--Levántate y siéntate al lado de mi lecho, María, dijo Sancho de Arias.
Al levantarse María, al sentarse, dejó ver al rey Abul-Walid su
semblante.
--¡Es ella! ¡es ella! la hermosísima y casta vírgen de mis sueños de
amores: esclamó el rey.
--Escucha, dijo secamente Abu-Jacub-Al-Hakem.
--Tienes quince años, María, dijo el moribundo.
--Pluguiera á Dios que no hubiera nacido, señor, si habia de veros en
tan miserable estado.
--Muero como debe morir un cristiano y un caballero; dijo Sancho de
Arias: defendiendo á mi Dios, á mi patria y á mi rey. Además que ya mis
años son muchos, y confio en que Dios en su misericordia me reciba en su
seno: como hombre he cumplido con arreglo á la ley de Dios; como
ministro del rey, la vara de la justicia no se ha quebrado ni torcido en
mis manos; respecto á mis semejantes, tú eres una prueba de que he
tenido caridad hasta para con mis enemigos.
--¡Yo, señor!...
--Sí; ha llegado el solemne momento en que lo sepas. No eres mi hija.
--¡Pués de quien soy yo hija, señor! esclamó María.
--Eres hija de moro, de un infiel del reino de Granada.
--¡Ah! ¡señor!
--La verdad es dura, pero es necesario que la sepas. Hace diez años era
yo alcaide por el rey del castillo de Alcaudete. Tenia una buena esposa
y dos hijas tan hermosas como tú, tan puras como tú, como tú tan buenas.
Llamóme por entonces el adelantado de Jaen, y obedeciendo como debia,
acudí á su llamamiento.
Apenas habia llegado á las puertas de Jaen, cuando la campana del
castillo fronterizo de la Guardia empezó á tocar apresuradamente á
rebato.
Poco despues, y cuando acababa de entrar en casa del adelantado, llegó
un corredor cubierto de sudor, de polvo y de sangre, y mi corazon al
verle se heló. Era un vecino de Alcaudete: los moros habian pasado la
frontera en número formidable, habian embestido la villa y el castillo,
y los habian entrado á sangre y fuego; los vecinos, sorprendidos, apenas
habian tenido tiempo de huir, y los que quedaron dentro fueron
degollados.
A aquella noticia, los vecinos de Jaen, los de la Guardia, los de los
lugares cercanos, corrieron á las armas, juntóse un escuadron de
infantería con cuatro banderas y doscientos rocines, y todos marchamos
desalados en socorro de Alcaudete.
Pero llegamos tarde: los fugitivos que se nos unian nos daban noticias
aterradoras: los moros habian saqueado la villa, la habian puesto fuego,
habian degollado á los hombres y á las mugeres viejas, y se habian
llevado cautivas á las mugeres jóvenes y á las niñas.
Cuando yo entré en el castillo, lo primero que encontré fué el cadáver
de mi esposa: mas allá mis dos hijas abrazadas y muertas al pié del muro
debajo de una ventana: segun las señales, las desgraciadas se habian
arrojado por aquella ventana, prefiriendo la muerte de los mártires á la
deshonra y al alejamiento de la ley de Jesucristo entre los infieles.
El anciano pronunciaba estas palabras con voz lenta y lúgubre, pero de
una manera terrible, sin derramar una sola lágrima.
El rey Abul-Walid, desde la torre de las Siete bóvedas, avanzado al
ajimez, pálido, anhelante, con los ojos inmóviles, presenciaba aquella
escena que pasaba tan lejos de él, de la misma manera que si hubiera
estado en el aposento donde el corregidor de Martos moribundo hacia
aquella revelacion á la misteriosa virgen de sus sueños, y lo oia y lo
veia todo por virtud de la ciencia de Abu-Jacub-Al-Hakem.
--Yo juré, continuó el anciano, sobre la sangre de las prendas de mi
alma, vengarlas de los infieles; y desde entonces, acometí en continuas
correrías las fronteras del reino de Granada; asalté aldeas, las puse á
sangre y fuego, y no me hartaba, no me hartaba de sangre, porque toda
me parecia poca para vengar la de mi esposa y la de mis hijas.
Una noche... una noche lóbrega y terrible, pasé la frontera y me acerqué
por atajos y trochas á la villa de Yllora.
En su castillo habia fiesta: un príncipe moro habia ido á aquel pueblo á
gozar de la pureza de sus aguas y de sus aires y á recobrar la salud
quebrantada: le divertian con una zambra.
