¡Qué hermosa está una virgen cuando se atavia para sus bodas!
¡Qué bello sobre su frente de azucena, el encendido color del clavel,
que enciende un enamorado y misterioso pensamiento!
¡Oh! ¡y cuán hermosa estaba María!
Han pasado tres dias desde la muerte de Sancho de Arias, y el dolor que
esta muerte la ha causado, dá á sus ojos, á sus megillas, á su boca, una
dulce languidez que la hace mas hermosa.
La impaciencia de Gonzalo ha triunfado, ayudada por el último deseo de
su padre, y acaso tal vez por una impaciencia de que ella no quiere
darse cuenta.
Se está engalanando: se está poniendo sobre sus galas las magníficas
joyas que habia guardado para ella Sancho de Arias.
Los espera el altar: despues caerá sumisa y enamorada entre los brazos
de su esposo, y al dia siguiente guardará aquellas joyas y aquellas
galas para vestirse un luto justo.
Pero la vírgen no debe ir al altar enlutada: seria un casamiento
demasiado lúgubre, al que pareceria asistir como un testigo invisible la
muerte.
Una anciana, que la ha servido de nodriza, la engalana llorando.
Porque la esperiencia fria dice á la anciana que cuando una muger se
casa, entra en una nueva via á cuyo fin puede encontrar el mayor de los
infortunios.
El infortunio del corazon.
Nadie mas asiste al atavío de la hermosa.
Sus cabellos destrenzados, sus hombros y su seno desnudos, no la obligan
á avergonzarse, porque quien la vé es casi su madre: ha visto nacer
aquellos encantos; nada hay en María que la sea ageno: la cree su
hechura, y la jóven no cree que la ven los ojos de otro, porque los ojos
de la anciana son como si fueran sus ojos.
Y sin embargo, hay una espresion de orgullo en los ojos de la nodriza,
y,
--¿Qué hermosa eres? esclama: ¿dichoso el hombre para quien Dios te ha
criado? ¡Oh! ¿qué feliz será?
Y la jóven se sonrie y se ruboriza.
Y entre tanto el hombre que vá á ser feliz, espera impaciente en otra
habitacion, rodeado de sus deudos y de sus amigos, á que la desposada
acabe de ataviarse, y cuenta el tiempo por los latidos de su corazon, y
en cada ruido que llega hasta él, cree percibir el ruido de los pasos de
su amada.
Hace un hermoso dia: Dios le bendiga.
El sol ha amanecido mas puro que nunca.
Parece que el sol ama tambien y toma parte en las bodas.
La campana de la iglesia llama á la oracion.
Los pájaros cantan en el huerto.
Las brisas de la mañana agitan con blando ruido las enredaderas del
balcon.
¡Oh! ¿qué dia tan hermoso?
Y las jóvenes que van á la iglesia á oir la primera misa, dicen con
acento de enamorada codicia á su vecina:
--Hoy se casa María, la hija del difunto corregidor.
--¿Con quién se casa? dice una vieja.
--Con el hijo de Nuño Nuñez, con Gonzalo.
--¡Oh! ¡bendígalos Dios! dice la vieja: ¡tal para cual!
Y la noticia cunde por la villa, y hay quien deja el trabajo por ver
casarse á la doncella mas hermosa de la frontera, con el galan que en
toda la frontera se conoce por mas gentil y mas bravo.
Y hay quien añade:
--El difunto corregidor no ha querido que le entierren hasta que esté
casada su hija con Gonzalo Nuñez.
Y otro dice:
--Y ha querido que su hija vaya hecha un ascua de oro, con ciertas
alhajas que él allá en otro tiempo tomó á los moros. Ya vereis, ya
vereis como María viene hecha una imágen.
La iglesia se va llenando de gente: y los monaguillos suben á la torre,
para repicar cuando asomen los novios allá por lo último de la calle
Real, y el sacristan saca el terno mas lujoso para el señor beneficiado,
y luego cubre de blandones el altar mayor, y manda avisar al organista.
