Y entre tanto el infante Ebn-Ismail y María se dirigen al bosque.
Ella vá enteramente cubierta con el velo, y bajo él corren las lágrimas
y se oyen sollozos ahogados.
--No llores, hermana mia, dice Ebn-Ismail: tu llanto me despedaza el
corazon: no sé por qué te amo como amaba á mi madre: no llores, el
hombre á quien amas acaso no ha muerto, acaso yo pueda volvértele; y tu
padre, sus nobles restos, serán respetados y honrados.
María continúa sollozando.
--Escucha, la dice el infante: muy pronto ese bosque nos habrá ocultado
del rey que podria cegar ante tu hermosura: ¡ay del rey si pretendiera
hacerte su esclava! pero no temas; tú y yo y algunos de los mios
esperaremos aquí ocultos, y cuando el rey haya partido yo te pondré en
salvo.
Y María continúa callando.
--Mira, repite el infante; yo tengo en una aldea cerca de Granada, en la
Azubia, un hermoso y retirado palacio: allí hay hermosos jardines,
frescas fuentes, apartamentos misteriosos que te ocultarán á las miradas
de todos, y ni el sol te verá, si no quieres que el sol te vea. ¿Por qué
lloras, pues, hermana mia? ¿pretendo yo ser tu tirano?
--¡Mi padre! ¡mi esposo! esclama la infeliz María, acreciendo en sus
lágrimas.
--Tu padre está en el lugar que el Altísimo concede á los honrados y á
los valientes: tu esposo... ¿sabes tú si algun dia le encontrarás?
--¡Oh! ¡pluguiera á Dios, para que se secáran mis lágrimas! dice María.
De repente el infante se detiene y pone mano á su espada.
Un hombre ha aparecido de improviso en una revuelta de la espesura, y
adelanta como un tigre hambriento hácia el infante y hácia María.
--¿Por qué te detienes? dice esta al infante.
--¡El rey! murmura el infante con voz estremecida por la cólera.
--¡El rey! repite María, y sin saber por qué se estremece y tiembla.