XI.

Han pasado tres dias.

Es la noche del tercero.

En el real Generalife hay una alegre zambra.

Las damas cubiertas de pedrería, y de galas y de brocados, mas hermosa

la mas fea que el rubí mas precioso, bailan con gentiles mancebos, que

tres dias antes estaban cubiertos de sangre desde el acicate hasta el

creston del capacete.

Las dulzainas, y las leilas, y las bandolinas, y las guzlas llenan la

noche de armonías.

Dentro de las cámaras se estiende el blanco y aromático humo de los

pebeteros que agitan las brisas nocturnas, que penetran por los ajimeces

y por las galerías, y llevan consigo la fragancia que han robado á las

flores de los jardines.

Algunos enamorados discurren fuera de las cámaras, entre las sombrosas

enramadas, diciendo su amor á la hermosa de su alma, entre el misterio

del silencio y de la noche.

La luna brilla tranquila en los estanques, y todo es paz, todo es

melancolía, todo es amor.

Solo hay dos caballeros en el Generalife que no participan de la alegría

de los otros; que vagan tristes, y solos, y silenciosos.

Son el rey Abul-Walid, y el infante Ebn-Ismail.

El infante sigue al rey como una sombra, y el rey está tan abismado en

sus pensamientos, que no vé al infante que le sigue.

El rey piensa en María, y el infante siguiéndole, piensa tambien en

ella.

María es para el rey un arcángel de fuego.

Su recuerdo le quema el alma.

La memoria de su desden le desespera.

La Alhambra, tan hermosa, tan alegre, tan resplandeciente, se ha tornado

en una tumba para el rey.

Porque María es su vida, y María le desprecia.

Porque el rey la adora, y María cuando le dice su amor calla, fria y

muda como una estátua.

Y el rey ha puesto á sus pies su corona, y la ha ofrecido la mitad de su

tálamo y el nombre de sultana.

Pero María tiene allá su corazon en el humeante Martos: y entre sus

ruinas ensangrentadas, vé contínuamente el cadáver de su padre, y el de

su amado Gonzalo.

Y María llora inconsolable, y cuando el rey la habla de amores le vuelve

la espalda.

Por eso el rey está triste.

Por eso cuando piensa en María, (y está siempre pensando en ella) su

corazon se abrasa en un fuego volcánico, y se revuelven en su cabeza

sombríos pensamientos.

Por eso el rey no danza, ni sonrie á las damas, ni se acompaña de nadie.

Por eso el fresco, riente y perfumado Generalife, no tiene para él ni

mugeres hermosas, ni armonías, ni sombrosos jardines, ni los tersos

espejos de sus estanques, ni la luz de la luna, ni el cielo azul, ni los

trémulos luceros que en los estanques reflejan.

Por eso, Generalife el hermoso, Generalife el engalanado, Generalife el

de las zambras, es para el rey una tumba, como lo es tambien su

magnífico y resplandeciente alcázar.

Porque María es para el rey un terrible arcángel de fuego.

Y el infante Ebn-Ismail, piensa de otro modo en María.

María es para él la fresca fuentecilla, que brota á la sombra de las

palmeras del desierto, con su raudal trasparente y puro, á cuyo lado,

sobre la verde yerba, se reclina el viagero cansado, y se aduerme el

fuerte camello.

Ebn-Ismail, vé á través de la pura y candorosa mirada de María su alma,

como pudiera ver el fondo tranquilo de la fuentecilla del desierto, á

través de su límpida superficie.

Y Ebn-Ismail no ha pensado siquiera en enturbiar ni aun con su hálito

aquella pura fuente, pero vé al leon sediento que vaga en torno de ella

y ruge, y centellea miradas de fuego, y á quien solo la voluntad de Dios

contiene para que no enturbie la fuente purísima, con su espumosa y

ardiente boca.

Por eso, silencioso, sombrío, escondida la mano bajo su jaqueta, y

manoseando impaciente el pomo de su puñal, sigue al rey.