Porque el señor Gonzalo Nuñez ha vuelto rico de la guerra, y quiere
casarse como un rey, con música y luces, y la iglesia colgada de damasco
rojo con espejuelos.
Y cada vez van acudiendo mas muchachas engalanadas, y la iglesia se
llena y todos esperan.
Y el rey Abul-Walid-Abu-Said, desgarra entre tanto los hijares de su
corcel, y blande la lanza de dos hierros, y mira ansioso el camino
adelante, y tras él van sus moros de Granada, sus moros, que cubren el
camino como una larga serpiente herizada de lanzas, y que corren,
corren, vuelan como el semoum, detrás de su rey que cabalga el
delantero, y de su estandarte real, que ondea junto al pendoncillo de la
lanza del rey.
--Y ¡corre, corre que el sol sube! grita Abul-Walid á su caballo; ¡corre
que tocan á fiesta las campanas de Martos, y ese toque me espanta!
¡corre, Lucero mio, y te regalaré un pretal de oro, y te coronaré de
garzotas de diamantes! ¡corre, Lucero mio, corre, que me roba el
cristiano la vírgen de la frente pálida!
Y cada moro dice á su caballo:
--¡Corre, corre, que el rey vuela! ¡corre, que allí están la doncellas
cristianas y la rica presa, y los cautivos que se truecan por oro!
¡corre, corcel mio, corre, que el rey vuela, y allí en la cercana villa,
están el amor y la fortuna!
Y pasan como un torbellino y zumban como el huracan, y los labriegos al
verlos acercarse huyen despavoridos hácia los muros gritando:
--¡Los moros! ¡al arma la tierra! ¡los moros de Granada vienen en busca
de nuestras mugeres y de nuestra plata!
Y allá van los campesinos que huyen, y el rey moro que vuela, y la gente
que le sigue.
Y las campanas de la villa siguen repicando.
Y el sol inundando la tierra con su primer esplendor de la mañana.
Y los pájaros cantando en las arboledas.
Y entre tanto por la calle Real de la villa, hácia la plaza, vá María,
hermosa y resplandeciente, modesta y pálida, los ojos en el suelo,
agitado el seno, pensando á un tiempo en su amor y en su padre muerto, y
en aquel otro padre moro á quien no conoce, y en las alhajas que la
adornan cree sentir el espíritu de su madre.
Y el amor, y el dolor, y la duda, y la ansiedad, hacen correr de tiempo
en tiempo dos lágrimas tranquilas por sus megillas.
Y la rodean dueñas y doncellas, y se asoman á las ventanas para mirarla,
y los que la miran y los que pasan por la calle, se paran; la bendicen.
Y las mugeres miran con envidia al novio, y á María y á sus alhajas.
Y los hombres fijan una mirada de deseo en la novia y otra de envidia en
el novio que vá tras de María, con los ojos fijos en ella, al lado de su
padre, rodeado de sus hermanos y seguido de sus amigos y parientes.
Ya llegan á la iglesia, atraviesan con trabajo por entre la gente, se
acercan al presbiterio y se arrodillan en los almohadones.
Y empieza la misa.
Todos callan: todos están de rodillas.
Solo se oye lento y grave el canto del sacerdote y el órgano que le
acompaña.
Pero de repente otro ruido horrible se sobrepone á la voz del
beneficiado y á la del órgano.
Un trueno seco, poderoso, concentrado, que retumba en el espacio, y
luego otro y otro.
Todos se levantan sobrecogidos, todos se revuelven, todos se confunden,
todos quieren huir á un tiempo.
Porque aquel trueno, seco, rápido, poderoso, es la voz de las máquinas
de esterminio[80].
Los hombres corren á las armas; las mugeres van estremecidas de espanto
en busca de sus hijos para huir con ellos, y las jóvenes siguen á sus
madres estremecidas como el cerbatillo que siente la trompa del cazador
y el ladrido de los perros.