Los moros descuidados, sin recelar que hubiese peligro en una fortaleza
en que se encerraban centenares de hombres llevados por el príncipe
infiel en su guarda, no velaron como debian en las murallas: mis buenos
fronteros arrimaron en silencio sus escalas á los muros, y treparon y
saltaron dentro del castillo y yo delante de ellos.
Un momento despues los cantos moriscos se habian convertido en gritos de
combate y ayes de agonía. Sorprendidos los moros creyendo tener sobre sí
todo el ejército de Castilla, huyeron despavoridos; y yo y mis gentes
nos cebamos en su alcance. Fué una buena carnicería de infieles, que
llenó de luto á Granada, y la presa magnífica; porque el príncipe moro
habia llevado consigo grandes riquezas en muebles, en tapices, en joyas
y en dinero. Pero el principal tesoro que encontré, fuiste tú, María.
--¡Yo! esclamó la jóven.
--Sí; cuando ya cansados de matar y de amontonar riquezas nos
retirábamos, al pasar por delante de una cámara, oí el triste llanto de
un niño abandonado.
Entré. En una magnífica cuna, cubierta de amuletos segun el uso moro, ví
una niña que al acercarme yo me tendió sus bracitos.
Y ¿qué daño ha hecho á nadie esta infeliz criatura? me dije. No permita
Dios que yo tiña mis manos en sangre inocente, ni que robe un alma al
cielo.
Y te tomé en mis brazos y te llevé sobre el caparazon de mi caballo á
Alcaudete; y te mande bautizar, y te llamaste María en ofrenda á la
santa Vírgen, y te adopté por hija, y pensando yo en que algun dia
serias muger, y amarias...
--¡Ah, señor!
--Sí; que amarias... y has amado; amas.
--Es verdad.
--Amas á un buen hidalgo, á un valiente: á un mozo temeroso de Dios, á
Gonzalo Nuñez.
--Es verdad, dijo María ruborizándose.
Al escuchar Abul-Walid que María amaba, los celos, y unos celos crueles,
vengativos, llenaron su alma.
--¡Ama! esclamó roncamente: ¡ama la hermosa vírgen de mis sueños!
--Pero tú matarás su amor; dijo con un acento singular el sombrío
Abu-Jacub.
--Escuchemos, escuchemos, dijo el rey.
Sancho de Arias y María habian guardado por un breve espacio silencio:
él como quien cansado reposa para tomar nuevas fuerzas; ella dominada
por lo solemne de la revelacion del anciano moribundo.
--Amas, y yo apruebo tu amor: Gonzalo Nuñez es digno de tí, y tú eres
digna de él. Yo he conocido vuestro amor, aunque me lo has ocultado.
--¡Ah, señor! él es muy pobre, y esperaba á que el rey le diese un
oficio para poder casarse conmigo.
--Si él es pobre, tú eres rica, María.
--¡Rica yo!
--Sí; ya te he dicho que cuando te adopté pensé en que un dia serias
muger, en que amarias, en que te casarias, y quise que tuvieses una
buena dote: pensando en esto, guardé para tí un tesoro que encontré en
la habitacion donde habias quedado abandonada.
--¡Un tesoro!
--Sí; y un tesoro de inestimable valor. Busca debajo de mi almohada.
Encontrarás una bolsa.
--Héla aquí: dijo María sacando de debajo de la almohada una bolsa de
seda á manera de saco, cerrada por dos cordones.
--Abre la bolsa y toma una llave que encontrarás en ella.
María sacó de la bolsa una pequeña llave.
--Abre ahora aquel armario, dijo el anciano señalándola uno que habia al
fondo de la alcoba.
La jóven se levantó, fué al armario y le abrió.
--Está vacío: dijo.
--No importa, tira hácia tí de la primera tabla; sácala.
María desencajó la tabla.
--Mira bien al fondo del armario, dijo Sancho de Arias. ¿Qué ves?
La jóven miró con cuidado.
--Veo un cajon muy encajado y muy disimulado, y en el centro de él un
agujero.
--Mete la misma llave del armario y tira.
María tiró.
--Saca lo que encuentres dentro.
María metió la mano en el cajon, y encontró otra bolsa de seda pero mas
grande que la que habia encontrado bajo la almohada y pesadísima con
relacion á su volúmen.
Aquella bolsa estaba tambien cerrada con un cordon y en un papel cosido
á ella estaban escritas estas palabras. «Dote de María.»
Además la bolsa estaba recamada con arabescos de oro y plata.
--Abre la bolsa, dijo el moribundo, y mira lo que contiene.
Abrió la bolsa María, metió la mano, encontró un objeto, y le sacó.
