria por vengarme!
--¡Oh! ¡y cuánto amas al infante! dijo suspirando Abdelamar.
--Te juro que le aborrezco.
--¿Y por qué no huyes de él y le desprecias?
--Quiero vengarme.
--¡Ah! ¡mal haya la hora, dijo Abdelamar, en que el infante me puso á tu
lado para servirte! ¡un dia y otro dia he dominado mi amor, que un dia y
otro dia ha ido en aumento.
--¿¿Y no te amo yo?
--¡Tú no puedes amar á nadie!... ¡tu alma no es tuya!
--Cuando me hayas vengado te convencerás de que el amor del infante ha
pasado para mí.
--¿Y por qué deseas la muerte de esa cristiana y no la del infante? dijo
Abdelamar.
--Porque el infante la ama tanto, que preferiria morir á perderla:
porque la pérdida de esa muger le desgarrará el corazon, y su recuerdo
le quemará eternamente el alma. ¡Morir! ¡qué es morir! ¡un dolor breve!
¡una breve agonía! No: ¡yo quiero que viva! ¡yo quiero que llore! ¡yo
quiero que sepa que me he vengado!
Walidé, aquella niña tan inocente, tan cándida, tan pura, tan dulce en
otro tiempo, se habia convertido en un demonio por el amor.
Abdelamar, el amigo mas que el siervo de Abd-el-Rahhaman, puesto por él
al lado de Walidé, enloquecido por la hermosura de la infanta, habia
hecho traicion á su señor: él era el que habia revelado á Walidé los
amores del infante con doña Catalina de Cardona, él era quien habia
prometido, en cambio de su amor, á Walidé una venganza terrible; él era,
en fin, quien la habia llevado á aquel frondoso y apartado cármen, donde
ignorada de todos vivia doña Catalina, ardiendo en el amor del infante y
de su pequeña hija.
Porque tú María, añadió el mago, acababas de nacer.
--¡Ah! ¡Dios mio! ¡y mi madre! ¡qué fué de mi pobre madre! esclamó
María.
--Tu madre cayó ante los celos de Walidé.
--¡Cómo!
--Walidé no pudo tener duda de que el infante amaba á otra: le vió salir
de aquella casa acompañado de una muger, que llegó con él hasta cerca
del bosquecillo donde estaba oculta con Abdelamar. Oyó hablar á su
esposo y á aquella muger un habla estrangera, vió á la luz de la luna la
incomparable hermosura de doña Catalina, y se decidió á todo.
Algunos dias despues, cuando el infante trasportado de amor fué una
noche á embriagarse entre los brazos de tu madre, la encontró muerta.
--¡Muerta!
--Sí: Abdelamar habia comprado á fuerza de oro á la esclava cocinera de
doña Catalina, y la infeliz fué envenenada. Tú misma estuviste á punto
de muerte, y fué necesaria toda la ciencia de los mas famosos médicos
para salvarte.
--¡Yo!
--Sí: tú te habias alimentado del pecho de tu madre despues de haber
sido esta envenenada.
--¡Ah! ¡Dios mio! ¡Dios mio! ¡y quedó sin castigo tanto crímen!
--El crímen continúa en la raza de Walidé.
--¡En la raza de Walidé!
--Sí; en su hija Ketirah.
--¡En su hija! ¿Y dónde está esa muger?
--En los brazos de tu hermano: en la cámara que está bajo esta.
--¡Mi hermano! ¿y quién es mi hermano?
--El generoso caballero que te amparó en Martos: el que recogió á tu
amante, á tu Gonzalo, y le hizo conducir á Hins-aleux donde vive, y
muere de impaciencia pensando en tí.
--¡Que vive Gonzalo! esclamó trémula de alegría la jóven.
--Sí, vive, y te rescatará y será tu esposo: pero es necesario para ello
que tú misma contribuyas á tu libertad.
--¡Dios mio! ¿y cómo? ¡sola, abandonada!
--Oyendo los amores de Masud-Almoharaví.
--¡Oh! ¡nunca! esclamó María.
--Engáñale, domínale...
--Yo no sé mentir.
--Tu mentira servirá para castigar el crímen.
--¿Para castigar el crímen de quién?
--De la muger que está entre los brazos de tu hermano, de la miserable
que por ser sultana, se unió en una infame alianza con un hombre
miserable y ambicioso y mató al que creia su padre.
--¿Pues quién era el padre de esa muger?
--Esa muger era hija de Walidé y del infante Abd-el-Rahhaman.
--¡Pero entonces, el infanta Ebn-Ismail, esa muger y yo, somos hermanos!