Al rey que abandona triste, solo y mudo el sarao, y se pierde en los

jardines.

El infante se pierde tambien bajo su sombra tras el rey.

Y el rey vá tan absorto pensando en María, que no siente que el infante

le sigue.

Y avanza.

Avanza su paso precipitado como el que se impacienta por la distancia

que le separa del objeto de su deseo.

El rey baja por una escalinata oscura, al estremo de uno de los

jardines, y entra en una ancha arcada oscurísima[82].

Pero sigue por ella su paso seguro y rápido á pesar de la oscuridad,

como quien conoce bien el lugar por donde camina.

Sirven de guia al infante los pasos del rey, y la oscuridad le inspira

proyectos horribles.

Pero el rey adelanta con tal rapidez, que el infante, cuyo paso es

inseguro, no logra alcanzarle.

Dios no quiere que se cometa un regicidio entre las tinieblas.

Quiere que todos vean el rostro del asesino.

Y el rey, protegido por Dios, se salva aquella noche.

El infante sigue aun sirviéndole de guia los pasos del rey; se le

acerca: ya es pequeña la distancia, y el infante desnuda su puñal.

Pero de improviso suena una llave en una cerradura, se abre y se cierra

instantáneamente una puerta, resuena otra vez la llave cerrando por

dentro, y el infante queda perdido en la oscuridad.

Piensa volverse, y adelanta palpando con las manos estendidas.

Al fin una dulce claridad brilla á un estremo de la mina, apresura su

paso el infante, llega á una escalinata, la sube y se encuentra á la luz

de la luna en un pequeño espacio, al lado de un foso, entre altos muros,

y al pie de una torre orlada de puntiagudas almenas.

El infante quiere en vano reconocer aquella torre: se parece á otras

muchas de la Alhambra, y nunca ha estado en aquellos sitios.

En la parte media de la torre hay un mirador, al que dá paso un ajimez

calado, por entre cuyo doble arco se vé el interior de una magnífica

cámara iluminada por una lámpara que luce colgada en el centro de ella

como una luna opaca.

El infante, sin saber por qué, fija los ojos en el mirador, y escucha

con toda su alma.

Pero nada turba el silencio mas que á lo lejos los sonidos de la zambra

de Generalife, repetidos débilmente por los ecos, y cerca la voz de los

guardas de los muros que de tiempo en tiempo lanzan un grito de

vigilancia.

Pero de repente se oyen fuertes pasos, pasos de muger en la cámara á

que corresponde el mirador, y aparece en este una forma blanca, que se

ase á la balaustrada y vuelve con fiereza su rostro al interior.

Tras aquella forma blanca, gentil, hechicera, que inundan los rayos de

la luna, aparece una sombra oscura, en la que el infante cree reconocer

al rey.

Al acercarse aquella forma sombría á la forma blanca, esta se avanza á

la balaustrada y esclama con un acento desesperado, que llega entero á

los oidos del infante.

--Si dás un solo paso mas hácia á mí, me arrojo al pie del muro.

Y el infante oye una horrible maldicion que parece salir de la boca del

rey, y luego vé que la sombra oscura se retira.

La sombra blanca permanece en el mirador asida á la balaustrada.

Pasa algun tiempo y el infante avanza, llega al pie del muro y permanece

por un breve espacio silencioso, oculto en la penumbra.

--¡María! dice al fin: ¡María!

Y la blanca sombra al escuchar aquel nombre dos veces repetido, se

inclina sobre la balaustrada y busca con la vista en el lugar de donde

ha salido la voz á la persona que ha pronunciado aquel nombre.

--¿Quién eres? dice con la voz alterada aun por el terror la muger.

--Soy... tu hermano el infante Ismail.

--¡Oh! ¡pues si verdaderamente eres mi hermano, sálvame, sálvame de este

hombre! ¡lo temo todo!... ¡esta noche ha podido defenderme la muerte!...