La fiesta se ha trocado en combate.
Los fronteros de Martos, á medio armar, sorprendidos, pelean en las
calles, desde las casas, desde las torres, con los moros que avanzan,
que van llegando hasta el corazon de la villa como un torrente que nada
puede contener.
Zumba roncamente la jara y crujen secas y desapacibles las cuerdas de
las ballestas.
Oyése el chasquido de la honda y la piedra lanzada por un brazo
vigoroso, hiende los aires produciendo un ronco mugido, y va á abollar
las jacarillas templadas con las aguas del Genil.
Algunos vecinos pretenden atajar el paso á los moros, pero Abul-Walid
rompe por ellos y los arremolina y los holla, arrojándolos muertos á
ambos lados de su paso; como el javalí se abre una senda por medio de la
maleza que rompe con sus colmillos.
--¡Y pisa, pisa á esos perros! gritó Abul-Walid á su caballo: ¡avanza,
Lucero mio, avanza; báñate en sangre hasta las cinchas, que yo te
regalaré un pretal de oro, y coronaré tu cabeza con garzotas de
diamantes! ¡Avanza, Lucero mio, avanza! ¡holla á esos perros! ¡la vírgen
de mis sueños dirige mi lanza, que por sus negros ojos, esparce entre
los cristianos las sombras de la muerte!
Y el valiente Lucero embravecido por el combate, avanza gallardo y
feroz, y salta sobre los cadáveres y lleva á su real ginete allí donde
los fronteros están mas apiñados.
Y los venablos, y las piedras, y las jaras rebotan sobre la armadura
dorada del rey como sobre una roca, y Abul-Walid, con la lanza baja y la
mirada sangrienta é impaciente avanza siempre, hiriendo cuanto encuentra
y gritando sin cesar á su caballo:
--¡Písalos, Lucero mio, písalos: y yo te honraré poniendo sobre tu
espalda la hermosa vírgen de las crenchas de oro!
Y como ha sido el delantero en el camino el rey, es el delantero en el
combate.
Y como por el camino le han seguido sus moros, le siguen por las calles
de la villa.
Sus moros, los feroces africanos de su guardia que llevan los alquiceles
rojos para que no los manche la sangre.
¿Pero quién es aquel otro ginete que por la otra parte de la villa
avanza llevando tras sí una taifa de caballeros abencerrajes entre los
cuales ondea un estandarte verde?
Monta en una yegua blanca como la aurora; ciñe lucientes armas, y sobre
su casco ondean plumas azules y encarnadas.
Y hermoso, y jóven, y valiente, y fiero.
Brilla en sus ojos algo de régio que impone respeto, y algo de sombrío
que espanta.
Su semblante es dorado como el sol, y su rizada y negra barba, remeda
sortijas de ébano.
Es Mohammet-ebn-Ismail, infante de Granada, primo del rey, hijo del walí
de Algeciras.
Bien se conoce en su semblante y en sus proezas la autoridad de su
persona, y en la bravura con que hiende por los cristianos lo guerrero
de su raza.
Es muy jóven, y sin embargo ya ha ceñido muchas veces la sangrienta
corona de la victoria, y acompaña en esta ocasion al rey de Granada,
porque un caballero que tanto vale no puede quedarse en la ciudad
adormido al son regalado de las zambras, mientras su rey oye el alarido
de la pelea.
Pero Mohammet solo busca nuevos triunfos, mientras el rey amores:
Mohammet grita mientras el rey invoca á la vírgen de sus sueños.--¡Solo
Dios es vencedor!
Y Dios fortalece su brazo, y le convierte en un rayo que destruye cuanto
toca.
¡Ay de los fronteros de Martos!
Sus hombres y sus mancebos han caido bajo los pies de los caballos de
los moros vencedores.
