IV.

Entre tanto el wazir Masud-Almoharaví, estaba delante de María.

De María; la amante de Gonzalo, la cautiva del malaventurado Abul-Walid,

la pobre huerfana abandonada, olvidada por el infante Ebn-Ismail.

Una noche, la noche siguiente á la en que el infante la habia prometido

salvarla de los amores del rey, María, replegada en el ángulo de un

divan, inmóvil y silenciosa, lloraba.

Y no cesaba su llanto, y un secreto temor la oprimia el alma, y triste y

apenada, no se atrevia á pensar en Gonzalo.

Porque no sabia si le perderia porque la muerte se lo arrebatára, ó

porque su desdicha la arrebatára á Gonzalo.

Porque María estaba resuelta á morir antes que otro hombre la robase al

amado de su alma.

Durante el dia habia oido gritos tumultuosos al otro lado de la Alhambra

por la parte de mediodía: habia visto correr á los soldados hácia el

oriente por los cercanos adarves, y el eunuco mudo que la servia se

habia olvidado de llevarla la comida.

Del mismo modo se habia olvidado de encender la lámpara.

La cámara estaba iluminada solo por el reflejo de la luna que entraba

por un ajimez, y por los trasparentes de estuco de la cúpula, en rayos

plateados.

Nunca tan fantástica aquella cámara; nunca mas hermosa María que

entonces, apenada, doliente, anegada en llanto, al reflejo pálido de

aquella luz fantástica.

Y, como hemos dicho, á pesar de que era la estacion de los calores,

María sintió un frio mortal, un terror vago, profundo, una inquietud

horrible; la parecia que no estaba sola, que habia junto á ella alguien

á quien no veia, y que á pesar de no verle le parecia un ser horrible,

sobrenatural, maldito.

María, de tiempo en tiempo y como atraida por una fuerza invisible

fijaba sus ojos en el fondo oscuro del arco de la puerta de la cámara.

De repente pareció que en aquel fondo oscuro brillaba como humo

débilmente luminoso, una forma indeterminada, que aquella forma vaga se

condensaba, que tomaba al fin la figura de un hombre alto y negro.

Aquel hombre, ó aquella sombra adelanta lentamente hácia María.

Y María no gritó porque hay terrores que ahogan la voz, que hielan la

sangre, y que si duran mucho tiempo, matan.

Aquella sombra se detuvo en el centro de la cámara, debajo de la

lámpara, y estendió el brazo hasta ella y la tocó.

Y sin saber María cómo podia ser, porque no habia visto luz en las manos

de aquel hombre, al tocar aquella mano á la lámpara, la lámpara ardió.

Entonces María vió á un viejo horrible.

En una palabra, al mago Abu-Jacub-Al-Hhakem-Billah.

--Estás estremecida de espanto, dijo el sabio, y es necesario que no

temas, ¿y por qué has de temer? Cuando los hombres se olvidan de tí,

Dios me envia á salvarte.

Y María como si su alma obedeciese á una voluntad poderosa, perdió su

temor y miró, tranquila ya, á Abu-Jacub.

--¿Quién eres? le pregunta.

--¿Quién soy yo? replicó el viejo, ¿y qué te importa? no era mas natural

que me dijeses: ¿quién soy yo?

--Yo soy una desdichada que muere apartada de cuanto la era amado en el

mundo: la muerte me arrebató a mi padre...

--¡Tu padre! ¡hé aquí lo que son los hijos del hombre! ¡para ellos el

corazon y la conciencia no es mas que la costumbre! ¡Tu padre! ¿sabes tú

quién es tu padre?

--He conocido un noble anciano, que me llamaba su hija, que me amaba

como á su hija, á quien yo amaba como a mi padre.

--¿Y crees tú que era menos noble, el padre que te dió el ser?

--¿Le conoceis vos?

--¿Qué si le conozco? ya lo creo.

--¿Y os envia él?

--No, ya te lo he dicho, me envia Dios. Hoy me envia á esta cámara,

mañana me enviará debajo de esta cámara.

--No os comprendo.

--Ni te importa nada el no comprenderme en esta parte. Hablábamos de tu

padre.

--¡Oh! ¿si habeis conocido á mi padre, conoceriais tambien á mi madre?

--Cierto que la conocí...

--¡Ah! ¿decidme?...

--Tu madre; doña Catalina de Cardona...

--¡Ah! ¿era castellana?...

--Era catalana...

--¿Pero los catalanes son cristianos?

--Sí ciertamente, y cristiana era tu madre, y noble, y pura, y hermosa;

la muger mas hermosa de la córte de Aragon.

--Mi padre, el noble caballero que me ha criado y á quién no puedo menos

de llamar mi padre, me dijo que me habia encontrado muy niña en mi

primera infancia en una villa del reino de Granada en poder de infieles.

¿Será que acaso los moros me robaron á mis padres?

--No: dijo Abu-Jacub, me obligas á contarte una historia y voy á

hacerlo.

Escúchame, pues.

Y Abu-Jacub empezó de esta manera.

La alhambra; leyendas árabes · 第 100 / 311 题