Pasaron los tres dias del plazo.
Fuera de los muros de Tarazona se habia levantado un palenque.
Aquel palenque era el campo cerrado donde las armas debian dirimir la
contienda de dos hombres enamorados de una muger.
Aunque el plazo habia sido breve, la fama del duelo habia cundido; gran
número de damas y caballeros de las ciudades y villas cercanas á
Tarazona habian acudido á presenciar aquel raro litigio entre un
cristiano y un moro, que debia sentenciarse por Dios y por San Jaime.
Desde muy temprano los estrados y las barreras estaban llenos de gente:
en los primeros se veian hermosas damas, hidalgos, caballeros y
mesnaderos, todos engalanados, todos impacientes porque llegase la hora
del trance. En las barreras se agolpaba el popular ruidoso, que á cada
momento crecia, y los ballesteros del rey guardaban aquellas barreras y
aseguraban el palenque.
A un estremo de él estaba un tablado cubierto de hermosos tapices, y
sobre aquel tablado dos doseles; el uno mas rico y mas bello que el
otro.
Pero es de advertir que en el dosel menos rico estaban recamadas las
armas de Aragon, y en el otro mas adornado, mas bello, se veia entre
flores una aljaba, un arco y un cendal, armas del amor.
Al pie de estos dos doseles habia una larga gradería cubierta de
almohadones rojos y alfombras á los pies, donde debian sentarse, en la
primera grada las damas de la reina, en la segunda y tercera los
oficiales de la casa del rey.
A la derecha de estos dos doseles, habia un estrado cubierto por paños
rojos; aquel estrado debian ocuparle los jueces del campo, los heraldos,
los farautes, los persevantes, los escuderos y demás oficiales de armas:
á la izquierda se levantaba otro estrado cubierto de paños turquíes con
estrellas de plata, donde debian presenciar el duelo los caballeros
granadinos que habian venido acompañando en su embajada al infante
Abd-el-Rahhaman.
Al otro estremo del palenque habia dos tiendas de las mejores que se
habian visto en mucho tiempo, aunque diferentes entre sí: la una era
cuadrada, de tafetan verde con galones de oro, y sembrada toda de un
blason rojo con cuatro vástagos de oro, armas de la casa de Cardona, lo
que demostraba que aquella tienda, en la cual habia guarda de hombres de
armas con el mismo blason que se veia en la tienda al pecho, estaba
destinada á Men Roger de Cardona, rico-hombre de Aragon y gran privado
del rey Alonso IV.
La otra tienda era redonda y resplandecia por su tela de oro y seda
recamada de ricas labores arabescas y rodeada de una alfombra de Persia:
á su puerta habia, dando la guarda, esclavos negros con marlotas y
capellares rojos y arneses dorados, lo que decia claro que aquella era
la tienda del infante de Granada Abd-el-Rahhaman.
Y todo esto, los dos nobles doseles, los estrados, las graderías, las
tiendas, la arena igualada y estendida dentro de las barreras, la
multitud noble y plebeya que llenaba andamios, estrados y graderías: las
galas de las damas, las empresas de los caballeros, el aspecto feróz de
los ballesteros aragoneses, las brillantes armaduras de los hombres de
armas y escuderos de Men Roger, y los ostentosos trages y las armaduras
doradas de los esclavos del infante de Granada, ofrecian vivos matices,
y brillantes destellos, y cien cambiantes de color y de luz, bajo el sol
que salia por un horizonte azul y despejado.