Hace veinte años, el rey de Granada envió una ostentosa embajada al rey
de Aragon.
Era embajador del rey de Granada un valiente, noble y hermoso mancebo
infante de la casa real, que se llamaba Abd-el-Rahhaman-el-Ferih.
Se trataba de asentar unas treguas, y el rey de Granada escogió á su
primo Abd-el-Rahhaman, porque era persuasivo, dulce, sabia ganar las
voluntades de todo el mundo, y era además valiente y discreto.
Con Abd-el-Rahhaman envió el rey de Granada al de Aragon un riquísimo
presente; se contaban por cientos las piedras preciosas, por docenas los
caballos de arabia, y las alfombras de Persia y los perfumes y las
barras de oro y plata.
Entre estos presentes iba una doncella de sangre real, que con un
crecidísimo dote enviaba el rey moro al rey cristiano, ya para que la
tomase por suya, ya para que la casase, como en honra, con el caballero
de su corte que mas le viniese en agrado, ó con cualquier caballero que
aunque no fuese natural de sus reinos fuese vasallo suyo.
Walidé, que así se llamaba la infanta granadina, habia salido del harem
donde la habian criado sus ayas, con alegría: hasta entonces no habia
visto mas gentes que las mugeres del harem, ni mas hombre que el rey su
tio, y los silenciosos eunucos, ni se habia espaciado su vista mas que
en el azul firmamento: que, en cuanto á la tierra, no habia podido pasar
de los muros de los jardines del harem.
Ni amaba, ni sabia lo que era amor.
Tenia solo catorce años, y el amor dormia aun desconocido para ella en
su alma.
Era á pesar de su juventud una muger poderosamente hermosa, blanca,
gentil, modesta; pura la dulce sonrisa de sus ojos, pura la tranquila y
cándida sonrisa de su boca.
Cuando Walidé se vió fuera de la Alhambra, sobre las amugas de brocado
de su blanca hacanca, rodeada de guardas negros á caballo y acompañada
de Abd-el-Rahhaman, que solícito no se apartaba de ella un punto, sonrió
al primer hombre hermoso que veia.
Y Abd-el-Rahhaman, á pesar de haberse casado cuatro años antes y de
tener un hijo, se estremeció ante aquello primera sonrisa de amor casi
virgen, ante aquella dulce y tranquila mirada que decia amor sin
saberlo.
Y luego, cuando Walidé salió por la puerta de Elvira de la ciudad, y vió
estenderse ante ella la ancha vega con sus mil colores, con sus mil
aldeas, con sus lejanas montañas azules, sonrió y miró con amor á aquel
verdor riente, engalanado, magnífico con sus vapores dorados bajo el sol
de la mañana, como habia sonreido y mirado con amor al hermoso y gentil
infante Abd-el-Rahhaman.
Walidé empezaba á vivir.
Empezaba á abrir su alma al amor, pero de una manera tranquila,
inocente, como era tranquila é inocente su alma.
En mal hora el rey su tio, necesitado de paces con el cristiano, habia
fijado su mirada fria en la cándida hermosura de la infanta, para
enviarla casi esclava á una tierra estraña, á ser la esposa de alguno de
los zafios montañeses, vasallos del rey de Aragon.
Porque el rey de Aragon no podia como cristiano tener mas que una
esposa, y siendo presentada de una manera solemne y pública en su corte
Walidé, no podia hacerla su manceba sin grave escándalo.
El rey de Granada enviaba, pues, una doncella casadera, hermosa, noble y
rica, para que su suerte se jugase á la suerte: para que deshojase
aquella flor delicada el rudo choque con un montañés bravío.
Y la desdicha mayor fué, que el embajador del rey de Granada, su primo
el infante Abd-el-Rahhaman, se enamorase ciegamente de Walidé, hasta el
punto de que hizo para sí el razonamiento siguiente:
--Mi primo el señor rey de Granada, envia á la infanta al rey de Aragon
para que la tenga para si ó la dé en matrimonio á uno de sus vasallos.
El rey de Aragon no guardará para sí la infanta: sus costumbres
cristianas se lo vedan: pues bien; antes de dar mi embajada al rey de
Aragon, le rendiré pleito homenage por mis castillos de la frontera de
Murcia, me declararé su vasallo... y despues... aunque sea necesario
escitar su interés con algunos miles de doblas, procuraré que yo sea el
vasallo que el rey de Aragon elija para esposo de la infanta.
Y fiando demasiado en sus cálculos el enamorado embajador, se dedicó á
enamorar á Walidé.