Los viejos huyen y se esconden, y en la fuga los encuentra la implacable
espada, y en el lugar donde se han escondido es el fuego no menos
implacable.
Solo quedan en Martos niños y mugeres.
Mugeres y niños que los moros sacan cautivos á vuelta de la presa.
Las telas, las ropas, el oro, la plata, los ornamentos y los vasos
sagrados, van á amontonarse revueltos sobre charcos de sangre.
Y los esclavos van cargando en las bestias que encuentran en la villa el
botin que de la villa arrebatan los moros y lo llevan al campo para
hacer el reparto.
Nadie hay que resista ya.
Y sin embargo, una gran casa, se defiende aun del infante
Mohamet-ebn-Ismail y de sus gentes que la cercan.
Cada ventana, cada tronera, cada rendija de aquella casa dá salida á la
muerte.
Los abencerrajes la embisten una y otra vez y son rechazados.
El infante Ebn-Ismail ruge como un tigre irritado, y avanza hacha en
mano hácia la puerta.
Otro jóven, de la familia mas esclarecida de los abencerrajes,
Aben-Osmin, se adelanta armado de otra hacha junto á él.
Gime, cruge la puerta; resiste algunos instantes y al fin cede.
Una nube de venablos sale del zaguan, y el infante Ebn-Ismail, oye á su
derecha un grito de muerte.
El bravo Aben-Osmin ha caido á su lado atravesado el pecho por una vira.
Y al verle caer, el infante gritó á los suyos:
--Pensaba hacerles gracia de la vida por valientes, pero mi caudillo
Osmin ha muerto; que no quede uno, ni hombre, ni muger, ni niño.
Y se lanza hambriento de venganza en la casa.
¿Pero qué le detiene de repente?
Ha entrado en una gran sala.
Aquella sala está colgada de negro.
En medio de ocho blandones hay un cadáver.
El cadáver de un cristiano armado, cubierto por una bandera mora, y á
cuya noble y cana cabeza sirve de pabellon otra bandera.
Pero no es esto lo que detiene al infante; sus esclavos que han entrado
á la par con él, que han escuchado su grito de esterminio, se apoderan
de una hermosísima doncella, cubierta de galas y de joyas, cuya
hermosura aumenta el terror que lucha débilmente con los esclavos, y
sobre la cual se levantan los corvos alfanges.
Y un grito de horror del infante detiene á los esclavos y el infante
llega y mira á la doncella.
Y apenas ha tenido tiempo de mirarla, cuando salvo de las armas de los
fronteros, se siente herido en el corazon por los ojos de aquella niña.
Y tiembla, y palidece, y tartamudea, y dice al fin á la hermosa
asiéndola dulcemente una mano.
--No tiembles gacela de oro, flor de la humbría, lucero de la tarde, sol
de la hermosura.
No tiembles porque no has nacido para morir sino para matar.
No para ser cautiva sino señora.
Yo entré aquí libre y bravo, y héme cobarde y cautivo.
Yo vivia y muero.
Yo veía y he cegado.
No tiembles gacela de oro, rocío del alba, luz de los cielos.
Quien tú has muerto te dá vida.
Quien te ha cautivado te hace señora.
Aunque el moro sabe el habla castellana, trasportado por su amor la
habla en árabe.
Que cuando amamos, cuando queremos comunicar todo nuestro amor al alma
que nos lo inspira, no encontramos otro lenguaje mas elocuente que el
dulce lenguaje de la patria.
La doncella solo comprende que el jóven príncipe la enamora, porque el
acento del amor se hace entender á todas las gentes, se ruboriza,
palidece, baja los ojos y prorrumpe en llanto.
Entonces el infante mas repuesto habla en castellano.
--¿Por qué lloras? la dice, ¿acaso has perdido á tu madre?
--¡Mi padre ha muerto! dice María, señalando el cadáver de Sancho de
Arias, ¡mi padre ha muerto!
