Entre tanto Masud-Almoharaví sale al patio á sosegar á la guardia que
está revuelta, y la gente que se agolpa fuera del alcázar, y les
dice:--Que el rey está vivo, que sus heridas son leves, y que pronto le
verán sano y salvo.
Para sincerarse, ó mas bien para evitar toda sospecha respecto á
Ketirah, manda prender de órden de la sultana á algunos de los que
habian estado en el motín, y de órden de la sultana los descabeza en el
acto y manda poner sus cabezas en las almenas de la Puerta del Juicio.
Despues entra de nuevo en la cámara de la sultana.
El rey habia muerto.
La sultana le miraba friamente.
Acababa de espirar, y Ketirah tenia las manos teñidas en sangre.
--¡Oh! ¡qué es eso! esclama Masud al ver las rojas manos de la sultana.
--Una puñalada mas; responde friamente Ketirah. Tardaba mucho en morir,
sentí pasos que se acercaban, y no sabiendo que eran los tuyos, sentí
miedo.
Y Ketirah se encamina á la fuente que surge en el centro de la cámara y
lava tranquilamente sus manos y su puñal, que cuando está limpio envaina
y guarda entre su ceñidor de púrpura.
--Yo amo al infante Ebn-Ismail, dice poniendo las manos en los hombros
de Masud y acariciándole con su mirada. Quiero que sea sultan. Quiero
ser su sultana.
Masud se estremece.
--¡Imposible! esclama: hé mandado cortar las cabezas de algunos paciales
del infante Ebn-Ismail, y este anda huyendo.
--¿Y por qué has ajusticiado á esos hombres?
--Para que el pueblo no nos hiciera pedazos.
--Quiero que el amado de mi alma sea sultan, y yo ser sultana; replica
con doble insistencia Ketirah.
--El pueblo no recibirá un rey que tiene teñidas las mano en la sangre
de Abul-Walid, á quien amaba. El pueblo mirará con horror á la esposa de
Abul-Walid entre los brazos de su asesino.
--¿Y qué hemos de hacer? ¿hé de perder yo á mi amado?
--Gozar puedes sus amores sin zozobra y en secreto, siendo gobernadora
del reino conmigo á nombre del príncipe Mohammet.
--¡El hijo de Aleidah!
--¿No murió su madre?...
--Sí.
--¿No es débil de salud el príncipe?
--Sí.
--Si dentro de un año, pasado ya el horror que hoy siente el pueblo por
el infante Ebn-Ismail, muriese el rey Mohammet...
--¿Entonces mi adorado podria ser proclamado rey?
--Quién lo duda.
--¿Y seré yo entre tanto gobernadora?...
--Conmigo.
--¡Vé entonces, vé, Masud! ¡yo me quedo guardando al rey muerto! ¡vé tú
á proclamar al rey vivo!
Vuelve á salir Masud de la cámara de Ketirah, y dice á la guardia
berberisca y á su caudillo Ozmin que el rey vá muy bien.
Luego sale por la ciudad, habla á sus amigos y les dice que vayan á
palacio para autorizar y defender lo que conviene al bien comun y
particular de todos ellos.
Trae á cuantos amigos puede á palacio, los deja en el patio con la
guardia, y entra en la cámara de la sultana.
Poco despues envia un mensage al caudillo Ozmin y á todos los caballeros
diciéndoles que pasen al salon, que el rey, mas restablecido, les quiere
hablar.
Entran todos en el salon de Embajadores, y cuando toda la nobleza de la
córte está junta, se presenta la sultana Ketirah doliente, llorosa y
enlutada, llevando de la mano al príncipe Mohammet, niño de poca edad.
Masud les anuncia la muerte del rey, y los compele á que juren al jóven
príncipe.
Amigos los unos del rey difunto, sobrecogidos otros, aunque no faltaban
ambiciones, juran á Mohammet-ebn-Ismail-ebn-Nazar por su rey y señor.
Luego toda la nobleza y la guardia salen por las calles y repiten en
Granada la proclamacion del nuevo rey.
Pero aquella noche una sombra se desliza por la cuesta que rodea las
espaldas de la Alhambra, llega al pie de una torre y hace una señal; cae
una escala, y el bulto trepa por ella hasta un ajimez.
Luego se escucha un beso entre el silencio, y el ajimez se cierra.
El asesino y su cómplice la adúltera, están entregados á su amor, y
Masud-Almoharaví, el infame, vela sus placeres.