¡pero mañana!... ¿quién sabe?

--¡Mañana! ¡mañana la muerte te habrá defendido! dice con voz ronca el

infante.

--¡La muerte! ¡no te comprendo!

--¡Mañana el rey no te amará!

--¡Ah! esclama María comprendiendo al infante: ¡siempre la muerte en

torno mio!

--Pero Gonzalo vive.

--¡Que vive Gonzalo! esclama con un acento de inmensa alegría la jóven.

--Sí; y cuida de él mi sabio médico allá en mi castillo de Hins-haleux,

en la frontera.

--¡Que Dios te bendiga! esclama llorando de gozo María.

--Y á Dios, dice el infante: nada temas; mañana el rey no te amará.

--¡Dios te bendiga! repite María y desaparece.

--¿Y cómo piensas valerte para que mañana el rey no ame á esa doncella?

dice una voz áspera, bronca, cavernosa, al mismo tiempo que una mano

descansa en su hombro.

El infante Ebn-Ismail se vuelve y vé delante de sí un viejo horrible,

envuelto en una túnica estraña, alto, seco, espantoso.

Aquel viejo es Abu-Jacub-al-Hakem-Billah.

--¿Quién eres tú? dice el infante que no le conoce.

--Yo soy quien puedo ayudarte, contesta el mago.

--¡Ayudarme! ¿y para qué necesito yo tu ayuda?

--Pretendes matar al rey.

--Y le mataré mañana mismo.

--Ciertamente; para matar á un hombre basta otro hombre: pero cuando se

trata de matar á un rey, si el hombre que le mate no quiere morir,

necesita parciales que le ayuden.

--¿Y qué se me dá de morir ó no despues de vengarme?

--Recuerda que en tu castillo de Hins-haleux, hay un pobre herido que

necesita de tu proteccion.

--¡Es verdad! dice el infante.

--Recuerda aun que en esa torre está tu hermana.

Y el mago pronuncia esta última palabra de una manera singular, hasta el

punto de que repara en ello el infante.

Y como si el mago adivinara su pensamiento, añade:

--Muestra las joyas que tu hermana llevaba el dia en que la encontraste

en Martos, y muéstralas á tu padre el walí de Algeciras.

--¿Esplícame?...

--Tu padre te lo esplicará. Por ahora lo que mas importa es proteger á

María: si tú mueres por haber matado al rey, María quedará sola y

abandonada, y no habrá dejado de ser cautiva de Abul-Walid, sino para

serlo de su hijo. María es hermosa...

--¡Es verdad!

--Comprende, pues, por qué debes procurar que la muerte del rey no cause

la tuya.

El infante inclina la cabeza y permanece pensativo.

--¿Y qué hacer? dice al fin.

--El wazir del rey Masud-Almoharaví tiene muchos enemigos.

--Es soberbio, iracundo y rapaz; ofende contínuamente á los mas

poderosos, apartándolos del rey, y trata como á sus esclavos á los

vasallos del rey.

--Por lo mismo esta noche están congregados algunos caballeros tratando

de su muerte; pero no se atreven á ella, porque les falta una cabeza

poderosa, un infante de Granada, como tú por ejemplo.

--¿Y dónde se reunen esos caballeros?

--En las cuevas de Dinadamar: si tú los buscas, ellos te acogerán con

alegría; y ayudado por ellos podrás matar al rey impunemente.

--¿Será necesario sublevar á Granada contra el wazir?

--Busca el medio mas seguro: eso es de cuenta tuya. Ya te he dicho

bastante. Quédate en paz.

Y el mago, sin que el infante pudiera esplicarse cómo, desaparece de sus

ojos.

--Ebn-Ismail permanece algun tiempo inmóvil, despues levanta la cabeza,

fija la vista en el mirador, y esclama:

--¡Mañana el rey no te amará, hermana mia! ¡A las cuevas de Dinadamar!

La alhambra; leyendas árabes · 第 85 / 311 题