Vivia en la torre de las Siete bóvedas, en una habitacion alta que le
habia concedido el rey, un astrólogo viejísimo; y tanto, que nadie se
atrevia á calcular los años de su vida.
Era calvo; tenia el semblante arrugado como un pergamino viejo, sobre el
cual ha secado el sol la lluvia: sus ojos pequeños y redondos apenas se
veian cubiertos por las largas cerdas de sus cejas, que de una manera
estraña caian delante de ellos como un velo; su nariz larga y afilada
sobresalia duramente de unas megillas salientes, cubiertas de una piel
árida y de color verdoso; su barba era larguísima, cana, de color
impuro, y su túnica caia hasta cubrir sus pies en una larga plegadura,
como podia haber caido sobre un armazon de caña.
Aquel viejo no habia venido de ninguna parte, ó á lo menos no se sabia
de dónde habia venido.
Una noche los guardas de la torre de las Siete bóvedas vieron en los
ajimeces de la parte mas alta de la torre un resplandor sanguíneo, y
vieron á la luz de la luna salir un humo espeso y luminoso por las
ventanas de la cúpula.
El alcaide de la torre avisó de ello al alcaide de palacio, el alcaide
de palacio al wazir del rey, el wazir á Abul-Walid.
El rey mandó á su wazir Masud-Almoharaví que fuese á ver lo que era
aquello, y fué el wazir; y cuando llegó á la parte alta de la torre
encontró al viejísimo astrólogo, que meditaba sobre un cuadrante tendido
en una estera.
Maravillóse el wazir de ver aquel espectáculo, y de la misma manera se
maravilló el alcaide de la torre.
Aquel viejo imponia espanto.
Además las alfombras, los pebeteros, los divanes, las labores de aquella
rica habitacion donde el rey solia pasar algunos momentos, habian
desaparecido: quedaban en su lugar unas paredes negras y lustrosas,
cubiertas de pinturas de estraños animales y de caracteres desconocidos,
rojos los unos; blancos, verdes ó azules los otros: en tablas á lo largo
de los muros se veian redomas, cráneos y hosamentas de hombres y
animales, arrugadas pieles de serpiente, y enormes libros amarillos
apilados en los ángulos y arrojados por el suelo.
A un lado habia un hornillo, y sobre los carbones apagados se veía una
enorme ampolla de vidrio, que contenia un licor negro y viscoso.
--¿Qué hombre es ese? preguntó el wazir que era muy soberbio al alcaide
desdeñándose de dirigir la palabra al viejo: ¿cómo ha entrado aquí? ¿por
qué has permitido que haga tal trasformacion en este aposento que era
una alegría?
--¿Sabes tú cómo ha venido tu alma á tu cuerpo ó cómo se separará de
ella? dijo el viejo con voz ronca sin levantar los ojos de su cuadrante,
y mientras el alcaide guardaba un silencio de asombro.
--¿Es decir, dijo Masud-Almoharaví, que tú has venido á ser el alma de
la torre?
--¡Tú lo has dicho! esclamó el viejo.
--¿Pero cómo le habeis dejado entrar tú y los tuyos? dijo con irritacion
el wazir al alcaide.
--Nosotros, escelente señor, no hemos visto á este hombre ni yo ni mis
soldados. Como has visto, las escaleras y las puertas que hasta aquí
conducen estaban cerradas: las llaves las tiene el rey, y tú has traido
esas llaves: ese hombre solo ha podido entrar aquí por el aire, y aun
así invisible; porque ni yo ni los mios le hemos visto entrar.
--¿Quién eres? dijo con desabrimiento el wazir al viejo.
--Quiero contestarte, dijo el viejo levantándose y dirigiéndose al
wazir, aunque tu soberbia merecia que no te diese contestacion: yo soy
Abu-Jacub-Al-Hakem-Bilah[78].
--¿De dónde has venido?
--¡De la eternidad! contestó huecamente el sabio.
Irritóse el wazir porque no era hombre á quien se dominaba con
facilidad, y acostumbrado á la adulacion de los mas grandes señores, le
sentaba muy mal la audaz manera de aquel viejo decrépito.
--¿Será que quieras que yo te envie á la eternidad haciéndote morir
azotado por los frenos de los caballos de la torre?
