XII.

Fuera de sí el infante, busca de nuevo las escaleras y la mina; llega á

Generalife, y para que no puedan sospechar de su ausencia anterior ni de

la que deba seguirla, se deja ver en la zambra.

Y no solo se deja ver, sino que se dirige á la sultana Ketirah, y como

infante de Granada la dice:

--¿Primavera de flores que no se marchitan, alegría del mundo, alma del

alma del magnífico y vencedor sultan de Andalucía, querrás honrar á tu

esclavo, con la honra mayor de la tierra, y hacerle dichoso con la

felicidad mayor de la vida, bailando con él esta zambra?

La sultana le mira, y su semblante antes frio, severo, que parece

empañado por una nube funesta, se dilata, sonrie y tiende su mano al

infante.

--¿Y no palidecerá de celos, le dice de modo que nadie pueda oirlo, al

verme danzar contigo la amada de tu alma?

--La amada de mi alma vive en mi corazon, responde el infante con voz

insegura y temblorosa, y no puede tener celos de tí, sultana.

Y el infante al pronunciar estas palabras, recuerda dolorosamente á su

perdida sultana Aleidah, envenenada por Masud-Almoharaví, para poner en

el trono á Ketirah.

Aleidah, el arcángel de paz que amaba á Ebn-Ismail en el misterio de su

alma, como Ebn-Ismail la amaba á ella, que jamás le confesó su amor ni

con un relámpago de sus negros ojos, ni con un suspiro de su alto seno,

ni con una sonrisa de su purpúrea boca.

Aleidah, la honesta, la cándida y la pura, que bajó á la tumba llevando

con ella el secreto de su amor.

--¿Y sabe la amada de tu corazon que vive en él? dice Ketirah con voz

desfallecida, abandonándose lánguidamente á la zambra entre los brazos

del infante, que se sorprende á aquellas palabras porque no las espera.

Pero en aquel momento comprende que Ketirah le ama, que puede herir el

alma de Abul-Walid en su honra antes que herir su cuerpo, y se propone

engañar el amor de la sultana, que espera su respuesta, fijando en sus

ojos la ardiente y lánguida mirada de sus ojos garzos.

El rey, que ha vuelto á la zambra, y que vaga sombrío y ceñudo por los

salones, vé de improviso la mirada que se cruza entre la sultana y el

infante; nota su conversacion en voz baja, cree adivinar sus palabras, y

su honra ofendida, sino su amor; porque el que siente por María le

impide amar á otra muger; rugen en violenta lucha en su corazon, y

abarca en una mirada de ódio salvage á los dos imprudentes que osan

mancillar su nombre.

Y Ketirah no nota aquella mirada, porque hace mucho tiempo que ama en

secreto á Ebn-Ismail, desesperada, y la primera palabra de amor del

infante la ha enloquecido.

Nada vé, nada oye, nada siente mas que la traidora mirada de Ebn-Ismail,

y el brazo con que este estrecha fuertemente su cintura.

Ketirah lo ha olvidado todo, no vive mas que para el infante.

Pero el infante observa al rey, y le vé trémulo, terrible, dudando.

--No te atreverás á deshonrarte delante de tu córte, dice para sí el

infante: procurarás vengarte, porque comprendes que porque me has robado

á la cautiva cristiana, te robo yo tu esposa. Yo no sabia que tu esposa

me amaba, pero ya que me ama, mi venganza será completa: primero tu

honra, despues tu vida. Cuando quieras vengarte será tarde.

Y sigue danzando con la sultana, con la sultana que le sonríe amorosa,

mostrándole por sus entreabiertos labios, que dan salida á ardientes

suspiros, perlas mas blancas, mas puras, mas frescas que la del rico

collar que al compás de la danza se agita en su cuello de nacar sobre su

alto y palpitante seno.

Ketirah es muy hermosa.

Sus negros cabellos flotan perfumados como una nube negra y densa en

medio de la cual, pálida de amores, brilla la luna llena en toda su

hermosura; una luna en que hay dos soles que despiden rayos.

