Al dia siguiente el infante Ebn-Ismail, su hermando Yshac, y como hasta
cincuenta caballeros parciales suyos, aparecen en la Puerta del Juicio
de la Alhambra dentro del círculo de los guardas, y al pie del trono de
justicia.
Su nobleza les concede aquel lugar que nadie les ha disputado.
Aun no ha salido el sol, y el rey no se ha sentado en el trono de
justicia.
Pero ya están allí el estandarte real, y los guardas, y los que esperan
para esponer sus quejas.
Nótase algo de sombrío en el semblante de Ebn-Ismail y de los caballeros
que le acompañan.
Sus miradas inquietas parece que esperan la aparicion de algo que tarda,
y sus oidos atentos un rumor que no suena.
Y no es el rey lo solo que esperan. No es el alarido de las trompetas
que anuncian su llegada el ruido único que ansían escuchar; porque sus
miradas y su atencion tanto parecen dividirse entre el interior del
alcázar y el esterior de él.
Al fin suena un alto alarido de trompetas, añafiles y atakebiras en la
parte de adentro, y el infante Ebn-Ismail y los caballeros que le
acompañan se inquietan y palidecen.
El rumor se acerca mas.
Nuevas guardias rodean el trono de justicia, y al fin aparece el rey
Abul-Walid, que se sienta en medio de su magestad en el trono, y,
--¿Qué quieren mi noble primo y mis caballeros? dice con voz ronca al
infante y á los que le rodean al pie del trono.
El infante mira á los suyos, y estos como que parecen decirle con sus
miradas espera; y,
--Venimos á pedirte justicia, señor, contesta Ebn-Ismail: pero los
pobres y los menestrales esperan tambien: juzga sus agravios antes que
los nuestros, invencible sultan.
[imagen no disponible: Muerte de Abul-Walid