Aun estaban calientes los restos de Abul-Walid, aun llevaba por él luto
la corte, cuando dos sombras cuidadosamente encubiertas salian del
alcázar, atravesaban pegados á los adarves la parte alta de la Alhambra,
llegaban á la torre de la Cautiva, y una de ellas abria su puerta,
entraban las dos sombras y la puerta tornaba á cerrarse.
Entonces á la luz de una lámpara que iluminaba el patio de la torre se
veia que estas dos personas, que se habian despojado ya, seguras de no
ser vistas, la una de su velo, la otra del capuz de su almaizar, eran la
sultana Ketirah y el wazir Masud-Almoharaví.
Los dos infames cómplices.
Ella bajo su ancho haike iba deslumbrantemente engalanada.
El mostraba brocados bajo su ancho almaizar.
El wazir bajaba con la sultana por las escaleras á la habitacion
inferior de la torre.
Luego subia otra vez las escaleras, llegaba á la puerta de la habitacion
superior, la abria y entraba.
La sultana cuando se quedaba sola, abria una ventana que daba sobre el
pendiente barranco que rodea la espalda de la Alhambra.
Y allí, ya fuese la noche serena, oscura, solo alumbrada de una manera
vaga é infinita por el débil resplandor de los luceros, ya la pálida
luna inundase la torre, la ventana, y la frente, tan maldita como
hermosa de Ketirah; ya la tormenta bramase en los aires, y el relámpago
rasgase las tinieblas, y la lluvia azotase su frente, y el huracan
desordenase sus cabellos, la sultana permanecia inmóvil, anhelante, con
el corazon estremecido, con la mirada candente y fija en lo profundo del
oscuro barranco.
Y pasaban algunas veces horas perezosas, largas, apenadoras, sin que la
sultana oyese mas que el zumbar del viento, ó el suspirar de las auras
entre las frondas del cercano Generalife, ó el retumbar del trueno ó el
dulce canto de los ruiseñores enamorados.
Y Ketirah no tenia oidos ni ojos mas que para el infante Ebn-Ismail, y
parecíale estar escuchando su voz enamorada, y estar viendo siempre su
hermoso semblante, pálido de amor, y sus negros ojos fijos en los suyos.
Solo habia un ruido que la sultana percibia desde muy lejos aunque
silvase el viento y gotease la lluvia y rebramase el trueno; y este
ruido era el de los pasos de un hombre que, invariablemente, tardando
mas ó menos, subia por el barranco, adelantaba, se detenia al pie de la
torre y lanzaba un ténue silvido.
Y entonces la sultana trémula de impaciencia, y estremecida de amor,
enloquecida, trasportada, arrojaba una larga escala fuera de la torre,
afianzaba cuidadosamente sus garfios en el alfeizar de la ventana, y
avanzaba el cuerpo hácia afuera solícita y cuidadosa.
Poco despues la escala se atirantaba, balanceaba, y un hombre subia,
llegaba al alfeizar y saltaba dentro de la habitacion entre los brazos
de la sultana.
La lámpara que ardia lánguidamente en la cámara, alumbraba la frente del
que habia entrado.
Aquel hombre era el infante Ebn-Ismail.
El infante que aun estaba fascinado por los tentadores encantos de
Ketirah.
El infante que estaba vendido á Satanás.