V.

Vivia en la torre de las Siete bóvedas, en una habitacion alta que le

habia concedido el rey, un astrólogo viejísimo; y tanto, que nadie se

atrevia á calcular los años de su vida.

Era calvo; tenia el semblante arrugado como un pergamino viejo, sobre el

cual ha secado el sol la lluvia: sus ojos pequeños y redondos apenas se

veian cubiertos por las largas cerdas de sus cejas, que de una manera

estraña caian delante de ellos como un velo; su nariz larga y afilada

sobresalia duramente de unas megillas salientes, cubiertas de una piel

árida y de color verdoso; su barba era larguísima, cana, de color

impuro, y su túnica caia hasta cubrir sus pies en una larga plegadura,

como podia haber caido sobre un armazon de caña.

Aquel viejo no habia venido de ninguna parte, ó á lo menos no se sabia

de dónde habia venido.

Una noche los guardas de la torre de las Siete bóvedas vieron en los

ajimeces de la parte mas alta de la torre un resplandor sanguíneo, y

vieron á la luz de la luna salir un humo espeso y luminoso por las

ventanas de la cúpula.

El alcaide de la torre avisó de ello al alcaide de palacio, el alcaide

de palacio al wazir del rey, el wazir á Abul-Walid.

El rey mandó á su wazir Masud-Almoharaví que fuese á ver lo que era

aquello, y fué el wazir; y cuando llegó á la parte alta de la torre

encontró al viejísimo astrólogo, que meditaba sobre un cuadrante tendido

en una estera.

Maravillóse el wazir de ver aquel espectáculo, y de la misma manera se

maravilló el alcaide de la torre.

Aquel viejo imponia espanto.

Además las alfombras, los pebeteros, los divanes, las labores de aquella

rica habitacion donde el rey solia pasar algunos momentos, habian

desaparecido: quedaban en su lugar unas paredes negras y lustrosas,

cubiertas de pinturas de estraños animales y de caracteres desconocidos,

rojos los unos; blancos, verdes ó azules los otros: en tablas á lo largo

de los muros se veian redomas, cráneos y hosamentas de hombres y

animales, arrugadas pieles de serpiente, y enormes libros amarillos

apilados en los ángulos y arrojados por el suelo.

A un lado habia un hornillo, y sobre los carbones apagados se veía una

enorme ampolla de vidrio, que contenia un licor negro y viscoso.

--¿Qué hombre es ese? preguntó el wazir que era muy soberbio al alcaide

desdeñándose de dirigir la palabra al viejo: ¿cómo ha entrado aquí? ¿por

qué has permitido que haga tal trasformacion en este aposento que era

una alegría?

--¿Sabes tú cómo ha venido tu alma á tu cuerpo ó cómo se separará de

ella? dijo el viejo con voz ronca sin levantar los ojos de su cuadrante,

y mientras el alcaide guardaba un silencio de asombro.

--¿Es decir, dijo Masud-Almoharaví, que tú has venido á ser el alma de

la torre?

--¡Tú lo has dicho! esclamó el viejo.

--¿Pero cómo le habeis dejado entrar tú y los tuyos? dijo con irritacion

el wazir al alcaide.

--Nosotros, escelente señor, no hemos visto á este hombre ni yo ni mis

soldados. Como has visto, las escaleras y las puertas que hasta aquí

conducen estaban cerradas: las llaves las tiene el rey, y tú has traido

esas llaves: ese hombre solo ha podido entrar aquí por el aire, y aun

así invisible; porque ni yo ni los mios le hemos visto entrar.

--¿Quién eres? dijo con desabrimiento el wazir al viejo.

--Quiero contestarte, dijo el viejo levantándose y dirigiéndose al

wazir, aunque tu soberbia merecia que no te diese contestacion: yo soy

Abu-Jacub-Al-Hakem-Bilah[78].

--¿De dónde has venido?

--¡De la eternidad! contestó huecamente el sabio.

Irritóse el wazir porque no era hombre á quien se dominaba con

facilidad, y acostumbrado á la adulacion de los mas grandes señores, le

sentaba muy mal la audaz manera de aquel viejo decrépito.

--¿Será que quieras que yo te envie á la eternidad haciéndote morir

azotado por los frenos de los caballos de la torre?