--¡Ya se vé, tienen los moros tantas mugeres! Dos años antes de conocer
á Walidé, tuvo Abd-el-Rahhaman un hijo de su primera esposa: ese hijo es
el infante Ebn-Ismail: poco despues de su vuelta de Aragon con Walidé y
con tu madre, tuvo Abd-el-Rahhaman una hija de Walidé que se llamó
Ketirah, y algunos años despues de sus amores con tu madre, que resistió
mucho tiempo á sus deseos á pesar de su amor, y que á pesar de su amor
pasó tambien algunos años sin darle hijos, naciste tú. De modo que tu
hermano Ebn-Ismail, infante de Granada, tiene veintisiete años; Ketirah,
veinticinco, y tú quince, y todos sois hermanos hijos de un mismo hombre
y de distinta madre cada uno. Zobeya la primera muger de
Abd-el-Rahhaman, murió al dar á luz á su hijo: doña Catalina, tu madre,
fué envenenada por Walidé, y al envenenarla, Walidé huyó, temiendo verse
vendida por Abdelamar su cómplice sino cedia á sus amores: huyó y se
refugió en la casa de un pariente suyo, wazir del difunto rey
Abul-Walid, que se llamaba Abul-Fath-Nazir-el-Ferih. Ocultóla este, tuvo
amores con ella, y viéndola triste, porque era madre, y no tenia consigo
á su hija, la robó de los palacios de Abd-el-Rahhaman, la ocultó tanto
como habia ocultado á su madre, y Ketirah, cuando asesinó á
Abul-Fath-Nazir-el-Ferih, creyó que asesinaba á su padre.
--Pero esa es una sucesion de crímenes horrorosa.
--Ketirah estaba maldita en su madre, que habia muerto al fin devorada
por el remordimiento; Ketirah es el demonio bajo la figura de un
arcángel: si Ketirah sabe que su amante, su hermoso Ebn-Ismail, te libró
del rey Abul-Walid y le mató por tí, en sus celos, en su rabia, te
matará.
--¿Y quién puede decir eso á esa muger?
--Masud-Almoharaví, si le desprecias.
--Yo la diré que soy su hermana.
--Aunque te creyese, ¿piensas que se detendria mucho en matar á su
hermana, la que no se detuvo en matar al que creia su padre?
--¡Oh! ¡qué muger tan horrible! ¡parricida, incestuosa!...
--Y adúltera.
--¿Y cómo salvarme de ella?
--Primero escribiendo á tu padre.
--¿A mi padre?
--Sí, al walí de Algeciras, el noble, el poderoso,
Mohammet-Abd-el-Rahhman.
Y Abu-Jacub, sacó de entre su hopalanda un pergamino enrollado, y un
tintero.
--Pero yo no sé escribir.
--No importa: yo escribiré por tí. Al fin, yo llevaré tu mano para que
escribas tu nombre.
María estaba fascinada, pendiente de las palabras del mago que
desenvolvió el pergamino y se puso á escribir sobre sus rodillas.
Lo que escribia el mago, era la historia de la sorpresa de Illora por
los fronteros de Alcaudete acaudillados por Sancho de Arias: el robo por
este de la hija de doña Catalina, y la existencia de las alhajas de
aquella infortunada en poder del infante Ebn-Ismail.
«Además, señor, decia la carta: solo con verme me conocereis; porque los
que conocieron á mi madre, á quien tanto amasteis, dicen que soy una
viva imágen suya.»
La carta concluia diciendo al walí de Algeciras el peligro en que se
encontraba su hijo penetrando todas las noches en la Alhambra para ver
á la sultana Ketirah, y esponiéndose si era visto á ser preso y muerto
como asesino del rey Abul-Walid.
--Firma: dijo el mago, cuando hubo leido esta carta á María.
--Pero ya os he dicho que yo no sé escribir.
El mago se apoderó de la mano de la jóven, y la hizo escribir al pie del
pergamino y con caracteres arábigos su nombre.
--Tu padre vendrá á salvarte, dijo el mago, y tu hermano te entregará á
tu amante.
--¿Pero quién llevará esta carta á mi padre?
--La recibirá dentro de un momento, dijo el mago guardándola entre su
ropon talar.
--¡Qué! ¿está mi padre en Granada?
--¿Y qué te importa? Lo que te importa, es entretener con esperanzas á
Masud-Almoharaví para dar tiempo á que llegue tu padre.
--No.
--Acuérdate de Gonzalo.
--¡Ah! ¡Dios mio!
--Acuérdate de que tu hermano, amando á la sultana Ketirah, está
entregado á Satanás.
--Pues bien; mentiré.
--Pues es preciso que te prepares, porque siento ya los pasos de
Masud-Almoharaví que se acerca. A Dios.
Y el mago se levantó, adelantó hácia la puerta, y se desvaneció en su
penumbra.
María quedó entregada á una fascinacion incomprensible.