--¡Guárdete Allah, mi valiente primo! dice el rey acercándose. ¿A dónde
llevas á esa cristiana?
--Es mi esclava, dice Ebn-Ismail: el apoderarme de ella me ha costado
mucha sangre de mis escuadrones, y la pérdida de mi amigo Aben-Osmin,
que se cuenta entre los mártires de la victoria. ¿Acaso pretendes,
señor, que yo no tenga potestad sobre esta esclava?
María calla y tiembla.
--¡Mio es el quinto de las presas! esclamó con voz temblorosa el rey:
¡mia la potestad de elegir entre la presa lo que mejor quiera! ¡Yo soy
el señor y tú eres el esclavo! ¿Te atreverás á oponerte á mi voluntad?
--Tu siervo soy y lo confieso, dice Ebn-Ismail conteniéndose á duras
penas, porque por el lado por donde habia venido el rey empezaban á
asomar esclavos de su guardia africana: tu siervo soy; ¿pero no merecen
mí valor y la sangre que por Dios y por tí he vertido en una y otra
batalla, que me concedas esta esclava?
El rey entonces adelanta hácia María y la levanta de sobre el rostro el
velo; y al verla tan hermosa, con el semblante cubierto de rubor,
inclinado á la tierra, y temblando de espanto, la reconoce; su corazon
se abrasa en un fuego impuro, y grita fuera de sí:
--¡Esta es mia!
--¡Tuya! esclama el infante en el colmo de su furor.
Pero los esclavos africanos llegan; el infante está solo; medita que una
resistencia inútil solo servirá para privar á María de un defensor
generoso, y contesta:
--Tuyo es, señor, cuanto es de tu siervo: llévate á la cristiana, y si
en ello crees que hay un sacrificio por mi parte, sirva para aumentar en
uno los sacrificios que por tí he hecho.
Y sin decir mas palabra se vuelve desesperado, se aleja dejando en poder
del rey á María, llega á sus abencerrages, y,
--¡A caballo! les grita; ¡á caballo y á Granada!
Y el valiente escuadron de los abencerrages, plega las tiendas, cabalga
y parte en silencio y á la carrera tras de su caudillo, que lleva un
infierno en el alma.
[imagen no disponible: ¡Esta es mia!.]