Era un largo y pesado collar de gruesas perlas, con broche de diamantes
y rubíes, y en el centro pendiente de la perla mas gruesa, una cruz de
oro, cubierta de diamantes.
--¡Oh, Dios mio! dijo la jóven, ¿y habeis pasado estrecheces, señor,
teniendo esta rica joya?
--Era parte de tu dote, pero aun queda mas.
La jóven metió la mano y sacó dos magníficos brazaletes, cincelados,
esmaltados, cuajados de pedrería, que estaban unidos el uno al otro por
una cinta de seda.
María miró sin codicia aquellas dos admirables joyas, como sin ella
habia mirado el collar y las puso junto á este á los pies del lecho del
moribundo.
Volvió á meter la mano y sacó dos arracadas tan ricas y tan maravillosas
como el collar y los brazaletes; sucesivamente sacó veinticinco sortijas
de grande precio atadas en una cinta, dos ajorcas y un ceñidor de oro,
perlas, diamantes y rubíes.
El aderezo completo por último de una mora riquísima, de una sultana.
Todas aquellas joyas puestas sobre el lecho de Sancho de Arias
brillaban, relucian, arrojaban destellos fúlgidos al recibir la móvil
luz de la lámpara que alumbraba el dormitorio.
--Como ya te he dicho, continuó el moribundo, esas joyas las encontré en
la misma habitacion en que tú estabas, en una arca en que habia ropas de
muger, que no tomé por embarazosas. Su valor me maravilló; pero lo que
me maravilló mas, fué el ver en la casa de un infiel la hermosa cruz del
collar. ¿Qué muger podia haber llevado aquella alhaja? Sábelo Dios; pudo
ser tú madre.
--¡Mi madre!
--Dios lo sabe.
--¿Pero no sabeis quienes fueron mis padres?
--Por la habitacion en que te encontré, por la cuna en que estabas, por
los amuletos que te cubrian á la usanza mora, juzgué que debias ser hija
de aquel príncipe moro, que habia escapado al verse sorprendido por mis
fronteros... Pero despues nada supe. ¿Y qué te importa? vale mas que
pases como hija de un hidalgo honrado y cristiano, que no que sepan que
eres hija de un infiel, por mas que este infiel fuese príncipe, rico y
poderoso. Este secreto debe quedarse entre nosotros. Conmigo le guardará
la tumba. Guárdale tú si no es que quieres, cediendo á la soberbia
humana, aparecer como hija de uno de los grandes de la tierra, por mas
que ese grande, como infiel, esté desheredado del cielo.
--¡Ah! no, no; yo no tengo vanidad, padre mio: y esas joyas...
--Servirán para asegurar el pan á tus hijos si te casas con Gonzalo
Nuñez.
--¡Gonzalo Nuñez! sabe Dios lo que habrá sido de él. Hace un año, padre,
que se despidió de mí: he recibido una sola carta suya allá desde la
frontera de Murcia, donde estaba sirviendo el rey de Aragon, y... no he
vuelto á tener noticias suyas. Acaso ha muerto buscando fortuna para ser
mi esposo.
--¡Muerto! ¿quién sabe? y en fin, si ha muerto, ha muerto como bueno,
como muero yo.
--¡Oh, Dios mio! ¡si eso fuera cierto!..
--Si fuera cierto, seria asunto de sentirlo, pero no de desesperarse.
Eres jóven, hermosa y rica, y no te faltaría un nuevo amor.
--Pero yo no puedo, yo no debo amar á otro mas que á él.
--¡Que no debes!... ¿acaso, María, has sido débil? ¿acaso has olvidado
lo que no debe olvidar jamás una doncella honrada?
--¡Ah! ¡no, no, padre mio! repuso la jóven poniéndose densamente
encendida. Vuestra hija no ha olvidado jamás lo que debe á vuestra
honra, ni él jamás ha pretendido de mí nada deshonroso.
Al escuchar estas palabras el rey Abul-Walid respiró recio como aquel
que se vé libre de una carga, y aprovechando un momento en que guardaron
silencio el moribundo y la jóven, dijo á Abu-Jacub sin apartar la vista
de aquel remoto dormitorio de Martos.
--Amor de niños; amor que pasa con la ausencia; que no sobrevive al
amante muerto. Y es posible que su amante haya muerto.
--No, no ha muerto, dijo con acento seco y duro Abu-Jacub: aparta por un
momento la vista de María y de Sancho de Arias y fíjala en el camino de
Castilla, á la frontera, cerca de Martos.
