XI.

Apenas habia asomado el sol en el oriente, como si aquella fuese una

señal, oyóse fuera del palenque una ruidosa y alta trompetería, á cuyo

sonido todos los que esperaban desde el amanecer rompieron en una

aclamacion ruidosa.

La corte se acercaba.

Al fin se abrió una poterna y entraron cuatro reyes de armas á caballo,

con sus estoques dorados en las manos.

Seguian detrás cuatro heraldos con sus dalmáticas de terciopelo rojo

guarnecidas de oro, y con sus mazas al hombro.

Luego una turba de farautes, persevantes y escuderos, á caballo tambien,

despues diez y seis trompeteros y otros tantos timbaleros, ginetes en

caballos blancos, tocando á un tiempo sus instrumentos:

Luego el Condestable con la espada real, y junto á él el Alférez mayor

con el estandarte de Aragon, y todos los oficiales de la casa del rey.

Luego en unas andas muy vistosas, cubiertas de paños de brocado y

flores, y deslumbrantemente engalanadas, precedida de muchachas vestidas

de blanco, que bailaban acompañándose de sus panderetas, rodeada de

doncellas nobles de la reina, en hacancas blancas, llevada cada una de

la rienda por un caballero, entró Walidé, confusa y ruborosa,

suspendiendo á los hombres y haciendo morir de envidia á las mugeres con

su hermosura.

Despues venian á caballo el rey y la reina, él en su corcel de batalla,

ella en su blanco palafren; los rico-hombres, los pages, los escuderos,

y por último un escuadron de hombres de armas.

Toda esta comitiva atravesó lentamente el palenque; cuando llegaron á la

gradería del estrado donde estaban levantados los doseles, el mismo rey

en persona descabalgó, fué á las andas en que era llevada la infanta

Walidé, que bajó de ellas, y conducida de la mano por el rey, subió la

gradería, y fué á ocupar el trono del amor en medio de los murmullos y

de las aclamaciones que arrancaban á todos los presentes la hermosura y

las resplandecientes galas de que iba cubierta Walidé.

Al pie del dosel se estendieron pages y doncellas, y cuando la infanta

de Granada se hubo sentado, el rey bajó de nuevo la gradería, y llevó su

esposa al trono, donde se sentó á su lado; los rico-hombres, los

mesnaderos, los pages, se estendieron á los pies de la grada, donde

estaban sentadas en almohadones las damas de la reina, los jueces del

campo y los reyes de armas, y los demás oficiales ocuparon el tablado

que les estaba destinado, y la comitiva mora del infante Abd-el-Rahhaman

el suyo.

Entonces á una señal del rey don Alonso, el rey de armas _Cataluña_, á

caballo, seguido de sus oficiales de armas y precedido de los

trompeteros y timbaleros, dió una grida ó pregon en que manifestó á

todos los circunstantes:

«Cómo el rey moro de Granada habia enviado al señor rey de Aragon una

doncella mora, infanta de su casa, para que la casase con aquel de sus

vasallos que mas le pluguiese.

»Otro sí: cómo habiendo venido por embajador del rey de Granada el noble

infante, su primo, Abd-el-Rahhaman, el infante habia rendido pleito

homenaje y vasallaje al señor rey de Aragon.

»Otro sí: cómo el infante de Granada Abd-el-Rahhaman, y el noble, alto y

poderoso señor Men Roger de Cardona, vasallos ambos del señor rey de

Aragon, habian pedido á un tiempo á dicho señor rey les concediese por

esposa la infanta Walidé, que se hallaba presente en el trono de la

hermosura.

»Y finalmente, que el susodicho señor rey de Aragon habia ordenado que

para no ofender á ninguno de los dos pretendientes, riñesen á la infanta

Walidé, en palenque cerrado de poder á poder, en trance de muerte, si

necesario fuese, ante Dios y el bienaventurado apóstol San Jaime.»

El rey de armas Cataluña repitió este pregon en los cuatro ángulos del

palenque, y luego leyó los capítulos del combate.

Segun ellos se tendria por vencido:

«El que se saliere del palenque dejando en él á su contrario.

»El que cayere del corcel al suelo.

»El que pidiere suspension del duelo.

»El que usare de malas artes, prohibidas por las leyes de la caballería.

»El que hiriere de mala manera á su contrario.»

Y otros muchos y prolijos capítulos que se leian en tales ocasiones, y

que estaban autorizados por la ley y por la costumbre.

