VII.

--Levántate y siéntate al lado de mi lecho, María, dijo Sancho de Arias.

Al levantarse María, al sentarse, dejó ver al rey Abul-Walid su

semblante.

--¡Es ella! ¡es ella! la hermosísima y casta vírgen de mis sueños de

amores: esclamó el rey.

--Escucha, dijo secamente Abu-Jacub-Al-Hakem.

--Tienes quince años, María, dijo el moribundo.

--Pluguiera á Dios que no hubiera nacido, señor, si habia de veros en

tan miserable estado.

--Muero como debe morir un cristiano y un caballero; dijo Sancho de

Arias: defendiendo á mi Dios, á mi patria y á mi rey. Además que ya mis

años son muchos, y confio en que Dios en su misericordia me reciba en su

seno: como hombre he cumplido con arreglo á la ley de Dios; como

ministro del rey, la vara de la justicia no se ha quebrado ni torcido en

mis manos; respecto á mis semejantes, tú eres una prueba de que he

tenido caridad hasta para con mis enemigos.

--¡Yo, señor!...

--Sí; ha llegado el solemne momento en que lo sepas. No eres mi hija.

--¡Pués de quien soy yo hija, señor! esclamó María.

--Eres hija de moro, de un infiel del reino de Granada.

--¡Ah! ¡señor!

--La verdad es dura, pero es necesario que la sepas. Hace diez años era

yo alcaide por el rey del castillo de Alcaudete. Tenia una buena esposa

y dos hijas tan hermosas como tú, tan puras como tú, como tú tan buenas.

Llamóme por entonces el adelantado de Jaen, y obedeciendo como debia,

acudí á su llamamiento.

Apenas habia llegado á las puertas de Jaen, cuando la campana del

castillo fronterizo de la Guardia empezó á tocar apresuradamente á

rebato.

Poco despues, y cuando acababa de entrar en casa del adelantado, llegó

un corredor cubierto de sudor, de polvo y de sangre, y mi corazon al

verle se heló. Era un vecino de Alcaudete: los moros habian pasado la

frontera en número formidable, habian embestido la villa y el castillo,

y los habian entrado á sangre y fuego; los vecinos, sorprendidos, apenas

habian tenido tiempo de huir, y los que quedaron dentro fueron

degollados.

A aquella noticia, los vecinos de Jaen, los de la Guardia, los de los

lugares cercanos, corrieron á las armas, juntóse un escuadron de

infantería con cuatro banderas y doscientos rocines, y todos marchamos

desalados en socorro de Alcaudete.

Pero llegamos tarde: los fugitivos que se nos unian nos daban noticias

aterradoras: los moros habian saqueado la villa, la habian puesto fuego,

habian degollado á los hombres y á las mugeres viejas, y se habian

llevado cautivas á las mugeres jóvenes y á las niñas.

Cuando yo entré en el castillo, lo primero que encontré fué el cadáver

de mi esposa: mas allá mis dos hijas abrazadas y muertas al pié del muro

debajo de una ventana: segun las señales, las desgraciadas se habian

arrojado por aquella ventana, prefiriendo la muerte de los mártires á la

deshonra y al alejamiento de la ley de Jesucristo entre los infieles.

El anciano pronunciaba estas palabras con voz lenta y lúgubre, pero de

una manera terrible, sin derramar una sola lágrima.

El rey Abul-Walid, desde la torre de las Siete bóvedas, avanzado al

ajimez, pálido, anhelante, con los ojos inmóviles, presenciaba aquella

escena que pasaba tan lejos de él, de la misma manera que si hubiera

estado en el aposento donde el corregidor de Martos moribundo hacia

aquella revelacion á la misteriosa virgen de sus sueños, y lo oia y lo

veia todo por virtud de la ciencia de Abu-Jacub-Al-Hakem.

--Yo juré, continuó el anciano, sobre la sangre de las prendas de mi

alma, vengarlas de los infieles; y desde entonces, acometí en continuas

correrías las fronteras del reino de Granada; asalté aldeas, las puse á

sangre y fuego, y no me hartaba, no me hartaba de sangre, porque toda

me parecia poca para vengar la de mi esposa y la de mis hijas.

Una noche... una noche lóbrega y terrible, pasé la frontera y me acerqué

por atajos y trochas á la villa de Yllora.

En su castillo habia fiesta: un príncipe moro habia ido á aquel pueblo á

gozar de la pureza de sus aguas y de sus aires y á recobrar la salud

quebrantada: le divertian con una zambra.