--De la eternidad vengo y á la eternidad voy; dijo el viejo sin dar
muestras del mas leve temor: y no serás tú ciertamente el que á la
eternidad me envie. He venido aquí, porque esta es la única parte del
mundo que me quedaba que visitar, y deseaba ver este alcázar maravilloso
y esta ciudad de delicias: me he aposentado donde me ha convenido, y me
he hecho huesped del rey de Granada, sin meterme á averiguar si le
placeria ó no: como estoy acostumbrado á vivir á mi gusto y me
desagradaban los adornos afeminados y las inscripciones de amor que se
veian en esta cámara, la he preparado para mi uso como mejor me ha
convenido. Además, como me gusta conocer las personas en cuya casa vivo,
me ocupaba en levantar el horóscopo del rey de Granada, y en averiguar
cuánto tiempo estará levantado este alcázar sobre la tierra. Por lo
demás, todo lo que pretendas contra mí es inútil; quédate ó vete, como
mejor te plazca, y si quieres puedes decir al rey que si viene á
visitarme le recibiré, y que si no quiere venir iré á buscarle. Te he
dicho cuanto te tenia que decir.
Y el viejo se reclinó de nuevo en la estera, y volvió á consultar su
cuadrante.
--¿Qué haces? dijo con irritacion el wazir; ¿así crees que puedes
burlarme?
--Estoy leyendo una parte oscura de tu pasado; dijo el viejo sin
levantar los ojos del cuadrante. Por ejemplo, estoy leyendo el nombre de
Abul-Fath-Nazir-el-Ferih, tu predecesor en el empleo de wazir del rey.
Púsose pálido Masud-Almoharaví, y mandando al alcaide que se retirase,
se quedó solo con Al-Hakem-Bilah.
--Sí, continuó este: veo el nombre del pasado wazir, sobre una tumba,
acompañado de pomposos elogios; la enemistad no pasa del sepulcro, y la
hora de la muerte de un hombre es tambien la hora en que le elogie su
enemigo. Veo dentro de esa tumba un cadáver corroido por un tósigo
voraz; averiguando de donde ha salido ese tósigo, veo un cerbatillo
humeante, sobre una fuente de plata; esta fuente está puesta sobre una
mesa, en que hay pan candeal y frutas y confituras, y licores malditos
por Dios y prohibidos á sus creyentes. A ambos lados de la mesa veo dos
hombres; el uno es el muerto del sepulcro, pero vivo y lleno de salud y
robustez; es Abul-Fath-Nazir-el-Ferih: el otro es un hombre pálido,
soberbio, que se domina mal, que encubre mal el ódio que siente hácia el
que está sentado frente á él: ese hombre eres tú, tú mismo; pero diez
años mas jóven. La habitacion donde estos dos hombres están, forma parte
de un hermoso cármen situado en las angosturas del Darro; por último, un
hermoso sol de primavera hace pasar sus rayos por los cristales de
colores de las ventanas de la cúpula, bajo la cual estais sentados,
teniendo en medio una mesa, tú y el anterior wazir.
La altivez de Masud-Almoharaví se habia desplomado, y pálido y convulso
escuchaba, sin ser poderoso á pronunciar una sola palabra, al sábio
Jacub.
--Es mucho, es mucho lo que veo, añadió el viejo sin mover los ojos del
cuadrante; en un bellísimo retrete del mismo cármen hay reclinada en un
divan, y sencillamente vestida, una niña de quince años.
¡Y qué hermosa es!
¡Pero tambien cuán terrible!
El espíritu del mal ha llenado su corazon, y en su boca, que todavía no
han marchitado los años, es ya fingida la sonrisa.
El hombre que habla con el wazir Abul-Fath-Nazir-el-Ferih, tú, es un
envenenador que se finge amigo de su víctima: la niña que allá en su
retiro revuelve pensamientos ambiciosos, es una envenenadora, una
parricida, un arcángel condenado, que ha servido tranquila á su padre el
plato funesto y se ha retirado despues.
El temblor de Masud-Almoharaví crecia; su palidez se habia hecho lívida.
--De los dos amigos, el uno comió del manjar envenenado; el otro se
disculpó con haber satisfecho con los otros manjares anteriores su
apetito y no comió.
