III.

Aun estaban calientes los restos de Abul-Walid, aun llevaba por él luto

la corte, cuando dos sombras cuidadosamente encubiertas salian del

alcázar, atravesaban pegados á los adarves la parte alta de la Alhambra,

llegaban á la torre de la Cautiva, y una de ellas abria su puerta,

entraban las dos sombras y la puerta tornaba á cerrarse.

Entonces á la luz de una lámpara que iluminaba el patio de la torre se

veia que estas dos personas, que se habian despojado ya, seguras de no

ser vistas, la una de su velo, la otra del capuz de su almaizar, eran la

sultana Ketirah y el wazir Masud-Almoharaví.

Los dos infames cómplices.

Ella bajo su ancho haike iba deslumbrantemente engalanada.

El mostraba brocados bajo su ancho almaizar.

El wazir bajaba con la sultana por las escaleras á la habitacion

inferior de la torre.

Luego subia otra vez las escaleras, llegaba á la puerta de la habitacion

superior, la abria y entraba.

La sultana cuando se quedaba sola, abria una ventana que daba sobre el

pendiente barranco que rodea la espalda de la Alhambra.

Y allí, ya fuese la noche serena, oscura, solo alumbrada de una manera

vaga é infinita por el débil resplandor de los luceros, ya la pálida

luna inundase la torre, la ventana, y la frente, tan maldita como

hermosa de Ketirah; ya la tormenta bramase en los aires, y el relámpago

rasgase las tinieblas, y la lluvia azotase su frente, y el huracan

desordenase sus cabellos, la sultana permanecia inmóvil, anhelante, con

el corazon estremecido, con la mirada candente y fija en lo profundo del

oscuro barranco.

Y pasaban algunas veces horas perezosas, largas, apenadoras, sin que la

sultana oyese mas que el zumbar del viento, ó el suspirar de las auras

entre las frondas del cercano Generalife, ó el retumbar del trueno ó el

dulce canto de los ruiseñores enamorados.

Y Ketirah no tenia oidos ni ojos mas que para el infante Ebn-Ismail, y

parecíale estar escuchando su voz enamorada, y estar viendo siempre su

hermoso semblante, pálido de amor, y sus negros ojos fijos en los suyos.

Solo habia un ruido que la sultana percibia desde muy lejos aunque

silvase el viento y gotease la lluvia y rebramase el trueno; y este

ruido era el de los pasos de un hombre que, invariablemente, tardando

mas ó menos, subia por el barranco, adelantaba, se detenia al pie de la

torre y lanzaba un ténue silvido.

Y entonces la sultana trémula de impaciencia, y estremecida de amor,

enloquecida, trasportada, arrojaba una larga escala fuera de la torre,

afianzaba cuidadosamente sus garfios en el alfeizar de la ventana, y

avanzaba el cuerpo hácia afuera solícita y cuidadosa.

Poco despues la escala se atirantaba, balanceaba, y un hombre subia,

llegaba al alfeizar y saltaba dentro de la habitacion entre los brazos

de la sultana.

La lámpara que ardia lánguidamente en la cámara, alumbraba la frente del

que habia entrado.

Aquel hombre era el infante Ebn-Ismail.

El infante que aun estaba fascinado por los tentadores encantos de

Ketirah.

El infante que estaba vendido á Satanás.

La alhambra; leyendas árabes · 第 99 / 311 题