Los moros descuidados, sin recelar que hubiese peligro en una fortaleza

en que se encerraban centenares de hombres llevados por el príncipe

infiel en su guarda, no velaron como debian en las murallas: mis buenos

fronteros arrimaron en silencio sus escalas á los muros, y treparon y

saltaron dentro del castillo y yo delante de ellos.

Un momento despues los cantos moriscos se habian convertido en gritos de

combate y ayes de agonía. Sorprendidos los moros creyendo tener sobre sí

todo el ejército de Castilla, huyeron despavoridos; y yo y mis gentes

nos cebamos en su alcance. Fué una buena carnicería de infieles, que

llenó de luto á Granada, y la presa magnífica; porque el príncipe moro

habia llevado consigo grandes riquezas en muebles, en tapices, en joyas

y en dinero. Pero el principal tesoro que encontré, fuiste tú, María.

--¡Yo! esclamó la jóven.

--Sí; cuando ya cansados de matar y de amontonar riquezas nos

retirábamos, al pasar por delante de una cámara, oí el triste llanto de

un niño abandonado.

Entré. En una magnífica cuna, cubierta de amuletos segun el uso moro, ví

una niña que al acercarme yo me tendió sus bracitos.

Y ¿qué daño ha hecho á nadie esta infeliz criatura? me dije. No permita

Dios que yo tiña mis manos en sangre inocente, ni que robe un alma al

cielo.

Y te tomé en mis brazos y te llevé sobre el caparazon de mi caballo á

Alcaudete; y te mande bautizar, y te llamaste María en ofrenda á la

santa Vírgen, y te adopté por hija, y pensando yo en que algun dia

serias muger, y amarias...

--¡Ah, señor!

--Sí; que amarias... y has amado; amas.

--Es verdad.

--Amas á un buen hidalgo, á un valiente: á un mozo temeroso de Dios, á

Gonzalo Nuñez.

--Es verdad, dijo María ruborizándose.

Al escuchar Abul-Walid que María amaba, los celos, y unos celos crueles,

vengativos, llenaron su alma.

--¡Ama! esclamó roncamente: ¡ama la hermosa vírgen de mis sueños!

--Pero tú matarás su amor; dijo con un acento singular el sombrío

Abu-Jacub.

--Escuchemos, escuchemos, dijo el rey.

Sancho de Arias y María habian guardado por un breve espacio silencio:

él como quien cansado reposa para tomar nuevas fuerzas; ella dominada

por lo solemne de la revelacion del anciano moribundo.

--Amas, y yo apruebo tu amor: Gonzalo Nuñez es digno de tí, y tú eres

digna de él. Yo he conocido vuestro amor, aunque me lo has ocultado.

--¡Ah, señor! él es muy pobre, y esperaba á que el rey le diese un

oficio para poder casarse conmigo.

--Si él es pobre, tú eres rica, María.

--¡Rica yo!

--Sí; ya te he dicho que cuando te adopté pensé en que un dia serias

muger, en que amarias, en que te casarias, y quise que tuvieses una

buena dote: pensando en esto, guardé para tí un tesoro que encontré en

la habitacion donde habias quedado abandonada.

--¡Un tesoro!

--Sí; y un tesoro de inestimable valor. Busca debajo de mi almohada.

Encontrarás una bolsa.

--Héla aquí: dijo María sacando de debajo de la almohada una bolsa de

seda á manera de saco, cerrada por dos cordones.

--Abre la bolsa y toma una llave que encontrarás en ella.

María sacó de la bolsa una pequeña llave.

--Abre ahora aquel armario, dijo el anciano señalándola uno que habia al

fondo de la alcoba.

La jóven se levantó, fué al armario y le abrió.

--Está vacío: dijo.

--No importa, tira hácia tí de la primera tabla; sácala.

María desencajó la tabla.

--Mira bien al fondo del armario, dijo Sancho de Arias. ¿Qué ves?

La jóven miró con cuidado.

--Veo un cajon muy encajado y muy disimulado, y en el centro de él un

agujero.

--Mete la misma llave del armario y tira.

María tiró.

--Saca lo que encuentres dentro.

María metió la mano en el cajon, y encontró otra bolsa de seda pero mas

grande que la que habia encontrado bajo la almohada y pesadísima con

relacion á su volúmen.

Aquella bolsa estaba tambien cerrada con un cordon y en un papel cosido

á ella estaban escritas estas palabras. «Dote de María.»

Además la bolsa estaba recamada con arabescos de oro y plata.

--Abre la bolsa, dijo el moribundo, y mira lo que contiene.

Abrió la bolsa María, metió la mano, encontró un objeto, y le sacó.

