Dijeron al infante que el favorito del rey de Aragon, era un noble
caballero muy valiente y muy bravo, llamado Men Roger de Cardona.
El infante envió á Men Roger un caballo de Arabia, un arnés de Damasco,
una lanza de dos hierros con pendoncillo de brocado, un rico capellar y
una túnica de púrpura.
Men Roger recibió el presente creyendo que se trataba de que influyese
con el rey de Aragon para el feliz éxito de las pretensiones del rey de
Granada.
Men Roger, el soberbio rico-hombre de Aragon, convidó á comer al infante
moro.
Al dia siguiente al sentarse á la mesa, vió junto á sí Abd-el-Rahhaman á
la hermosísima cristiana que habia encontrado en el alcázar dos dias
antes, y se turbó: ella se turbó tambien y bajó los ojos.
--Es mi hermana doña Catalina, dijo Men Roger al infante.
Y durante las cuatro horas que aquella comida duró, el infante habló de
las magnificencias de la córte de Granada, y ponderó sus caballeros y
sus damas, pero al ponderar á estas añadió:
--Y sin embargo, no he visto en Granada ni en todo su reino ni en las
Alpujarras, ni en Murcia, ni en Almería, ni en Algeciras, mi patria, una
dama tan hermosa como la que ví en el alcázar del rey cristiano la
primera vez que entré en él.
Y doña Catalina al oir esto miró al moro, y el moro vió amor en la
mirada de doña Catalina, y Men Roger no vió nada, porque estaba
gravemente ocupado en trinchar un faisan.
Y al recibir la mirada de doña Catalina, dijo para sí el infante:
--¡Oh! ¡si yo no amase tanto á Walidé!
Y doña Catalina dijo tambien para sus adentros:
--¡Oh! ¡sino fuera moro este mancebo!