--Yo honraré su cadáver, y le seguirán arrastrando los pendoncillos de
sus lanzas por el polvo en señal de luto mis caballeros abencerrajes.
--¡Mi esposo ha debido morir tambien! El uno ayer, el otro hoy ¡oh! ¡que
os maldiga Dios!
--¡Tu esposo! ¡amabas á un hombre!
--Y le amo, esclamó llorando María.
El infante se pone pálido y luego dominándose dice apartando á un lado á
María.
--¿Estás segura que tu esposo ha muerto?
--Sí, porque me tienes en tu poder y no le veo, contesta María.
--¿Estaba contigo aquí en esta casa?
--Sí.
--Escucha, amor de los cielos; oyéme y no me mires como á un enemigo. No
sé por qué te amo, te amo como si fueras alma de mi alma, y no tengo
celos de ese hombre á quien amas. Escúchame, sultana de las huríes; por
enjugar tu llanto, daria yo mi nombre y mis riquezas, y mis victorias y
mis frondosos cármenes del Darro, y mi castillo de Al-Padul; y mi
libertad y mi vida. Escúchame: buscaremos á tu esposo, le buscaremos, y
si vive yo le protegeré á todo mi poder, y si está herido yo haré que mi
sábio médico le cure, y si ha muerto... ¡oh! ¡que haré yo para secar tu
llanto, luz de mis ojos, hermana mia!
--¡Oh! ¿es verdad lo que decís, señor? esclama María no acertando á
comprender en un moro á quien mira con ódio tanta generosidad.
--¡Que si es verdad! mentira sea la luz del sol y el azul de los cielos
y quede mi alma en tinieblas si te engaño. ¿Y á qué habia yo de
engañarte, lucero de mi vida? ¿No te tengo en mi poder? ¿quién podria
defenderte de mí, si yo mismo no te defendiese?
--¡Oh! ¡señor! ¡Dios os bendiga! dice María arrojándose á sus pies.
--Escucha: la contesta alzándola el infante; eres muy hermosa, y si el
rey te vé podrá codiciarte. ¡Ay entonces del rey! ¡ay entonces de mí!
las joyas que te engalanan traerian sobre tí todas las miradas, dame
esas joyas sultana; yo te las guardaré, y te las daré dobladas; si son
de tu madre yo te daré la mitad de las joyas de la mia. Pero pronto, que
se oyen los atabales; dame esas joyas, envuélvete en tu velo y sígueme.
María se quita una tras otra las joyas y las entrega al infante Mohammet
que las guarda en su escarcela, luego se cubre con su velo y el infante
la ase de la mano y dice á sus esclavos:
--Quedaos aquí y guardad ese honrado cadáver que duerme el sueño de los
valientes bajo los trofeos de la victoria. Que nadie se atreva á
insultarle. Sígueme sultana, es necesario ponerte cuanto antes en salvo,
entre mis ginetes. Yo te rodearé de lanzas como de un muro, y mi
caballo de batalla se convertirá en cordero del amor.
--¡Y mi esposo! dice acreciendo en llanto María.
--¡Oh! ¡es verdad! ¿decias que estaba en esta casa?
--Sí.
--¿Que la defendia?
--Sí.
--¡Oh! ¡quiera Dios!.. y el infante se detiene temeroso de que las
palabras lastimen el corazon de María.
Y la lleva consigo, y recorren todos los aposentos mirando los cadáveres
que vuelven los esclavos.
Y--¡Ese era su padre! ¡ese era su hermano! ¡ese era su amigo! esclama á
cada uno que vé, anegada en lágrimas María.
Pero de repente, en el zaguan la infeliz á la vista de un caballero
ensangrentado é inerte, dá un grito horrible.
--¡El es! esclama.
Y cae desvanecida entre los brazos del infante.
--¡Ese! ¡ese mancebo era su esposo! esclama con compasion y con ira al
mismo tiempo Ebn-Ismail. ¡El! ¡el matador de mi amigo, de mi hermano
Aben-Osmin! ¡El! ¡á quien en venganza de la sangre de mi hermano de
guerra, abrí yo las puertas de la muerte con mi hacha!