--Está la noche muy oscura y no veo, dijo el rey.
--Mira: dijo el mago tocando de nuevo los ojos de Abul-Walid.
Entonces el rey, á pesar de la oscuridad, vió un largo y estrecho camino
y galopando por él, cerca de Martos, dos ginetes armados de todas armas,
caladas las viseras, las lanzas en las cujas, y llevando cada uno de
ellos sobre la grupa de su caballo una maleta.
--¿Vienen acaso esos cristianos, dijo el rey, de la frontera de Murcia á
avisar á María de que su amante vive?
--Mas que eso: el que cabalga delante con arnés tranzado y espuela de
caballero, es el mismo Gonzalo Nuñez; el que cabalga detrás, su
escudero; lo que llevan en esas dos maletas, oro puro. El amante de
María vuelve armado caballero por el rey don Jaime II de Aragon,
honrado por sus hazañas y rico por las presas que ha hecho á los moros
de Murcia. Síguelos, y verás cómo sin vacilar entran en la villa, cómo
antes de ir á su propia casa Gonzalo Nuñez llega á la casa del
corregidor Sancho de Arias y llama á grandes aldabadas; María le abre,
un escudero le dice que su amo está espirando, y el jóven á pesar de lo
embarazoso y pesado de la armadura, sube á saltos las escaleras, cruza y
atraviesa la sala; ya entra en el dormitorio y se queda helado de
espanto al ver la situacion en que se encuentra el que cree padre de su
amada.
Escucha ahora y mira.
--¿Qué es esto, señor? dijo Gonzalo Nuñez levantándose la visera: ¿cómo
os encuentro así?... ¿pero Dios no querrá?...
--Dios lo quiere, y llegais muy á tiempo, Gonzalo: Dios os trae; la vida
se me acaba y mi hija va á quedar huerfana.
--No lo será mientras yo viva, señor.
--Sí, vos sereis su esposo.
--¡Cómo, señor! ¿sabeis?
--Lo sé todo; sé que por su amor habeis ido á buscar fortuna á cambio de
vuestra vida.
--Y la he encontrado, señor, vuelvo rico, y alentando la esperanza que
vos habeis realizado de que María fuese mi esposa.
--Sí; hijos mios, sí, y escuchad: casaos inmediatamente.
--¡Cómo! dijo María mientras Gonzalo guardaba un silencio de
asentimiento egoista; ¿caliente aun vuestro cadáver?...
--Lleva por mí tu luto en el corazon, no en los vestidos, María; no
esperes huerfana y doncella por cumplir con el juicio de las gentes el
que pase un año despues de mi muerte. Únete á él, y para que tengas una
obligacion de hacerlo... acercaos, hijos mios, acercaos.
Los jóvenes se acercaron y el anciano asió sus manos y las unió.
Entonces los dos jóvenes cayeron de rodillas.
--Vuestro padre moribundo os une, dijo Sancho de Arias con voz conmovida
y cada vez mas débil: que os bendiga Dios, hijos mios, y que apenas
muerto yo... ¿pero á qué esperar mi muerte?.. ¿no hay en la casa un
sacerdote?...
Pero como si Dios no hubiera querido que Sancho de Arias llevase á la
tumba este consuelo, fatigado en demasia por la conversacion que habia
sostenido, le atacó una tos violenta, se le abrieron las heridas, y
arrojó un vómito de sangre: tras el vómito vino la muerte.
--¿A qué quieres presenciar los llantos y la desolacion de esa casa?
dijo el mago borrando la vision de los ojos del rey que solo vieron el
fondo oscuro de la noche.
--Pero se casará la vírgen de mis sueños con ese cristiano? dijo pálido
y convulso Abul-Walid.
--No, si tú quieres, dijo el mago: pero para evitarlo será necesario que
levantes tu estandarte, que reunas tus gentes de guerra y que caigas
como una tempestad sobre la villa fronteriza de Martos.
--Caeré, caeré, gritó Abul-Walid, y la doncella de la frente pálida no
será de otro que será mia.
Y arrojando su bolsa al mago, salió de su morada y se precipitó
rápidamente por las escaleras de la torre.
--Vé, vé, Abul-Walid-Abu-Said, dijo soltando una carcajada horrible el
mago: eres mio: vas á buscar tu condenacion en esa muger.
* * * * *
Incitado, pues, por el amor de María, y con el pretesto de hacer una
algara en las fronteras cristianas, salió el rey Abul-Walid por la
Puerta del Juicio de la Alhambra, desplegado su estandarte de guerra y
rodeado de sus caballeros.