Cuando llegaron á Tarazona, donde tenia su córte por aquellos dias el
rey de Aragon don Alonso IV, ya Walidé y Abd-el-Rahhaman se amaban
mútuamente, y lo que es mas, se lo habian concedido todo.
Porque el infante habia dilatado cuanto habia podido el viaje, haciendo
jornadas muy cortas y deteniéndose á veces en un pueblo tres dias.
Walidé se habia enamorado del infante desde el momento en que le habia
visto, y Abd-el-Rahhaman no habia sido el mas fiel depositario.
Los primeros dias Walidé fué llevada por su hacanca, pero al poco
tiempo, con la ocasion de pasar un rio cuyo puente se habia roto, por un
vado, el infante, para asegurar á la infanta de un tropiezo y de una
caida al agua, la puso sobre un cogin sobre el arzon delantero de su
caballo, y la rodeó la redonda y esbelta cintura con un brazo
tembloroso.
Walidé se estremeció y esperimentó una sensacion dulce, infinita.
Hasta entonces ella y él solo habian hablado con los ojos.
Era el principio de la noche: la numerosa embajada del infante, con sus
ginetes y con sus acémilas, atravesaba una ancha sábana del
Guadalquivir.
La luna reflejaba en las aguas, y se duplicaba en los dos brillantes
ojos de Walidé, que se fijaban en ella con una dulce y pensativa
melancolía, mientras el infante, conduciéndola en el arzon de su
caballo, estrechaba enamorado su cintura, y bebia con su ardiente
mirada, la mirada de la infanta fija en la suya.
Y entonces la infanta, que estaba entregada á un sueño de amor, oyó
junto á sí una voz dulce, ardiente, trémula, que la decia:
--Yo te amo.
Te amo como la noche á la luna que la dá su blanca y dulce luz: te amo
como el alba al sol que tiñe sus megillas de púrpura.
Te amo como á la tierra el mar que contínuamente la besa, y como el
viento á la palmera que contínuamente la mece.
Amame tú, maga de mis sueños, á quien yo he amado antes de ver tu
hermosura.
Amame tú, sino quieres que mi alma esté lóbrega como una noche sin luna,
fria como una alborada sin sol, silenciosa como la tierra á quien el mar
no besa, y triste y mustia como una palmera á quien no acaricia el
viento.
--¿Y qué es amor? dijo Walidé apartando su mirada de la luna y fijándola
cándida y enamorada en el infante. ¿Es por ventura el amor ese tranquilo
afan del alma, que sueña y vé en sus sueños un hombre? ¿Es por ventura
un dulce fuego que llena el alma y la aduerme en una delicia sin fin,
junto al hombre del sueño? ¿Es por ventura el amor el que estremece la
cintura de la muger cuando el hombre que ha soñado la rodea con su
brazo? ¡Oh! si ese es el amor que acaricia al alma, y la consuela, y la
dilata, y la enciende en un dulce fuego; si es el amor el que dá á los
ojos de la muger un alma cariñosa, y dulce por los ojos de un hombre, yo
te amo, señor; yo te amo como la noche á la luna, como el alba al sol,
como el mar á la tierra, como el viento á la palma. Si amar es no vivir,
ni pensar, ni alentar mas que para un hombre, yo te amo, señor, yo te
amo.
Y Walidé reclinó la cabeza sobre el hombro de Abd-el-Rahhaman, que la
besó en la frente.
Walidé se estremeció de una manera mas poderosa, y murmuró:
--Yo te amo: mi vida es tu amor, si me falta tu amor yo moriré.
Cuando llegaron, pues, á Tarazona ella y él eran los amantes mas
dichosos de la tierra.
Abd-el-Rahhaman, en cuanto anunció su embajada á Alonso IV de Aragon, le
pidió permiso para verle particularmente, y el rey se apresuró á
concedérselo: al atravesar el infante una galería del alcázar, cruzó por
delante de él una dama cristiana, y se detuvo un momento y palideció.
El infante sintió tambien á la vista de la dama no sé qué estraño
presentimiento.
La dama siguió adelante murmurando:
--¡Oh! ¡qué moro tan gentil!
Y el infante siguió diciendo para sus adentros:
--¡Oh! ¡qué cristiana tan hermosa!
Pero ella amaba á otro hombre, y él amaba á Walidé.
Aquella dama que habia cruzado como una tentacion la galería, era doña
Catalina de Cardona, doncella noble de la reina de Aragon.
--¡Era mi madre!
--Sí, tu madre era: respondió el mago, y despues de un momento de
silencio continuó.