XIV.

Encontróse en un ancho subterráneo de negra bóveda y de muros húmedos.

Aquel subterráneo presenta por todas partes señales indudables de que es

una cisterna.

Alrededor hay de pie multitud de moros, algunos de los cuales tienen

hachas encendidas en las manos.

El infante vé que la mayor parte de aquellos caballeros son amigos

suyos.

--¿Por qué, pues, habeis desconfiado de mí? dice.

--Se vé el rostro de los amigos, contesta el que antes habia hablado,

pero no se vé el corazon.

--Aprovechemos el tiempo, replica el infante: ya es alta la noche, y yo

pienso matar al rey mañana cuando esté en su trono de justicia.

--¿Y tambien al wazir Masud-Almoharaví? preguntan algunos.

--Al wazir tambien, dice el infante.

--Si nos dás el oro que sea necesario, aun nos queda tiempo bastante

para pagar la gente aventurera, los mendigos y los alborotadores, y

producir un motin, dice otro.

--Oro tendreis cuanto sea necesario, replica el infante.

--Pero, si hemos de matar al rey, dice el que primero ha hablado, es

necesario que pensemos en quién ha de sucederle.

--¿Y quién ha de sucederle mejor que su hijo y de la sultana Aleidah?

dice el infante.

--El príncipe Mohammet es muy jóven aun, dicen la mayor parte de los

conjurados.

Y--No faltará quien gobierne durante su juventud, dice el infante.

Trátase al fin el negocio, líganse unos á otros con juramentos, dánse

señas, salen de la cueva, y dos de ellos acompañan al infante á su casa

á recibir el dinero con que habia de pagarse la sublevacion del

populacho.

El infante queda solo.

Pero no se recoge al lecho.

Pasa lo que resta de noche paseándose por su cámara, delirando como un

ébrio, y encendida el alma con el ardiente recuerdo de las caricias de

la tentadora sultana Ketirah.

La alhambra; leyendas árabes · 第 88 / 311 题