Era un largo y pesado collar de gruesas perlas, con broche de diamantes

y rubíes, y en el centro pendiente de la perla mas gruesa, una cruz de

oro, cubierta de diamantes.

--¡Oh, Dios mio! dijo la jóven, ¿y habeis pasado estrecheces, señor,

teniendo esta rica joya?

--Era parte de tu dote, pero aun queda mas.

La jóven metió la mano y sacó dos magníficos brazaletes, cincelados,

esmaltados, cuajados de pedrería, que estaban unidos el uno al otro por

una cinta de seda.

María miró sin codicia aquellas dos admirables joyas, como sin ella

habia mirado el collar y las puso junto á este á los pies del lecho del

moribundo.

Volvió á meter la mano y sacó dos arracadas tan ricas y tan maravillosas

como el collar y los brazaletes; sucesivamente sacó veinticinco sortijas

de grande precio atadas en una cinta, dos ajorcas y un ceñidor de oro,

perlas, diamantes y rubíes.

El aderezo completo por último de una mora riquísima, de una sultana.

Todas aquellas joyas puestas sobre el lecho de Sancho de Arias

brillaban, relucian, arrojaban destellos fúlgidos al recibir la móvil

luz de la lámpara que alumbraba el dormitorio.

--Como ya te he dicho, continuó el moribundo, esas joyas las encontré en

la misma habitacion en que tú estabas, en una arca en que habia ropas de

muger, que no tomé por embarazosas. Su valor me maravilló; pero lo que

me maravilló mas, fué el ver en la casa de un infiel la hermosa cruz del

collar. ¿Qué muger podia haber llevado aquella alhaja? Sábelo Dios; pudo

ser tú madre.

--¡Mi madre!

--Dios lo sabe.

--¿Pero no sabeis quienes fueron mis padres?

--Por la habitacion en que te encontré, por la cuna en que estabas, por

los amuletos que te cubrian á la usanza mora, juzgué que debias ser hija

de aquel príncipe moro, que habia escapado al verse sorprendido por mis

fronteros... Pero despues nada supe. ¿Y qué te importa? vale mas que

pases como hija de un hidalgo honrado y cristiano, que no que sepan que

eres hija de un infiel, por mas que este infiel fuese príncipe, rico y

poderoso. Este secreto debe quedarse entre nosotros. Conmigo le guardará

la tumba. Guárdale tú si no es que quieres, cediendo á la soberbia

humana, aparecer como hija de uno de los grandes de la tierra, por mas

que ese grande, como infiel, esté desheredado del cielo.

--¡Ah! no, no; yo no tengo vanidad, padre mio: y esas joyas...

--Servirán para asegurar el pan á tus hijos si te casas con Gonzalo

Nuñez.

--¡Gonzalo Nuñez! sabe Dios lo que habrá sido de él. Hace un año, padre,

que se despidió de mí: he recibido una sola carta suya allá desde la

frontera de Murcia, donde estaba sirviendo el rey de Aragon, y... no he

vuelto á tener noticias suyas. Acaso ha muerto buscando fortuna para ser

mi esposo.

--¡Muerto! ¿quién sabe? y en fin, si ha muerto, ha muerto como bueno,

como muero yo.

--¡Oh, Dios mio! ¡si eso fuera cierto!..

--Si fuera cierto, seria asunto de sentirlo, pero no de desesperarse.

Eres jóven, hermosa y rica, y no te faltaría un nuevo amor.

--Pero yo no puedo, yo no debo amar á otro mas que á él.

--¡Que no debes!... ¿acaso, María, has sido débil? ¿acaso has olvidado

lo que no debe olvidar jamás una doncella honrada?

--¡Ah! ¡no, no, padre mio! repuso la jóven poniéndose densamente

encendida. Vuestra hija no ha olvidado jamás lo que debe á vuestra

honra, ni él jamás ha pretendido de mí nada deshonroso.

Al escuchar estas palabras el rey Abul-Walid respiró recio como aquel

que se vé libre de una carga, y aprovechando un momento en que guardaron

silencio el moribundo y la jóven, dijo á Abu-Jacub sin apartar la vista

de aquel remoto dormitorio de Martos.

--Amor de niños; amor que pasa con la ausencia; que no sobrevive al

amante muerto. Y es posible que su amante haya muerto.

--No, no ha muerto, dijo con acento seco y duro Abu-Jacub: aparta por un

momento la vista de María y de Sancho de Arias y fíjala en el camino de

Castilla, á la frontera, cerca de Martos.

--Está la noche muy oscura y no veo, dijo el rey.

