V.

Hace veinte años, el rey de Granada envió una ostentosa embajada al rey

de Aragon.

Era embajador del rey de Granada un valiente, noble y hermoso mancebo

infante de la casa real, que se llamaba Abd-el-Rahhaman-el-Ferih.

Se trataba de asentar unas treguas, y el rey de Granada escogió á su

primo Abd-el-Rahhaman, porque era persuasivo, dulce, sabia ganar las

voluntades de todo el mundo, y era además valiente y discreto.

Con Abd-el-Rahhaman envió el rey de Granada al de Aragon un riquísimo

presente; se contaban por cientos las piedras preciosas, por docenas los

caballos de arabia, y las alfombras de Persia y los perfumes y las

barras de oro y plata.

Entre estos presentes iba una doncella de sangre real, que con un

crecidísimo dote enviaba el rey moro al rey cristiano, ya para que la

tomase por suya, ya para que la casase, como en honra, con el caballero

de su corte que mas le viniese en agrado, ó con cualquier caballero que

aunque no fuese natural de sus reinos fuese vasallo suyo.

Walidé, que así se llamaba la infanta granadina, habia salido del harem

donde la habian criado sus ayas, con alegría: hasta entonces no habia

visto mas gentes que las mugeres del harem, ni mas hombre que el rey su

tio, y los silenciosos eunucos, ni se habia espaciado su vista mas que

en el azul firmamento: que, en cuanto á la tierra, no habia podido pasar

de los muros de los jardines del harem.

Ni amaba, ni sabia lo que era amor.

Tenia solo catorce años, y el amor dormia aun desconocido para ella en

su alma.

Era á pesar de su juventud una muger poderosamente hermosa, blanca,

gentil, modesta; pura la dulce sonrisa de sus ojos, pura la tranquila y

cándida sonrisa de su boca.

Cuando Walidé se vió fuera de la Alhambra, sobre las amugas de brocado

de su blanca hacanca, rodeada de guardas negros á caballo y acompañada

de Abd-el-Rahhaman, que solícito no se apartaba de ella un punto, sonrió

al primer hombre hermoso que veia.

Y Abd-el-Rahhaman, á pesar de haberse casado cuatro años antes y de

tener un hijo, se estremeció ante aquello primera sonrisa de amor casi

virgen, ante aquella dulce y tranquila mirada que decia amor sin

saberlo.

Y luego, cuando Walidé salió por la puerta de Elvira de la ciudad, y vió

estenderse ante ella la ancha vega con sus mil colores, con sus mil

aldeas, con sus lejanas montañas azules, sonrió y miró con amor á aquel

verdor riente, engalanado, magnífico con sus vapores dorados bajo el sol

de la mañana, como habia sonreido y mirado con amor al hermoso y gentil

infante Abd-el-Rahhaman.

Walidé empezaba á vivir.

Empezaba á abrir su alma al amor, pero de una manera tranquila,

inocente, como era tranquila é inocente su alma.

En mal hora el rey su tio, necesitado de paces con el cristiano, habia

fijado su mirada fria en la cándida hermosura de la infanta, para

enviarla casi esclava á una tierra estraña, á ser la esposa de alguno de

los zafios montañeses, vasallos del rey de Aragon.

Porque el rey de Aragon no podia como cristiano tener mas que una

esposa, y siendo presentada de una manera solemne y pública en su corte

Walidé, no podia hacerla su manceba sin grave escándalo.

El rey de Granada enviaba, pues, una doncella casadera, hermosa, noble y

rica, para que su suerte se jugase á la suerte: para que deshojase

aquella flor delicada el rudo choque con un montañés bravío.

Y la desdicha mayor fué, que el embajador del rey de Granada, su primo

el infante Abd-el-Rahhaman, se enamorase ciegamente de Walidé, hasta el

punto de que hizo para sí el razonamiento siguiente:

--Mi primo el señor rey de Granada, envia á la infanta al rey de Aragon

para que la tenga para si ó la dé en matrimonio á uno de sus vasallos.

El rey de Aragon no guardará para sí la infanta: sus costumbres

cristianas se lo vedan: pues bien; antes de dar mi embajada al rey de

Aragon, le rendiré pleito homenage por mis castillos de la frontera de

Murcia, me declararé su vasallo... y despues... aunque sea necesario

escitar su interés con algunos miles de doblas, procuraré que yo sea el

vasallo que el rey de Aragon elija para esposo de la infanta.

Y fiando demasiado en sus cálculos el enamorado embajador, se dedicó á

enamorar á Walidé.

