Todo es confusion dentro y fuera de palacio.
El rey moribundo ha sido conducido á la cámara de la sultana Ketirah,
cuya alma se alegra, pero á cuyos ojos asoman lágrimas.
Arrójase sobre el rey, llora, gime, se mesa los cabellos y pretende
cerrar con sus labios sus heridas.
Y el rey moribundo vuelve á ella los turbios ojos, la reconoce y grita:
--¡Esta! ¡esta! ¡la infame adúltera, es la causa mi muerte! ¡Apartadla,
apartadla de mí, y descabezadla! ¿No lo oís? ¿No soy yo el rey? ¿Nadie
me obedece?
Pero con la sultana y con el rey solo está Masud-Almoharaví: el cómplice
del parricidio de Ketirah, el envenenador de la sultana Aleidah, y no se
mueve.
--¿Es verdad lo que el sultan moribundo dice? pregunta el wazir á
Ketirah.
--Sí, sí: amo al infante Ebn-Ismail, dice Ketirah la terrible muger que
no sabe conservar mucho tiempo el disimulo: le amo y me ama. ¿Qué me
importa todo? yo no negaré nunca mi amor.
Masud se estremece y mira si hay alguien que los escuche.
Pero nadie hay en la cámara.
--¡Silencio, imprudente! grita poniendo una mano en la boca de la
sultana. ¡Si alguien te oyera rodarian nuestras cabezas! ¡Pero ese
hombre está espirando! añade mirando al rey: ¡Granada está alborotada!
¡Es necesario prevenir el primer ímpetu de la irritada muchedumbre!
¡Voy!... ¡es preciso que yo salga de aquí! ¡Quédate tú; no te separes de
él; está espirando; pero si antes de espirar entrase alguien!... ¡antes
de que hable, Ketirah!...
Ketirah lanza una mirada terrible al rey, que dice á Masud que ella le
ha comprendido y Masud sale.
Y el rey que lo ha oido todo, que ha comprendido lo horrible de su
situacion, pretende levantarse y prorrumpe en gritos.
Pero Ketirah sofoca sus gritos, cubriéndole la cabeza con su almaizar, y
el rey lucha, y con la lucha sale á borbotones la sangre de las heridas.
El rey ya no puede gritar, nadie puede oirle.
Ketirah continúa sofocándole, implacable y terrible con el almaizar.
Y el rey continúa luchando.
Y la sangre brotando de las heridas.
Satanás se sonrie escondido en la cúpula.