--De la eternidad vengo y á la eternidad voy; dijo el viejo sin dar

muestras del mas leve temor: y no serás tú ciertamente el que á la

eternidad me envie. He venido aquí, porque esta es la única parte del

mundo que me quedaba que visitar, y deseaba ver este alcázar maravilloso

y esta ciudad de delicias: me he aposentado donde me ha convenido, y me

he hecho huesped del rey de Granada, sin meterme á averiguar si le

placeria ó no: como estoy acostumbrado á vivir á mi gusto y me

desagradaban los adornos afeminados y las inscripciones de amor que se

veian en esta cámara, la he preparado para mi uso como mejor me ha

convenido. Además, como me gusta conocer las personas en cuya casa vivo,

me ocupaba en levantar el horóscopo del rey de Granada, y en averiguar

cuánto tiempo estará levantado este alcázar sobre la tierra. Por lo

demás, todo lo que pretendas contra mí es inútil; quédate ó vete, como

mejor te plazca, y si quieres puedes decir al rey que si viene á

visitarme le recibiré, y que si no quiere venir iré á buscarle. Te he

dicho cuanto te tenia que decir.

Y el viejo se reclinó de nuevo en la estera, y volvió á consultar su

cuadrante.

--¿Qué haces? dijo con irritacion el wazir; ¿así crees que puedes

burlarme?

--Estoy leyendo una parte oscura de tu pasado; dijo el viejo sin

levantar los ojos del cuadrante. Por ejemplo, estoy leyendo el nombre de

Abul-Fath-Nazir-el-Ferih, tu predecesor en el empleo de wazir del rey.

Púsose pálido Masud-Almoharaví, y mandando al alcaide que se retirase,

se quedó solo con Al-Hakem-Bilah.

--Sí, continuó este: veo el nombre del pasado wazir, sobre una tumba,

acompañado de pomposos elogios; la enemistad no pasa del sepulcro, y la

hora de la muerte de un hombre es tambien la hora en que le elogie su

enemigo. Veo dentro de esa tumba un cadáver corroido por un tósigo

voraz; averiguando de donde ha salido ese tósigo, veo un cerbatillo

humeante, sobre una fuente de plata; esta fuente está puesta sobre una

mesa, en que hay pan candeal y frutas y confituras, y licores malditos

por Dios y prohibidos á sus creyentes. A ambos lados de la mesa veo dos

hombres; el uno es el muerto del sepulcro, pero vivo y lleno de salud y

robustez; es Abul-Fath-Nazir-el-Ferih: el otro es un hombre pálido,

soberbio, que se domina mal, que encubre mal el ódio que siente hácia el

que está sentado frente á él: ese hombre eres tú, tú mismo; pero diez

años mas jóven. La habitacion donde estos dos hombres están, forma parte

de un hermoso cármen situado en las angosturas del Darro; por último, un

hermoso sol de primavera hace pasar sus rayos por los cristales de

colores de las ventanas de la cúpula, bajo la cual estais sentados,

teniendo en medio una mesa, tú y el anterior wazir.

La altivez de Masud-Almoharaví se habia desplomado, y pálido y convulso

escuchaba, sin ser poderoso á pronunciar una sola palabra, al sábio

Jacub.

--Es mucho, es mucho lo que veo, añadió el viejo sin mover los ojos del

cuadrante; en un bellísimo retrete del mismo cármen hay reclinada en un

divan, y sencillamente vestida, una niña de quince años.

¡Y qué hermosa es!

¡Pero tambien cuán terrible!

El espíritu del mal ha llenado su corazon, y en su boca, que todavía no

han marchitado los años, es ya fingida la sonrisa.

El hombre que habla con el wazir Abul-Fath-Nazir-el-Ferih, tú, es un

envenenador que se finge amigo de su víctima: la niña que allá en su

retiro revuelve pensamientos ambiciosos, es una envenenadora, una

parricida, un arcángel condenado, que ha servido tranquila á su padre el

plato funesto y se ha retirado despues.

El temblor de Masud-Almoharaví crecia; su palidez se habia hecho lívida.

--De los dos amigos, el uno comió del manjar envenenado; el otro se

disculpó con haber satisfecho con los otros manjares anteriores su

apetito y no comió.