Cuando llegaron á Tarazona, donde tenia su córte por aquellos dias el

rey de Aragon don Alonso IV, ya Walidé y Abd-el-Rahhaman se amaban

mútuamente, y lo que es mas, se lo habian concedido todo.

Porque el infante habia dilatado cuanto habia podido el viaje, haciendo

jornadas muy cortas y deteniéndose á veces en un pueblo tres dias.

Walidé se habia enamorado del infante desde el momento en que le habia

visto, y Abd-el-Rahhaman no habia sido el mas fiel depositario.

Los primeros dias Walidé fué llevada por su hacanca, pero al poco

tiempo, con la ocasion de pasar un rio cuyo puente se habia roto, por un

vado, el infante, para asegurar á la infanta de un tropiezo y de una

caida al agua, la puso sobre un cogin sobre el arzon delantero de su

caballo, y la rodeó la redonda y esbelta cintura con un brazo

tembloroso.

Walidé se estremeció y esperimentó una sensacion dulce, infinita.

Hasta entonces ella y él solo habian hablado con los ojos.

Era el principio de la noche: la numerosa embajada del infante, con sus

ginetes y con sus acémilas, atravesaba una ancha sábana del

Guadalquivir.

La luna reflejaba en las aguas, y se duplicaba en los dos brillantes

ojos de Walidé, que se fijaban en ella con una dulce y pensativa

melancolía, mientras el infante, conduciéndola en el arzon de su

caballo, estrechaba enamorado su cintura, y bebia con su ardiente

mirada, la mirada de la infanta fija en la suya.

Y entonces la infanta, que estaba entregada á un sueño de amor, oyó

junto á sí una voz dulce, ardiente, trémula, que la decia:

--Yo te amo.

Te amo como la noche á la luna que la dá su blanca y dulce luz: te amo

como el alba al sol que tiñe sus megillas de púrpura.

Te amo como á la tierra el mar que contínuamente la besa, y como el

viento á la palmera que contínuamente la mece.

Amame tú, maga de mis sueños, á quien yo he amado antes de ver tu

hermosura.

Amame tú, sino quieres que mi alma esté lóbrega como una noche sin luna,

fria como una alborada sin sol, silenciosa como la tierra á quien el mar

no besa, y triste y mustia como una palmera á quien no acaricia el

viento.

--¿Y qué es amor? dijo Walidé apartando su mirada de la luna y fijándola

cándida y enamorada en el infante. ¿Es por ventura el amor ese tranquilo

afan del alma, que sueña y vé en sus sueños un hombre? ¿Es por ventura

un dulce fuego que llena el alma y la aduerme en una delicia sin fin,

junto al hombre del sueño? ¿Es por ventura el amor el que estremece la

cintura de la muger cuando el hombre que ha soñado la rodea con su

brazo? ¡Oh! si ese es el amor que acaricia al alma, y la consuela, y la

dilata, y la enciende en un dulce fuego; si es el amor el que dá á los

ojos de la muger un alma cariñosa, y dulce por los ojos de un hombre, yo

te amo, señor; yo te amo como la noche á la luna, como el alba al sol,

como el mar á la tierra, como el viento á la palma. Si amar es no vivir,

ni pensar, ni alentar mas que para un hombre, yo te amo, señor, yo te

amo.

Y Walidé reclinó la cabeza sobre el hombro de Abd-el-Rahhaman, que la

besó en la frente.

Walidé se estremeció de una manera mas poderosa, y murmuró:

--Yo te amo: mi vida es tu amor, si me falta tu amor yo moriré.

Cuando llegaron, pues, á Tarazona ella y él eran los amantes mas

dichosos de la tierra.

Abd-el-Rahhaman, en cuanto anunció su embajada á Alonso IV de Aragon, le

pidió permiso para verle particularmente, y el rey se apresuró á

concedérselo: al atravesar el infante una galería del alcázar, cruzó por

delante de él una dama cristiana, y se detuvo un momento y palideció.

El infante sintió tambien á la vista de la dama no sé qué estraño

presentimiento.

La dama siguió adelante murmurando:

--¡Oh! ¡qué moro tan gentil!

Y el infante siguió diciendo para sus adentros:

--¡Oh! ¡qué cristiana tan hermosa!

Pero ella amaba á otro hombre, y él amaba á Walidé.

Aquella dama que habia cruzado como una tentacion la galería, era doña

Catalina de Cardona, doncella noble de la reina de Aragon.

--¡Era mi madre!

--Sí, tu madre era: respondió el mago, y despues de un momento de

silencio continuó.

La alhambra; leyendas árabes · 第 101 / 311 题