A la primera noche que el rey vió esta vision, despertó encendido de
amor y transido de terror.
Túvolo al fin por delirio de su pensamiento, y volvió á reclinarse en
los almohadones de su divan.
Pero no logró dormirse.
Veia fijos en él los ojos de la doncella soñada; aquellos ojos que le
brindaban amor, y su boca, aquella boca que le prometia delicias.
Al alba se levantó, y ansioso de olvidar aquel sueño que le atormentaba,
salió de caza: pero en el monte y en el valle, en la selva y en el
altozano, en las márgenes del rio y en el arenoso fondo de los
barrancos, en el fondo melancólico de las espesuras, y en el oscuro
antro de las grutas, allí, en todas partes veía á la hermosa doncella
flotando delante de él; y cuando irritado por la vision tendia hácia
ella su arco en el furor de su delirio, la vision de amores desaparecia
y quedaba en su lugar una cruz de sangre y fuego.
Durante siete noches el rey vió en sueños á la doncella misteriosa cada
vez mas pura, cada vez mas enamorada, cada vez mas resplandeciente.
Durante siete dias que salió á caza pretendiendo borrar la impresion de
su sueño en medio de la luz y del aire de los campos y de las montañas,
vió en la luz á la doncella enamorada, en la sombra la cruz de fuego, y
el aire le trajo el perfume suavísimo, que como emanacion de la doncella
misteriosa, respiraba en sus sueños.