Masud-Almoharaví, que acompaña al rey, mira con recelo al infante y á
los suyos, pero no se atreve á espresar sus temores, porque no son por
la vida del rey, sino porque espera que aquellos caballeros se quejen de
él amargamente al rey, y el segundo wazir, que tambien al rey acompaña,
permanece en su puesto y sin recelar nada, grave é inmóvil.
Empieza la audiencia, y sigue, y es larga, porque son muchos los
querellosos que acuden al rey.
Quedan sin embargo pocos, y los conjurados no oyen el rumor que
esperaban, y que debe ser la señal para consumar su delito.
En fin, el último de los del pueblo es oido, y no habiendo ya mas á
quien juzgar, el rey dirige severamente la palabra á Ebn-Ismail.
--¿De qué tienes que quejarte, mi noble primo? le dice.
En aquel momento suena un rumor sordo en la parte de la ciudad, allá
abajo, que aumenta y zumba.
El semblante de Ebn-Ismail palidece aun mas; sus ojos centellean, y dice
adelantando hácia el trono.
--Me querello de tu tiranía, dice sin inclinarse, con la frente alta y
terrible acento de amenaza.
El rey palidece y tiembla de cólera; salta abajo del trono empuñando su
espada, y se dirige furioso á Ebn-Ismail apellidándole traidor.
Pero Ebn-Ismail mas pronto, ó mas afortunado, ase al rey por sus
vestiduras, le arroja contra la puerta, saca un puñal de la manga de su
aljuba, y dice con voz terrible hiriendo al rey:
--¡Tú me robaste en Martos una doncella cristiana, y yo te robo la vida!
Y en el mismo punto, y cuando el rey cae exánime, y el segundo wazir,
que ha pretendido defender al rey, cae hecho pedazos por los conjurados,
el rumor, los gritos que se acercan, resuenan ya distintos, y se escucha
á una turba inmensa que adelanta hácia el alcázar gritando:
--¡Muera el wazir Masud-Almoharaví! ¡muera el tirano!
Y la confusion cunde, y los guardas se arremolinan, y Ebn-Ismail y los
suyos se abren paso con sus espadas entre la revuelta y sorprendida
guardia africana, y se reunen al populacho que llega sediento de la
sangre del wazir, escitado y pagado por los caballeros de la
conjuracion, y gritando cada vez con mas furor:
--¡Muera el wazir Masud-Almoharaví! ¡muera el ladron! ¡muera el tirano!
Y en aquel momento terrible, el wazir amenazado, ase al rey moribundo,
le carga sobre sus hombros, y se pierde con él en el interior del
alcázar, despues de gritar á los de la guardia africana:
--¡Cerrad las puertas! ¡á los muros los ballesteros! ¡sígame, siga al
rey el que no sea traidor!
Y la puerta cierra sus dos hojas de hierro antes que puedan llegar los
conjurados, que sacian su corage despedazando á los africanos que han
quedado fuera, y combaten inútilmente durante todo aquel dia el alcázar,
del cual son rechazados.