Al dia siguiente apareció muerto en su lecho el wazir
Abul-Fath-Nazir-el-Ferih, y sus asesinos, afectando gran sentimiento, se
presentaron vestidos de luto al rey Abul-Walid.
Tú llevabas á Ketirah, á la parricida, asida de la mano; tú fuiste quien
levantaste de su frente de vírgen maldita el velo tras el cual debia ver
el rey Abul-Walid la condenacion de su alma; porque el rey se enamoró de
Ketirah.
Pero Ketirah era ambiciosa, y exigió el puesto de la sultana.
Tú á quien el rey habia hecho su wazir, tú que eras el tercero en los
amores del rey con la hija del difunto wazir, hiciste que aquel
obstáculo desapareciese: la sultana Aleidah, murió por haber aspirado
demasiado la fuerte fragancia de un ramillete de flores.
Ketirah fué sultana; pero no sé que señales vieron los parientes de la
sultana Aleidah en su semblante, que sospecharon y sospecharon de tí...
porque tú eras quien habias presentado al rey la hermosa Ketirah, la
tentadora hija del wazir difunto, y Ketirah por muerte de Aleidah habia
llegado á ser sultana.
Los bandos de Granada se han aumentado con un bando mas: con los
parciales de Mohammet-ebn-Ismail, hijo del walí de Algeciras, primo del
rey Abul-Walid, y primo tambien de la difunta sultana Aleidah.
Para desdicha tuya, y digo desdicha, porque tus enemigos son temibles,
el jóven Mohammet es ambicioso; hace mucho tiempo que tiene puestos los
ojos en la corona de Granada, y amaba además de una manera desesperada á
la difunta sultana Aleidah; tú eres un obstáculo á su ambicion, y sabe ó
cree que tú eres el asesino de Aleidah.
De modo que es muy posible que en vez de morir yo al rigor de los azotes
con que querias castigar en mi un pretendido delito, caigas tú bajo el
puñal de los que ven en tí al causador de dos infames y cobardes
asesinatos.
¡Es mucho! ¡es mucho lo que he visto al consultar tu horóscopo!
--¿Y me matará el hijo del walí de Algeciras? dijo con acento trémulo el
wazir.
--No; morirás como has matado.
--¡Ah! ¿y cuándo?
--Tendrás tiempo para poner en el trono al hijo primogénito de tu señor.
--¿Pues qué, va á morir el buen rey Abul-Walid?
--¿Acaso pretendes que el rey sea eterno?
--Pero es jóven.
--La muerte no cuenta los años.
--¿Y cómo morirá el rey?
--Mas te importa saber cómo morirás tú.
--¿Y yo?..
--Ya lo sabrás.
--¿Nada mas me dirás?
--Nada.
--¿Qué quieres que diga al poderoso Abul-Walid?
--Dile que en su alcázar está quien es mas poderoso que él.
--¿Quieres esclavos que te sirvan, muchachas de ojos negros que te
deleiten, perfumes que te embriaguen, manjares que te regalen?
--A lo que vengo vengo, y Dios no me ha enviado á encenagarme en
torpezas; ¿crees tú que si yo deseára la muger mas hermosa de la tierra,
no la tendria con solo pronunciar una palabra? ¿Y qué son para mí las
mugeres de la tierra, ni los arcángeles del cielo, ni las huríes del
paraiso?
--¿Con que nada puedo darte?
--¿Has visto que alguna vez dé el esclavo al señor, el pobre al rico, el
débil al fuerte? yo soy un águila, tú eres un vencejo. Vete.
El wazir salió sin saber lo que le acontecia y transido de terror.
Dominóse sin embargo, durante su tránsito hasta palacio, y encontrando
en él al rey en la magnífica sala de las dos Hermanas, le habló
pomposamente del sábio Abu-Jacub, le encareció las maravillas de la
transformacion que habia notado en la torre, y tanto que cuando el rey
quedó solo dijo profundamente pensativo:
--Dicen los hombres de Dios, y yo lo tengo por cosa cierta, que Satanás
anda siempre alrededor de los palacios de los reyes, y que algunas veces
se aposenta en ellos y se hace visible.
¿Será ese astrólogo Satanás?
¿Y si es, qué quiere?
¿No soy un rey temeroso de Dios?
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