Su cintura es redonda y mórvida y cimbradora, y la falda de la túnica

dejaba ver, al flotar, un pie por el que envidiarian ser pisadas las

flores.

Y no se balancea con mas gracia una palmera al impulso de las auras que

la gallarda sultana en la danza, entre los brazos de Ebn-Ismail.

Y hay un momento en que el infante á pesar de su eterno amor á su per

dida Aleidah, se siente embriagado como el que ha bebido con esceso el

nectar prohibido á los creyentes.

Todo lo que hay en torno suyo vaga, gira confuso, y no vé nada; nada mas

que los ojos y la boca de Ketirah.

¡Ketirah! ¡el demonio tentador! ¡el tósigo libado en copa de oro! ¡la

maga maldita de la tentacion!

¡Ketirah! ¡á quien para ser comparada á una hurí solo la faltan los ojos

negros, y que hace suspirar al creyente, porque sabe que en el paraiso

no encontrará una hurí que tenga los ojos garzos como Ketirah!

¡Ketirah! ¡que atrae á sí los corazones y los abrasa con un leve

relámpago de sus ojos!

¡Ketirah la envenenadora! ¡Ketirah la adúltera!

¡La adúltera!

Vedlos: se pierden en los jardines.

Ved al rey que los sigue.

Ved despues que ellos tornan, y sus miradas son mas amantes y guardan un

destello de felicidad.

--¿Y por qué no? dice el infante vacilando de su virtud: muger mas

hermosa no he conocido, y me ama como las flores al sol. ¿Por qué no

amarla? ¿No he sido bastante tiempo fiel, á mi malogrado, á mi ignorado

amor por Aleidah? ¿me amaba ella acaso? ¿era acaso mas hermosa, mas

enamorada que Ketirah?

Satanás se ha apoderado del infante, solo á Ketirah vé, solo á Ketirah

ama, solo por Ketirah vive.

Ha olvidado á su hermana, á la pobre María.

--¡Oh! ¡si el rey muriese y tú fueras rey! dice en un momento de pasion

Ketirah.

--¿Y no aborrecerias tú á quien matase á Abul-Walid? dice el infante.

--Yo le daria mis joyas, porque con la muerte del rey me habria dado la

joya de mi corazon que eres tú, amado mio, luz de mi alma, sueño de mi

sueño. ¡Oh! ¿cuánto he sufrido amándote sin que tú comprendieras mi

amor? Creía que Dios me castigaba dándome un infierno. Y esta noche,

esta noche cuando me has pedido la honra de bailar contigo, cuando me

has llamado respetuosamente sultana, he llorado dentro de mi corazon,

porque no me creias tu esclava, como lo crees ahora. Porque tú sabes que

soy tu esclava, que mi voluntad es tu voluntad, mi alegría tu alegría y

un suspiro de amor de tu boca el suspiro de mis suspiros. Mata á

Abul-Walid, mátale. Yo no le amo: me uní á él por ambicion, y le

aborrecí y aborrecí su grandeza cuando fuí suya. Mátale, y sino te

atreves á matarle, le mataré yo.

Ebn-Ismail recordó entonces la conjuracion de los enemigos de

Masud-Almoharaví en las cuevas de Dinadamar, y recordó á María.

--Mañana morirá el rey, dice con voz segura á Ketirah.

--¡Mañana!

--Sí; pero para que mañana muera, es necesario que me separe de tí esta

noche.

--¡Oh! pues si nuestra separacion ahora, ha de procurarnos una union

eterna, vé, amado mio, vé, mañana te espero.

El infante se separa de la sultana y pasa sereno y tranquilo delante del

rey.

--¡Oh! dice Abul-Walid: no diré á nadie mí deshonra, pero me vengaré:

primero tú infante de Granada, para que el corazon de esa infame que te

ama se rompa, y luego ella para que te acompañe... en la muerte.

Y el rey disimulando su rabia se acerca á la sultana, la saluda y la

sonrie.

La alhambra; leyendas árabes · 第 86 / 311 题