Y es verdad: Gonzalo Nuñez tiene la cabeza herida de un hachazo.
--¡Oh! ¡el matador de Aben-Osmin! esclama el infante. Sí, le conozco
bien á pesar de la sangre que le cubre el rostro. El fué el primero á
quien encontramos cuando se abrió la puerta. Y si no ha muerto, ¿he de
salvar yo á este hombre? Y bien: esta infeliz le ama: seamos generosos y
caritativos en nombre de Dios Altísimo y misericordioso, y que él tenga
compasion de nuestra alma, añade arrojando una mirada de amor
desesperado á María.
--Que venga al punto mi sabio médico Ayub, añade: buscadle: él me sigue
siempre en el combate.
Y--Aquí estoy, noble señor, responde un anciano de luenga barba blanca,
vestido sencillamente con una túnica parda, y ceñida la cabeza con una
toca blanca.
--¿Hay un soplo siquiera de vida en ese caballero? le dice el infante.
--Sí, si señor; dice el sabio despues de haber observado profundamente a
Gonzalo. Vive; pero solo Dios que sabe lo oculto, sabe si sobrevivirá á
la herida.
--¡La ciencia es hija de Dios! ¡Ayub: alienta esa vida! ¡aliéntala como
si fuera la de mi hermano, y si le salvas te llamaré mi padre! Partamos
de aquí antes que el tumulto crezca: partamos á mi castillo de Al-Padul
antes que sobrevenga el rey. Ocultémosla á sus ojos. Salvémosla para su
amor.
Y dejando momentáneamente á María en brazos de un wazir de sus
abencerrages, cabalga sobre su caballo, que le tienen de la rienda dos
esclavos, y luego toma sobre el arzon á María, y parte rodeado de sus
caballeros.
Pero al salir de la villa los esclavos de la guardia del rey le
detienen.
--Soy el infante de Granada Sidy-ebn-Ismail, esclamó con altivez. Paso
esclavos.
Y los esclavos, inclinados y respetuosos, pero con firmeza, le
contestan:
--El rey manda que ninguna muger salga de los reales.
* * * * *
Y Abal-Walid, ébrio de amor y de desesperacion, porque no la encuentra,
busca entre tanto por todas partes de la villa á María; levanta los
velos de todas las mugeres, y las entrega irritado á su soldadesca:
entra y sale en las casas hasta en las que están arruinadas; hace
revolver las ruínas y nada halla; pasan las horas y crece la
desesperacion y la cólera del rey, y al fin llega la tarde sin haber
encontrado á María.
Y cuando el sol estaba próximo á ponerse, cuando ya desesperado iba
levantar el campo, un esclavo le dice:
--Tú buscas, señor, á una hermosa cautiva.
Y el rey le responde:
--Sí: ¿la conoces tú?
--Hé visto una hermosísima cristiana, entre las gentes del infante
Ebn-Ismail.
--¿Tiene los cabellos rubios?
--Como el oro.
--¿Y la frente blanca?
--Como el alba.
--¿Y los ojos negros?
--Como la noche.
--¿Y dices que esa doncella está en poder del infante Ebn-Ismail?
--Entre sus taifas de abencerrages la he visto, magnífico sultan.
El rey arroja su garzota de diamantes al esclavo, y mira ansioso al
lugar del campo donde ondea el estandarte rojo de los Beni-Serag[81].
Y entonces vé, que saliendo de las enfiladas tiendas, un caballero
ismaelita adelanta llevando de la mano á una cristiana á un cercano
bosque, y el rey, apartándose bruscamente de los suyos, aprieta los
acicates á su valiente Lucero, se dirige por otro lado al bosque,
descabalga, y sin cuidarse de atar su caballo, que le sigue como un
perro, se pierde solo en la espesura.