Despues de esto se dió otro pregon para que nadie fuese osado, por cosa

que sucediere á cualquiera de los dos caballeros, á dar voces ó aviso, ó

á hacer seña con la mano, so pena de que al que hablare se le cortaria

la lengua, y al que hiciere seña se le cortaria la mano.

A seguida se retiraron el rey de armas y sus oficiales, y los jueces del

campo mandaron tocar las trompetas y los timbales, á cuyo son salieron

cada cual de su tienda á caballo y armados, el infante Abd-el-Rahhaman y

Men Roger de Cardona, rodeados cada cual de sus escuderos y caballeros.

Llevaba el infante de Granada un bonete forrado de oro ricamente

labrado, y coronado por una garzota de plumas verdes en señal de

esperanza; un arnés tunecino redoblado, forrado de tela de oro; una

túnica de brocado de rica labor, y un capellar de grana con flecos y

borlas de oro; montaba en un caballo andaluz poderoso, que hacia

retemblar la tierra bajo sus cascos; embrazaba una adarga de cuero de

Marruecos, perpuntada y bordada de oro y seda, y empuñaba una lanza de

ébano, de dos hierros, de Toledo.

Men Roger mostraba las resplandecientes armas, la marlota y la lanza de

dos hierros que le habia regalado el infante, y montaba el hermoso

caballo de Arabia que habia acompañado á aquel regalo, lo que el infante

tomó por insolencia, y el rey y todos los circunstantes por descortesía,

porque aquello era lo mismo que decir al infante:

--Te combato con tus propias armas.

El infante tomó por un lado de la liza, y el aragonés por el otro, y al

pasar por delante de los reyes y de la infanta Walidé, para saludarlos,

se cruzaron, y despues fueron á ponerse uno frente al otro, cada uno á

un estremo de la liza.

Entonces bajaron los jueces del campo y les partieron el sol[87],

reconocieron sus armas, las dieron por buenas, y les tomaron juramento

por su honor de que no llevaban sobre sí amuletos ni hechizos en daño de

su contrario, despues de lo cual se retiraron.

Entonces, cuando los caballeros habian quedado en sus puestos, teniendo

el freno de cada uno de sus caballos un faraute, el rey hizo una señal

con su baston y las trompetas y los timbales rompieron en alto alarido.

A este primer son los caballeros pusieron sus lanzas en los ristres, se

adargaron é inclinaron el cuerpo sobre el arzon delantero.

Entonces sonó el toque de arremetida, los farautes soltaron los frenos,

y el moro y el catalan partieron el uno contra el otro como dos rayos, y

se encontraron con terrible pujanza y estruendo en medio de la liza.

Las dos lanzas se rompieron contra las adargas, sin que ninguno de los

dos adversarios se descompusiese.

Pasaron y todos aplaudieron, porque entrambos, el moro y el cristiano en

aquella primer carrera, habian sido muy buenos caballeros.

Los escuderos del campo les dieron nuevas lanzas, y volvieron á partir y

á encontrarse.

El infante de Granada hizo dar un rodeo al catalan, falseándole la

adarga é hiriéndole ligeramente por la parte falsa del arnés, debajo del

brazo, y el catalan pasó sin tocar al moro.

La ventaja estaba de parte del infante.

La sangre corria á borbotones de la herida de Men Roger, y los que

habian apostado por su triunfo empezaron á dar por perdido su dinero.

Pero de repente el caballo del infante, sin que nadie pudiera dar con la

causa, se inquietó, empezó á encabritarse, mordió el freno, y escapó de

la liza sin que pudiese estorbarlo su ginete.

Todos lo tuvieron á hechicería, tal vez á malas artes del baron catalan;

pero como uno de los capítulos del duelo era que el caballero que se

saliera de la liza fuese declarado vencido, fúelo el infante, y el rey

declaró que Men Roger de Cardona habia ganado buena y lealmente á la

infanta, y se la concedió por esposa.

Al saber esto Walidé, palideció intensamente y murmuró:

--No ha vencido al amado de mi alma sino valiéndose de Satanás, que le

ha ayudado con malas artes. Pues bien, esposo mio, yo te juro, no solo

no ser tuya, sino vengar al infante de la traicion que has obrado con

él.

Y todos se engañaron en lo de las hechicerías; la verdad era que al

errar el golpe el catalan habia herido sin quererlo en un hijar al

caballo del infante, y este irritado por el dolor de la herida habia

partido.

La alhambra; leyendas árabes · 第 107 / 311 题