Al dia siguiente apareció muerto en su lecho el wazir

Abul-Fath-Nazir-el-Ferih, y sus asesinos, afectando gran sentimiento, se

presentaron vestidos de luto al rey Abul-Walid.

Tú llevabas á Ketirah, á la parricida, asida de la mano; tú fuiste quien

levantaste de su frente de vírgen maldita el velo tras el cual debia ver

el rey Abul-Walid la condenacion de su alma; porque el rey se enamoró de

Ketirah.

Pero Ketirah era ambiciosa, y exigió el puesto de la sultana.

Tú á quien el rey habia hecho su wazir, tú que eras el tercero en los

amores del rey con la hija del difunto wazir, hiciste que aquel

obstáculo desapareciese: la sultana Aleidah, murió por haber aspirado

demasiado la fuerte fragancia de un ramillete de flores.

Ketirah fué sultana; pero no sé que señales vieron los parientes de la

sultana Aleidah en su semblante, que sospecharon y sospecharon de tí...

porque tú eras quien habias presentado al rey la hermosa Ketirah, la

tentadora hija del wazir difunto, y Ketirah por muerte de Aleidah habia

llegado á ser sultana.

Los bandos de Granada se han aumentado con un bando mas: con los

parciales de Mohammet-ebn-Ismail, hijo del walí de Algeciras, primo del

rey Abul-Walid, y primo tambien de la difunta sultana Aleidah.

Para desdicha tuya, y digo desdicha, porque tus enemigos son temibles,

el jóven Mohammet es ambicioso; hace mucho tiempo que tiene puestos los

ojos en la corona de Granada, y amaba además de una manera desesperada á

la difunta sultana Aleidah; tú eres un obstáculo á su ambicion, y sabe ó

cree que tú eres el asesino de Aleidah.

De modo que es muy posible que en vez de morir yo al rigor de los azotes

con que querias castigar en mi un pretendido delito, caigas tú bajo el

puñal de los que ven en tí al causador de dos infames y cobardes

asesinatos.

¡Es mucho! ¡es mucho lo que he visto al consultar tu horóscopo!

--¿Y me matará el hijo del walí de Algeciras? dijo con acento trémulo el

wazir.

--No; morirás como has matado.

--¡Ah! ¿y cuándo?

--Tendrás tiempo para poner en el trono al hijo primogénito de tu señor.

--¿Pues qué, va á morir el buen rey Abul-Walid?

--¿Acaso pretendes que el rey sea eterno?

--Pero es jóven.

--La muerte no cuenta los años.

--¿Y cómo morirá el rey?

--Mas te importa saber cómo morirás tú.

--¿Y yo?..

--Ya lo sabrás.

--¿Nada mas me dirás?

--Nada.

--¿Qué quieres que diga al poderoso Abul-Walid?

--Dile que en su alcázar está quien es mas poderoso que él.

--¿Quieres esclavos que te sirvan, muchachas de ojos negros que te

deleiten, perfumes que te embriaguen, manjares que te regalen?

--A lo que vengo vengo, y Dios no me ha enviado á encenagarme en

torpezas; ¿crees tú que si yo deseára la muger mas hermosa de la tierra,

no la tendria con solo pronunciar una palabra? ¿Y qué son para mí las

mugeres de la tierra, ni los arcángeles del cielo, ni las huríes del

paraiso?

--¿Con que nada puedo darte?

--¿Has visto que alguna vez dé el esclavo al señor, el pobre al rico, el

débil al fuerte? yo soy un águila, tú eres un vencejo. Vete.

El wazir salió sin saber lo que le acontecia y transido de terror.

Dominóse sin embargo, durante su tránsito hasta palacio, y encontrando

en él al rey en la magnífica sala de las dos Hermanas, le habló

pomposamente del sábio Abu-Jacub, le encareció las maravillas de la

transformacion que habia notado en la torre, y tanto que cuando el rey

quedó solo dijo profundamente pensativo:

--Dicen los hombres de Dios, y yo lo tengo por cosa cierta, que Satanás

anda siempre alrededor de los palacios de los reyes, y que algunas veces

se aposenta en ellos y se hace visible.

¿Será ese astrólogo Satanás?

¿Y si es, qué quiere?

¿No soy un rey temeroso de Dios?

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La alhambra; leyendas árabes · 第 79 / 311 题