--Mira: dijo el mago tocando de nuevo los ojos de Abul-Walid.

Entonces el rey, á pesar de la oscuridad, vió un largo y estrecho camino

y galopando por él, cerca de Martos, dos ginetes armados de todas armas,

caladas las viseras, las lanzas en las cujas, y llevando cada uno de

ellos sobre la grupa de su caballo una maleta.

--¿Vienen acaso esos cristianos, dijo el rey, de la frontera de Murcia á

avisar á María de que su amante vive?

--Mas que eso: el que cabalga delante con arnés tranzado y espuela de

caballero, es el mismo Gonzalo Nuñez; el que cabalga detrás, su

escudero; lo que llevan en esas dos maletas, oro puro. El amante de

María vuelve armado caballero por el rey don Jaime II de Aragon,

honrado por sus hazañas y rico por las presas que ha hecho á los moros

de Murcia. Síguelos, y verás cómo sin vacilar entran en la villa, cómo

antes de ir á su propia casa Gonzalo Nuñez llega á la casa del

corregidor Sancho de Arias y llama á grandes aldabadas; María le abre,

un escudero le dice que su amo está espirando, y el jóven á pesar de lo

embarazoso y pesado de la armadura, sube á saltos las escaleras, cruza y

atraviesa la sala; ya entra en el dormitorio y se queda helado de

espanto al ver la situacion en que se encuentra el que cree padre de su

amada.

Escucha ahora y mira.

--¿Qué es esto, señor? dijo Gonzalo Nuñez levantándose la visera: ¿cómo

os encuentro así?... ¿pero Dios no querrá?...

--Dios lo quiere, y llegais muy á tiempo, Gonzalo: Dios os trae; la vida

se me acaba y mi hija va á quedar huerfana.

--No lo será mientras yo viva, señor.

--Sí, vos sereis su esposo.

--¡Cómo, señor! ¿sabeis?

--Lo sé todo; sé que por su amor habeis ido á buscar fortuna á cambio de

vuestra vida.

--Y la he encontrado, señor, vuelvo rico, y alentando la esperanza que

vos habeis realizado de que María fuese mi esposa.

--Sí; hijos mios, sí, y escuchad: casaos inmediatamente.

--¡Cómo! dijo María mientras Gonzalo guardaba un silencio de

asentimiento egoista; ¿caliente aun vuestro cadáver?...

--Lleva por mí tu luto en el corazon, no en los vestidos, María; no

esperes huerfana y doncella por cumplir con el juicio de las gentes el

que pase un año despues de mi muerte. Únete á él, y para que tengas una

obligacion de hacerlo... acercaos, hijos mios, acercaos.

Los jóvenes se acercaron y el anciano asió sus manos y las unió.

Entonces los dos jóvenes cayeron de rodillas.

--Vuestro padre moribundo os une, dijo Sancho de Arias con voz conmovida

y cada vez mas débil: que os bendiga Dios, hijos mios, y que apenas

muerto yo... ¿pero á qué esperar mi muerte?.. ¿no hay en la casa un

sacerdote?...

Pero como si Dios no hubiera querido que Sancho de Arias llevase á la

tumba este consuelo, fatigado en demasia por la conversacion que habia

sostenido, le atacó una tos violenta, se le abrieron las heridas, y

arrojó un vómito de sangre: tras el vómito vino la muerte.

--¿A qué quieres presenciar los llantos y la desolacion de esa casa?

dijo el mago borrando la vision de los ojos del rey que solo vieron el

fondo oscuro de la noche.

--Pero se casará la vírgen de mis sueños con ese cristiano? dijo pálido

y convulso Abul-Walid.

--No, si tú quieres, dijo el mago: pero para evitarlo será necesario que

levantes tu estandarte, que reunas tus gentes de guerra y que caigas

como una tempestad sobre la villa fronteriza de Martos.

--Caeré, caeré, gritó Abul-Walid, y la doncella de la frente pálida no

será de otro que será mia.

Y arrojando su bolsa al mago, salió de su morada y se precipitó

rápidamente por las escaleras de la torre.

--Vé, vé, Abul-Walid-Abu-Said, dijo soltando una carcajada horrible el

mago: eres mio: vas á buscar tu condenacion en esa muger.

* * * * *

Incitado, pues, por el amor de María, y con el pretesto de hacer una

algara en las fronteras cristianas, salió el rey Abul-Walid por la

Puerta del Juicio de la Alhambra, desplegado su estandarte de guerra y

rodeado de sus caballeros.

La alhambra; leyendas árabes · 第 81 / 311 题